Biografía
 
1912 - 1934:
Una vocación
para el teatro
1935 - 1942:
El tiempo
de la ansiedad
1943 - 1960:
Una comedia
para un público
1961 - 1982:
Nuevos tiempos
en el teatro
Obras citadas
 
Autobiografía
Viaje alrededor
de un escenario
 
Televisión Española
"Esta es su vida"
 
Comentarista político en la Segunda República
  PORTADABIOGRAFÍA ESCRITOR DE TEATRO ESCRITOR SOBRE TEATROTV Y CINE SU ARCHIVO ÁLBUM BIOGRÁFICO BIBLIOGRAFÍA  
         
         
 
La vida de Víctor Ruiz Iriarte: de 1935 a 1942
El tiempo de la ansiedad
Por Víctor García Ruiz • Universidad de Navarra
 

La asistencia a los estrenos de la época, junto a la lectura, ocupa también un lugar importante entre sus actividades. Uno de esos estrenos había de dejar honda huella en su formación de naciente autor dramático: «Por entonces [años previos a 1936] pasó sin pena ni gloria el estreno en un teatro de barrio de La comedia de la felicidad, de Evreinoff [sic], que inauguraba toda una fecunda parcela de teatro moderno» (Ruiz Iriarte 1965, 11). (13) La anécdota que le sucedió en el estreno de Yerma nos da un vislumbre del tipo de público que poblaba las salas en los años anteriores a la guerra civil.

La noche del estreno de Yerma en el Teatro Español, yo, en mi localidad del último anfiteatro, aplaudía como un enloquecido. Al terminar la representación, un acomodador que me había estado observando se me acercó con aire sibilino:
—¿Qué? Buena obra, ¿eh?
—¡Mucho! ¡Muy buena!
—Ya, ya… Pues mañana, ¡nadie! («Viaje»: 2, 46b)

Durante estos años de formación autodidacta, todos su intentos por estrenar una obra fracasaron. Unas veces eran los mismos porteros de los escenarios los que le impedían presentarse a los actores. Otras ocurría, con ligeras variantes, lo siguiente:

Me veo (....) frente a la noble figura de Eduardo Marquina, en el Infanta Beatriz, en una de sus etapas de director (…). Se montaba una comedia francesa: Dominó, de Marcel Achard (…). Cuando terminó el ensayo me acerqué a Marquina y con muy escasas y balbucientes palabras (…) le supliqué que leyera la comedia que le tendía. Don Eduardo me miró con cariño y tomó mi ejemplar.
—Claro que sí, hijo… La leeré. ¡No faltaba más!
No la leyó nunca, claro. («Viaje»: 2, 47b) (14)

A la altura de 1935, cuando se encontró con los hermanos Álvarez Quintero, a la puerta del Teatro Reina Victoria (Ruiz Iriarte 1956), Víctor Ruiz Iriarte era un perfecto desconocido que no había obtenido del periodismo ni fama –nunca logró que en sus notas de libros en El Sol apareciera su nombre completo, sólo las iniciales– ni influencias que le facilitaran el camino. Su balance espiritual y de profesional de las letras se contiene en estas palabras:

Yo, que fui un muchacho tímido y de difícil sociabilidad, recuerdo como síntoma determinante de mi primera juventud la melancolía. El fracaso cotidiano a que está sometida la vida de un aprendiz de escritor –el director de periódico que no recibe, el editor que no tiene tiempo, el empresario que no ha podido leer la comedia, a mí me hundía en unos silencios largos y desmayados. Me recluía en mí mismo y buscaba mi torre de marfil a la intemperie. Enhebraba en larguísimos paseos mi diálogo interior que, la verdad sea dicha, era terriblemente pesimista. («Viaje»: 3, 41a y 41b)

Sin embargo, «el ejercicio del periodismo tuvo eficacísimas consecuencias para mí: puso la primera nota de orden en mi anárquica formación de autodidacto» («Viaje»: 3, 39b). El proceso de sintetización a que comenzó a someter sus artículos una vez publicados –y, poco después, antes de serlo– le llevó a preguntarse: «si estos breves trabajos literarios, pese a su brevedad, necesitan tal expurgo, ¿qué ocurriría con aquel amenazador montón de comedias en tres actos? ¿Cuántas escenas sobrarían? ¿Cuántos diálogos podrían ser aligerados de peso? (…) por el lado del tiempo y del lenguaje, el teatro, la técnica de la construcción teatral, no es problema de extensión, sino de concisión. El teatro es pura síntesis, pura sugerencia» («Viaje»: 3, 40a). Esta misma experiencia es la que le llevó a afirmar que «el teatro no puede tener Universidad: es furiosamente autodidacto, la más autodidacta de las artes» («Viaje»: 2, 46a).

Esta era su situación cuando estalla la guerra civil española y establece un corte en la actividad del futuro comediógrafo. Durante los años 1936-1939 la familia reside sucesivamente en la calle Fernández de la Hoz 50 y García de Paredes 62. El traslado estuvo motivado por la orientación respecto a las baterías de artillería instaladas en la Ciudad Universitaria, cuyos proyectiles más fácilmente podían hacer impacto sobre el primero de los domicilios. En uno de ellos, tan cercanos, se presentó en una ocasión una partida de milicianos que se llevó arrestado a don Víctor Ruiz Fraguas para someterlo a interrogatorio. Es fácil suponer la angustia que esta detención produjo en el hogar, pensando que no volverían a ver al cabeza de familia. Don Víctor fue trasladado a una checa cercana, de donde salió en libertad al día siguiente gracias a la intervención de un policía amigo de la familia.

En ningún momento de su vida tomó don Víctor parte en actividades de tipo político y su talante era francamente liberal. Este suceso debió de originarse en la denuncia de alguno de los obreros que trabajaban en el taller de escultor-decorador que don Víctor poseía y que le permitía vivir con comodidad. Cualquier «patrón» estaba expuesto a denuncias de ese estilo. Caro Baroja ha escrito: «siendo hijo de patrón (…) podía darme cuenta –por ejemplo– de que los obreros que trabajaban en la imprenta familiar, socialistas todos, tenían una idea muy vaga de lo que era El Capital. Tan capitalista era para ellos el patrón, su «patrón» en este caso, un hombre con grandes apuros económicos, aplastado por los Bancos, como los Bancos mismos. Expresiones tópicas encubrían grandes ausencias de información» (183-84). Pero si gracias a un amigo de la familia recuperó don Víctor la libertad, hubo otro que pudo atraer la desgracia a los Ruiz Iriarte, ya que se vieron obligados a refugiar durante bastante tiempo a un estudiante algo exaltado en sus ideas contrarias a la República. Por su parte, Ruiz Iriarte se deshace de los escritos que pudieran comprometerle y divide sus horas entre la expectación, la lectura y el dibujo.

Terminada la contienda, al tiempo que don Víctor rehace su pequeña empresa, el futuro autor acomete con nuevos bríos la tarea de dar cumplimiento a su inquebrantable propósito: entrar en el mundo del teatro. Acude a distintas tertulias, sobre todo las del los cafés Lys y Gijón, donde establece contacto y amistad con gran número de escritores jóvenes tan desconocidos, en su mayoría, como él mismo. Y no sólo escritores; actores, pintores, artistas, críticos de teatro, gentes del periodismo, profesionales con intereses artísticos, intelectuales… Al entresuelo isabelino del Lys se habían trasladado la tertulia que se celebraba en el Capitol. En esa tertulia, cuya estrella era Luis Galve, ya famoso, conoce a Enrique Azcoaga, (15) con quien le unirá una fraternal amistad hasta el momento de su muerte. Los dos eran también contertulios en la famosa tertulia del Café de Gijón y formaban parte importante del núcleo de eso que algún propagandista de Falange llamó la «Juventud Creadora», junto a Camilo J. Cela, José García Nieto, Jesús Revuelta o Jesús Juan Garcés.

Es bien conocida la influencia que ejerció este grupo de escritores en el panorama cultural de la posguerra. Junto a ellos colabora Ruiz Iriarte en las revistas que, desde las alturas oficiales, se ponen en circulación como plataforma para el surgimiento de jóvenes valores en el ámbito de las letras. Es preciso contextualizar el carácter y significado de aquellas empresas que dirigió Juan Aparicio. Cabe el peligro de expresar una condena rotunda en virtud de sus vinculaciones con el régimen y el tono de exaltación patriótica, muy propio de un período de inmediata posguerra civil. Esas iniciativas de reconstrucción cultural del país, con una obligada carga política –con la que no necesariamente comulgarían en su interior todos los colaboradores–, ofrecieron la posibilidad de realizar una labor estrictamente literaria a todos los que se sentían con capacidad para ello. Y esta posibilidad de llegar a ser conocido, de ver impreso su nombre, sus artículos y sus obras de teatro, con cierto renombre, dentro de una publicación difundida entre grandes sectores del mundo cultural, por pobre que este fuera, es precisamente lo que Víctor Ruiz Iriarte andaba buscando infructuosamente desde los primeros años treinta y ahora se le ofrecía. Esta coyuntura junto a su incesante trabajo de formación autodidacta y de creación, incrementada después del lapso de la guerra, constituye el germen de su carrera teatral.

El propio Ruiz Iriarte ha declarado «[los jóvenes] empezábamos a escribir y a pintar por nuestra cuenta. Y sí, es cierto que Juan Aparicio nos llamó y nos dio oportunidades en sus revistas. Pero no creo que hubiera mayor política en este sentido. El Gobierno tenía problemas más urgentes. Nunca, por otra parte, ha habido una verdadera política cultural en España» (Umbral). Junto a sus compañeros de café, su nombre empieza a aparecer con mayor o menor constancia, en revistas como La Estafeta Literaria, Garcilaso, Juventud, El Español y Haz.

Simultáneamente trabajaba como delineante en una oficina de la Dirección de Regiones Devastadas en la calle Martínez Campos, una vez obtenida la plaza, mediante oposición. Combinaba así su gusto y destreza para el dibujo –era hombre de prestigio entre sus compañeros en el estudio– con la independencia económica. Ante sus compañeros de pluma, sin embargo, oculta con pudor esa actividad extraliteraria, que sólo algunos íntimos conocen –y que Eduardo Haro recordó en la necrológica que dedicó a su viejo amigo en 1982–.

Son años de amistad y de conversaciones interminables con Eugenio Montes, Enrique Azcoaga, Eugenia Serrano, Federico Muelas, Cela, Alfredo Marqueríe, García Nieto, Garcés, Revuelta, Julio Trenas, Fernando Rey, Eduardo Haro, Tina Gascó, Mourlane Michelena y su tertulia del Café Comercial, y tantos otros. En el Gijón, todas las semanas organizan banquetes a todo el que se deja –Ruiz Iriarte, por ejemplo, organiza uno para Cela en julio del 44 para celebrar Pabellón de reposo–, incluso al camarero de la tertulia cuando se agotan las posibilidades de homenaje.

Entre sus amigos y compañeros de letras derrocha todas las buenas prendas de su carácter que le ganan afectos incondicionales. Su inalterable buen humor, su ingenio agudo en la conversación para agradar sin herir, su enorme confianza en las cualidades ajenas, su generosidad, todo ello en combinación –y quizá contraste– con su defecto físico, tan aparente, hizo de él una persona muy querida. (16)

No obstante, aún no se había cumplido su gran sueño, estrenar su primera obra. No menguaban, como en otras épocas, las dificultades de cara a los escenarios. En noviembre de 1944 transmitía su experiencia personal en «La literatura sin lágrimas y sin suspiros», una de esas estrambóticas secciones que proliferaban en La Estafeta Literaria: «Seguramente en nuestros días hay mayores facilidades para los que se lanzan a este heroísmo de hacer profesión de las letras. Los periódicos acogen con cariño las firmas nuevas, los editores se han desprendido de alguno de sus viejos tópicos… Hay algo, sin embargo, que permanece como en 1936, en 1900 o en 1850: es el teatro. ¡Estrenar la primera comedia sigue siendo un milagro!» (Ruiz Iriarte «1939-1944»). Aparte de sus colaboraciones para revistas y de su trabajo como delineante, escribe, sobre todo, obras dramáticas: Revivir, Sin poderlo remediar, Vidas gemelas, La única verdad y otras que destruyó posteriormente.

 
Ilustración de J. Bernal para Víctor Ruiz Iriarte. "Viaje alrededor de un escenario, 1: los niños de ahora y los de antes". Teatro 1, (nov. 1952): 41-45.
 

(13) El texto corresponde a la lección inaugural del curso 1965-66 en la Real Escuela Superior de Arte Dramático de Madrid. El doctor Frégoli o La comedia de la felicidad fue traducida por Azorín y estrenada en el teatro Alcázar de Madrid el 3 feb. 1928.

(14) En el artículo necrológico «La muerte cerca del cielo» (El Español 30 sept. 1946) Ruiz Iriarte recoge esta misma anécdota entre el cariñoso recuerdo a Marquina.

 
Ilustracion de  J. Bernal para «Viaje alrededor de un escenario, 2: cómo surge un autor novel». Teatro 2 (dic. 1952): 42-47:
 

"Hace veinte años, en algunos teatros madrileños un muchacho que acudía con su comedia bajo el brazo era recibido, sobre poco más o menos, de este modo estimulante. Junto a la puerta del escenario había un sucio cuchitril. Por la ventanilla surgía una cara malhumorada y sin afeitar: –¿A dónde va usted?. Uno se quedaba muy impresionado. Y casi temblaba: –Voy al… Al cuarto de la primera actriz. –¿Es usted amigo suyo? –No. Es que le traigo una comedia… –¡Ah, ya! Con que una comedia… Váyase. –Pero… –¡Largo!. Uno se quedaba mirando el feo rostro de aquel ser omnipotente con el pensamiento lleno de las más contradictorias intenciones, todas siniestras. Pero la resistencia era inútil. Todavía, al marchar, podía oírse la voz del portero que comentaba con algún visitante del cuchitril: –¡Otro!".

 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 

(15) En «Viaje»: 3, 38b, Ruiz Iriarte cita a Azcoaga como compañero en la redacción de El Sol. Se trata de un error de memoria y así me lo confirmó el propia Azcoaga, que me aseguró que se conocieron en la tertulia del Lys.

 
 
 
 
 
 

"Mi primer artículo, publicado en un semanario de poquísimos lectores, versaba sobre las mujeres oradoras" ("Viaje alrededor de un escenario, 3: la primera juventud. Teatro 3 (enero 1954): 37-44)

 
 
 
 
 
 
 
 
 
 

(16) Fernando Díaz-Plaja, otro contertulio del Gijón, ha escrito, recordando a los distintos personajes del café: «Y Víctor Ruiz Iriarte. Uno de los hombres más buenos que he conocido en mi vida, bondad más de admirar cuando la naturaleza le había reducido los miembros (…) y que en lugar de prorrumpir en el lógico grito de rabia, ¿por qué yo? (…), era capaz de otorgar cualquier favor y de aceptar cualquier actitud política y literaria con mucha mayor amplitud que los seres normales». Años más tarde, Alfonso Paso recordará que su Veneno para mi marido se estrenó gracias a la intercesión de Ruiz Iriarte por el entonces desconocido autor (Marqueríe 151-52). Según me contó el interesado, en cierta ocasión escuchó que, en un grupo en el que él no se encontraba, un buen amigo hacía un comentario, bien frecuente entonces, sobre el límite insostenible a que habían descendido sus recursos económicos. La mañana siguiente, a primera hora, Ruiz Iriarte se presentó en casa del amigo rogándole que aceptara una cantidad de dinero.

 
 
 
 
 
 
La vida de Víctor Ruiz Iriarte