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La vida de Víctor Ruiz Iriarte: de 1943 a 1960
Una comedia para un público
Por Víctor García Ruiz • Universidad de Navarra
 

En febrero de 1943 aparece publicada en el número 1 de Haz (Revista Nacional del S.E.U.) una obra en un acto, titulada Un día en la gloria. Su autor es Víctor Ruiz Iriarte. El t.e.u. de Zaragoza le presta atención y decide montarla. El domingo 23 de noviembre de 1943, en el Teatro Argensola, de Zaragoza, bajo la dirección del futuro cineasta José María Forqué, sube a las tablas la primera obra de Ruiz Iriarte. «Mi primer estreno, después de diez años de intentarlo inútilmente, fue… por casualidad y sin enterarme. Porque en el Teatro Universitario de Zaragoza leyeron Un día en la gloria y la montaron» (Orta 32a). La obra debió de dar buen resultado, pues fue representada por el t.e.u. en algunas provincias, junto a la comedia Ático izquierda, de Julio Angulo, (17) amigo del recién estrenado autor. Se conocieron allá por 1933 en una imprenta donde se estampaban los primero artículos del aprendiz de escritor y una novela de humor poético y absurdo de Angulo, lo único suyo recordable: Lluvia de cohetes.

Finalmente, Un día en la gloria fue estrenada por el t.e.u. en Madrid, en el Teatro Español, el 4 de julio de 1944. En diciembre del 43, el mismo Ruiz Iriarte había hecho, a su costa, con el sello de Garcilaso en la contracubierta, una edición no venal de 100 ejemplares de esta «farsa en un acto», que aparece dedicada a Enrique Azcoaga. Sin embargo, este estreno inesperado a cargo de la entusiasta estudiantina del t.e.u. no significaba ni mucho menos su consagración como autor dramático. Eso sólo podría dárselo la presentación en un local comercial, en Madrid, ante el público y la crítica.

Y esa oportunidad se produjo, también de forma imprevista: por medio de Alfredo Marqueríe conoció a Enrique Jardiel Poncela y éste comenzó a invitarle a su casa. Allí el novel le dio a leer una comedia que tenía escrita antes que Un día en la gloria, y que se publicó en tres números sucesivos de la revista Garcilaso en 1943. Su título, El puente de los suicidas. Por aquellos días, unos amigos de Jardiel se dispusieron a formar compañía, de la cual había de ser primera actriz María Arias, y se encontraron con que no tenían comedias. Jardiel Poncela les habló de El puente de los suicidas. Pocos días después, Ruiz Iriarte oyó a María Arias decir por la radio que iba a estrenar una obra de un autor nuevo, que se titulaba El Puente de los suicidas. «Diez años antes, ante semejante noticia, yo hubiera pegado un salto increíble. Pero la verdad es que, después de diez años de luchas, de decepciones, de desencantos y de penas, ni siquiera me lo creí. Lo único que pensé fue esto: pero ¿por qué dirá esta señora esas cosas? Sin embargo, era verdad. Se entrenó El puente de los suicidas. En aquel momento tenía yo escritas otras 18 comedias. Las repasé brevemente y las quemé todas. Volví a empezar». (18)

Se celebró una «première» para invitados en el María Guerrero el 27 de mayo de 1944 y, para festejarlo, un banquete de homenaje al nuevo autor, del que «El Silencioso», anónimo colaborador de La Estafeta Literaria, que resultó se Julio Trenas, hizo una reseña en su sección «Hablar por hablar o el todo Madrid de las tertulias» (n.º 2 (20 mar. 1944) 31a y 31b). El 2 de junio del 44, en el Teatro Principal, de San Sebastián, la compañía de María Arias estrena El puente de los suicidas y la lleva posteriormente a otras provincias.

Mientras tanto Víctor Ruiz Iriarte continúa escribiendo, leyendo y releyendo abundantemente. Durante ese verano de 1944 compone Don Juan se ha puesto triste, comedia «entre sentimental y divertida, alegre y tierna» (Estafeta Literaria 13 (sept. 1944): 25), con la que aspira a incrementar el número de sus estrenos, que ya ascienden a dos. Recibe invitaciones del «Antiguo Ateneo», redenominado entonces «Aula de Cultura», y allí habla sobre «El teatro, su gracia y su desgracia» (24 feb. 1945), comenta obras teatrales que allí se leen, como La vida que no se vive, de Pilar de Valderrama (15 jun. 1944), o Ático izquierda, de Julio Angulo, rinde homenaje con su palabra a la gran actriz Lola Membrives que marcha a Argentina (14 may. 1945) o forma parte de la Comisión de Teatro del Ateneo para juzgar, dentro de un ciclo del Aula de Cultura, un centenar de piezas en un acto. Con ese motivo hace unas reflexiones sobre el carácter de las obras en un solo acto y anima a los tres autores seleccionados –uno de ellos es Jesús Fernández Santos, con El Retorno de Fausto– a contribuir a «la creación del gran teatro del futuro» (feb. 1945). O ejerce como crítico de arte en una exposición del pintor Pedro de Valencia, elogiando, en competencia con García Nieto, su pintura y las mujeres de sus cuadros, con la inteligencia y fina sensibilidad de quien nunca perdió su afición por las artes plásticas (24 abr. 1946). O, a través de Radio Madrid, comenta afectuosamente la gracia poética del programa diario «Instantáneas», de su colega Julio Angulo.

Se aproxima una noche decisiva para Ruiz Iriarte, la del 6 de febrero de 1945, en la que la compañía de Tina Gascó y Fernando Granada estrena en Madrid, en el Teatro Reina Victoria, El puente de los suicidas. El estreno fue un éxito y la crítica elogiosa y estimulante. Al día siguiente se presentó en su oficina de Regiones Devastadas para despedirse de sus compañeros. En adelante se dedicaría exclusivamente a su labor de escritor de teatro. Sin embargo, después de entradas variadas, a los veinte días, la obra se había hundido y fue retirada de cartel. Un año después, en el Comedia, de Barcelona (9 ene. 1946), el estreno fue más bien frío y la crítica poco unánime. En el resto de España el éxito fue siempre variable. En algunas plazas se daba, mientras que en otras la obra pasaba sin pena ni gloria.

Este claroscuro entre el éxito y el fracaso de su primera comedia tuvo fecundas consecuencias para la vida literaria del nuevo autor. Hasta el momento se había enfrentado con la labor de creación, con lectores, empresarios, consigo mismo. Pero desconocía el gran factor del teatro: el público. Al día siguiente de estreno de El puente…,

cuando ya empezada la función, llegué al teatro, recibí el primer disgusto y la primera lección de mi vida de autor. En la sala había muy pocos espectadores... Para mí, después del éxito de la noche anterior y a la vista de las críticas aparecidas, esta escasez de público resultada inexplicable. Me senté, muy deprimido, en un palco y observé a aquellas buenas gentes que asistían a la segunda representación (…) con la más notoria indiferencia (…). A mí me anonadaba aún más la poca corriente que se establecía entre el escenario y la sala. Creo que entonces intuí lo que años después leí en un breve pero estupendo ensayo de Armand Salacrou. El autor no es nadie sin el público, sin “su” público. Con su público, el escritor teatral ha de formar la pareja “autor-público, padre y madre de la obra dramática”, sin cuyo ayuntamiento no se logra jamás el hecho teatral completo. También comprendí entonces y para siempre que, en realidad, todas las comedias se estrenan otra vez al día siguiente del estreno. Había, pues, que prepararse –pensé– para la gran aventura, mil veces más ardua que la confección de una comedia. Había que buscar ese público. “Mi” público. («Viaje»: 4, 27b)

A la labor de conquistar al público dedicó desde entonces sus mejores energías. Quizá por ese motivo renunció a intentar el estreno de una obra de tipo poético e irrealista que publicó la revista Fantasía y que llevaba por título Yo soy el sueño. (19) Había puesto gran ilusión en esta obra, que presentó con el lema «Aventura» a un concurso convocado por el Teatro Español. (20) Otra obra que quedó sin estrenar en su versión inicial es Margarita y sus ángeles, con ciertos elementos policíacos y de misterio.

Aunque hay dos o tres compañías que se dirigen a él en petición de obras, únicamente atiende la de Fernando Granada, con cuya compañía estrena en San Sebastián (Teatro Príncipe) Don Juan se ha puesto triste (11 sept. 1945), con escaso éxito. Durante el año 1946, únicamente estrena, con la compañía de Luis Hurtado, Academia de amor, en San Sebastián y Madrid. Recibe por esta obra el Premio Piquer de la Real Academia Española, pero no excesivos favores de público y crítica. El mismo Ruiz Iriarte la repudiaría años más tarde por ingenua, aunque la llamada telefónica de José María Pemán, director de la Academia, para comunicarle el premio, le había proporcionado una buena alegría.

Al año siguiente publica en colectánea El puente de los suicidas, Un día en la gloria y Academia de amor, con un prólogo muy interesante para conocer el sentido que Ruiz Iriarte da a la palabra «optimismo». El volumen se titula Tres comedias optimistas.

En enero de ese 1947 estrena El cielo está cerca y en octubre, en Bilbao, La señora, sus ángeles y el diablo, que fue presentada también en Madrid en enero del 48 y es refundición de la inédita Margarita y sus ángeles.

Con ninguna de estas obras logra ese objetivo, tan claro en su mente, de entrar en contacto dramático pleno con el público. Es fácil de imaginar la influencia de estas decepciones.

Hacia 1948, andaba yo zambullido en una tremenda crisis de moral (…). Por esas fechas había tenido yo otros dos estrenos poco afortunados y sufría un decaimiento abrumador. No sabía qué hacer ni por dónde empezar. Me sentía vencido en esa tremenda batalla por la conquista del público. Porque en el teatro, cuando se pierde esa batalla, se ha perdido todo. No existe el autor sin éxito de público. Es mentira. Desde algún tiempo antes Antonio [Vicó] me había pedido una obra. Entonces, en medio de aquel desfallecimiento, le escribí (…). ¿De verdad le sigue interesando una obra mía? Antonio me contestó a la vuelta de correo: “Me sigue usted interesando más que nunca…” No me importa confesar que si yo no hubiera recibido aquella carta de Antonio, todo hubiera sido distinto. El caso es que con un entusiasmo nuevo escribí en un mes El aprendiz de amante. Se la llevé… La obra, estrenada por esta admirable pareja [Antonio Vicó y Carmen Carbonell] en el Infanta Isabel, de Madrid, fue mi primer gran éxito de público. Por primera vez supe los halagos que guardaba para un autor una obra que llega de verdad. (21) (Ruiz Iriarte 1958)

Con Los pájaros ciegos, que tituló «comedia dramática», quiso llegar al público por el camino del drama sin ternura, pero no exento de halo poético, dando un giro a su peculiar «optimismo». Se estrenó en Santander (9 ago. 1948) y a continuación en Valladolid.

Gustaba mucho a la crítica y a los que la hacían. Pero yo veía la reacción del público y no acababa de estar satisfecho. Quizá no esperaban eso de mí. Le pedí a Irene López Heredia, que era la intérprete, que no siguiera haciendo la obra. En una segunda ocasión, me llamó para decirme que disponía del hoy desaparecido Fontalba y que quería poner Los pájaros ciegos. Volví a negarme y ella, por cierto, se enfadó un poco conmigo. Tampoco he permitido que se imprimiese. Me la reservo para, quizá, volver algún día sobre ella. (22) (Umbral)

Por aquellos años Ruiz Iriarte participaba con asiduidad en las veladas teatrales que daba José Luis Mañes en su casa. Allí aficionados y alumnos del Conservatorio representaban obras de O’Neill, Sartre, Cocteau, Anouilh. Para una de esas reuniones, el dueño de la casa le pidió que escribiese algo, por breve que fuera. Fruto de esta petición fue Juanita va a Río de Janeiro, comedia dramática en un acto. María Paz Molinero y Miguel Narros, dirigidos por José Luis Alonso, la representaron un día de 1948. Poco tiempo después apareció publicada por Jacinto López Gorgé en el primer número de la revista poética Manantial (Melilla). (23)

En estos años había comenzado a frecuentar el trato y la amistad con Jacinto Benavente a través del padre de Luis Hurtado, secretario del famoso autor. Tan grande era el interés de Ruiz Iriarte por Benavente que pensó dedicarle un ensayo sobre su teatro como entronque con los grandes autores de nuestro siglo áureo. Ya en 1944, con motivo de la reposición de una obra de Echegaray, se mostraba despiadadamente refractario al tipo de teatro grandilocuente, al que oponía como antídoto la «naturalidad» benaventina de El nido ajeno («Un “fenómeno nacional”». Estafeta Literaria 1 (5 mar 1944): 10). Nada tiene de novedoso semejante opinión. Lo que sí tiene interés es destacar que Ruiz Iriarte se mantuvo fiel a sus puntos de vista y, cuando en 1966, centenario de Benavente, Arniches y Valle-Inclán, la crítica se volcó en alabanzas para los dos últimos y en dicterios contra el primero, Ruiz Iriarte fue de las pocas voces que se alzaron para hacer respetar la figura extraordinaria de Benavente como renovador del teatro español del siglo xx. Don Jacinto lo invitaba con frecuencia a «El Torreón», su finca de Galapagar, o lo tenía junto a él durante sus partidas de ajedrez. Para el estreno póstumo de Por salvar su amor, compuso Iriarte unas palabras –El último estreno– que aparecieron en el Programa de mano, junto a otras de José López Rubio, José M.ª Pemán, Azorín, Marqueríe.

1949, con el estreno y éxito de El aprendiz de amante en Madrid, como queda dicho, supuso para nuestro autor el momento decisivo en su carrera como comediógrafo. Con renovado ímpetu estrena Las mujeres decentes y compone dos de sus más representativas comedias: El landó de seis caballos, con José Luis Alonso, y El gran minué, con Cayetano Luca de Tena. (24) Alguien quiso ver en esta última ciertas implicaciones antimonárquicas que, si bien pudieron ser favorablemente recibidas en aquella situación política, impidieron su versión televisiva muchos años más tarde, cuando ya en España iba a restaurarse la monarquía (García Ruiz, Víctor Ruiz Iriarte: análisis semióticos 135-36).

La primera actriz de El gran minué fue Elena Salvador. A comienzos de los años 40, ella y Ruiz Iriarte eran casi vecinos y, sin saber nada el uno del otro, se veían con frecuencia en el tranvía. Más tarde, y él decididamente autor teatral y Elena actriz de categoría –estrenó Historia de una escalera–, cuando fueron presentados, el introductor se llevó la sorpresa de comprobar que ya se conocían, aunque sólo fuera de vista. Nació entre los dos una amistad muy estrecha. Tanto se les veía juntos en todas partes que comenzaron los comentarios acerca del aparente noviazgo. Pero Elena abandonó el teatro al poco tiempo y contrajo matrimonio con el doctor Antonio Puigvert, el famoso urólogo catalán. Esta separación no supuso ruptura en su amistad, más bien casi todo lo contrario. La admiración y el cariño de la ex actriz por Ruiz Iriarte fue siempre inmenso.

Asentado definitivamente como autor dramático, ganada la batalla al público, estrena con regularidad una o dos comedias por temporada que estabilizan su prestigio. A partir de 1955 se inició como adaptador de obras extranjeras: Terence Rattigan, Lajos Zilahy, los boulevardiers Pierre Barillet & Jean-Pierre Grédy, André Roussin, Shakespeare. En 1952 obtiene el Premio Nacional de Teatro por Juego de niños, y grandes éxitos con El pobrecito embustero (1953), La guerra empieza en Cuba, La puerta estaba abierta (ambas 1955), compone una versión libre de La fierecilla domada (1958), colabora con López Rubio y otros en un espectáculo musical (Cantando en primavera, 1958). Al tiempo, mientras su obras se representan en los teatros de España y algunos de Hispanoamérica, van traduciéndose a diversos idiomas y pasan a versiones cinematográficas, Ruiz Iriarte colabora en periódicos y revistas con artículos de tipo literario y costrumbista.

Pone mucha ilusión en viajar a París, donde le recibe Eduardo Haro con gran cariño –recogerá, con agudo sentido crítico, sus impresiones de ese viaje en un artículo para la revista Teatro, «París, este invierno». Ese verano de 1955 viaja con López Rubio, su gran amigo, a Suiza, donde, por intermedio de éste, conoce a Charlie Chapin. «Charlot» le entrega un plano, dedicado, de Candilejas, que el dramaturgo coloca en su cuarto de trabajo. Llevado por asuntos de la Sociedad General de Autores, había estado antes en Buenos Aires –diciembre del 52–, donde residía entonces un amigo entrañable con quien mantenía correspondencia: Enrique Azcoaga.

En su ambiente familiar se han producido alguna alteraciones. En 1948 se había trasladado la familia desde García de Paredes 62, a Rodríguez San Pedro 7, la casa que está encima del arco que hay en esa calle, junto a la plaza del conde del Valle de Suchil. Allí dispone de un estudio, con una curiosa ventana circular, donde coloca sus libros y enseres de trabajo con cierto estilo a lo Ramón Gómez de la Serna. En 1950, los Ruiz Iriarte compran un piso cercano en la calle Arapiles 5. El escritor mantiene durante algún tiempo su estudio, pero poco después lo abandona y pasa a manos de Antonio de Lara, «Tono». En Arapiles, donde residirá hasta el final de su vida, recibe la noticia de la muerte de su padre. Don Víctor había ido en viaje profesional a Sevilla. Allí le sobrevino una insuficiencia cardíaca y falleció, en la Clínica de la Cruz Roja de Sevilla, el 16 de enero del 51. En abril de 1953, su hermana menor, Francisca, contrae matrimonio y se traslada a Cartagena. La madre del escritor, tiempo después, se va a vivir con el nuevo matrimonio. Pilar, la mayor de las hermanas, es religiosa desde 1939. En Arapiles quedan de forma estable junto al dramaturgo su hermana María Luisa y Petra, la doméstica que atiende a la familia desde hace ya cuarenta años. Su vida privada no presenta sobresaltos. Vive

con un orden desordenado, pero que no por eso deja de ser orden. Me acuesto tardísimo –rara vez antes de la madrugada– y me levanto hacia las once. Escribo de día y leo de noche (…). Me gusta el campo…, para volver a Madrid en seguida. Voy mucho al teatro y más aún al cine (…). Por lo común, salgo de casa a las once de la noche. Suelo cenar fuera. Prefiero los restaurantes graciosos y baratos, que todavía quedan, antes que el restaurante de lujo. Jamás he cenado en una cafetería: me remordería la conciencia. Me gusta de vez en cuando hacer una escapada por ahí. Claro que los escritores de mi generación no somos muy viajeros. Y no es nuestra la culpa. Cuando andábamos alrededor de los veinticinco años, cuando debimos plantarnos en París o en Roma con un billete de tercera y cien pesetas en el bolsillo, no pudimos hacerlo porque la gran conmoción nacional nos lo impidió (…). Hago poca vida social, un rato de tertulia en el café. Reconozco que, hace años, me divertía la asistencia a un “cocktail” o a un banquete. Ahora, si no tengo más remedio que acudir a uno de esos actos, casi, casi me cuesta un disgusto íntimo… Sin embargo, me gusta mucho hablar. Hace diez años me acostaba muchas noches al amanecer… por no interrumpir una conversación agradable (…). Hoy las cosas han cambiado. Hemos cumplido años. Hoy la más brillante polémica en la tertulia del café se interrumpe a las tres de la madrugada (…). Mi vida privada tiene poco interés. En el fondo soy un solitario» (Orta 30 y 31).

Los domingos por la tarde, en casa de Cayetano Luca de Tena solían reunirse José López Rubio, Antonio Buero Vallejo, Fernando Díaz-Plaja, Ruiz Iriarte, Antonio Burgos, el escenógrafo Vicente Viudes; y en esas tertulias, aparte de variadísimos temas de conversación y actividades –como sesiones de espiritismo–, eran parte importante los juegos de ingenio, en especial uno que bautizaron como «tapete sacro», por una respuesta peregrina que dio en una ocasión Fernando Díaz-Plaja.

 
Un retrato del autor, hacia el año 1945.
 

(17) El Programa de mano del estreno en Zaragoza (12 sept. 1943) incluye, junto a Un día en la gloria, la semi-comedia de Julián Ayesta El tímido Serafín y Ático izquierda, comedia policíaca en un acto de Julio Angulo. Para la historia de este primer estreno, ver España Semanal 3 mar. 1968: 4. Para los t.e.u. ver, entre otros, Suelto de Saenz. Julio Angulo fue «un hombre raro» que «escribió libros raros […] todo un personaje formado en la escuela de Pombo, el epígono bohemio de Ramón Gómez de la Serna», que le colocaba a Benjamín Jarnés en las editorales adecuadas la novelas sicalípticas que este escribía para financiar algún arrebato amoroso (Melero 17). Autor hoy desaparecido, Angulo estudió medicina, escribió crónicas de viajes, relatos breves, novelas –por Del balcón a la calle obtuvo en 1948 el Premio Nacional de Literatura– y teatro. Colaboró también en periódicos y radio.

(18) Ruiz Iriarte 1958, fol. 5. Los originales existentes de obras anteriores a esta fecha demuestran que no todas fueron destruidas; ver mi «Víctor Ruiz Iriarte, inédito».

 
 

Dedicatoria del escuálido Cela: "Para Víctor Ruiz Iriarte con un abrazo de Camilo José Cela. Las Navas 26 julio 1943" Foto Montes (Madrid)

  Sobre la amistad entre ambos escritores, Víctor Ruiz Iriarte cuenta lo siguiente:
"A Camilo José Cela y a mí nos presentaron una noche en la Gran Vía en plena calle. En el acto me contó el argumento de un cuento que estaba escribiendo titulado «Catalinita». Era realmente un pequeño relato delicioso como después ha podido comprobar todo el mundo. En uno de los pasajes de su primorosa narración, Cela citaba una canción antigua llena de gracia y de ternura. Pues bien…, allí mismo, en plena Gran Vía, con su tremenda voz de barítono y con no poco entusiasmo, Camilo José nos cantó la canción completa. En aquellos años la simpática y desenvuelta intrepidez de Cela resultaba para los demás un estimulante maravilloso. Pronto nos hicimos grandes amigos. Un día, Camilo me anunció con la mayor solemnidad:
–He empezado a escribir una novela. Se titula La familia de Pascual Duarte. Cuando se publique, que algún día se publicará, digo yo, te la dedicaré…
–Bueno. Yo también te dedicaré a ti una comedia que acabo de terminar.
–¿Cómo se titula?
–El puente de los suicidas.
–De acuerdo.
Algún tiempo después los dos cumplimos entrañablemente nuestra promesa".
 
("VIAJE ALREDEDOR DE UN ESCENARIO, 4: EL ESTRENO" (Teatro 6 (abril 1953): 25-30; 30)
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 

(19) La primera escena había aparecido ya en el n.º 17 de Garcilaso (sept. 1944): s. p. En España Semanal (3 mar. 1968: 4) declara:« Probablemente entre la fecha en que se publicó y el momento en que puede estrenarla dejó de interesarme».

(20) Eduardo Haro, en carta de 19 may. 1945 escrita a Ruiz Iriarte desde África, donde cumplía el servicio militar, dice: «Llega hasta mí en un número de Fantasía tu Yo soy el sueño (…) me trae a la memoria las vicisitudes de aquel infame premio del Teatro Español (…) fue en «Coso» donde Alfredo Marqueríe me dijo una tarde estas palabras: “He leído una de las obras presentadas al concurso. No sé de quién es. Su lema es ‘Aventura’. Sin leer las demás, sé, seguro, que no habrá ninguna mejor”. Luego ocurrió la vergüenza…».

 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
El autor, en 1947.
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 

(21) El aprendiz se estrenó en Valencia (27 nov. 1947), Zaragoza (22 feb. 1948), Barcelona (28 mar 1948). En Madrid, 16 abr. 1949, se produjo el éxito de público.

(22) A continuación hace un resumen del asunto. Ver Haro, ABC 10 jul. 1948: 15, y mi Víctor Ruiz Iriarte: autor dramático 151-52.

(23) La colección Alfil de obras dramáticas la recogió también en su número 100 de antología (Antología. Madrid: Alfil (colección Teatro, 100), 1954).

 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 

(24) Las mujeres decentes: Barcelona (Teatro Borrás 3 abr. 1949), Madrid (Teatro Infanta Isabel 9 sept. 1949). El landó de seis caballos: Madrid, Teatro María Guerrero 26 may. 1950. El gran minué: Madrid, Teatro Español 8 dic. 1950.

 
 
 
 
 
 
 
 
 
Víctor Ruiz Iriarte, visto por Menéndez Chacón.
(ABC, 8 de septiembre de 1955).
 
 
 
 
 

 

 
 
 
 
La vida de Víctor Ruiz Iriarte