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La vida de Víctor Ruiz Iriarte: de 1961 a 1982
Nuevos tiempos en el teatro
Por Víctor García Ruiz • Universidad de Navarra
 

Su primer estreno de la década de los sesenta, menos fecunda en cuanto a producción dramática, es Tengo un millón. En 1964 da a conocer una de sus más importantes obras: El carrusell, con Enrique Diosdado y Amelia de la Torre. Con este matrimonio de actores le unirá una intensa amistad y con ellos subirán a escena sus más importantes producciones de los 60: La muchacha del sombrerito rosa (Premio Nacional de Literatura «Calderón de la Barca» 1967), Primavera en la Plaza de París (1968) e Historia de un adulterio (1969) .

En 1962 decide reunir una treintena de artículos surgidos de la observación del detalle cotidiano: los gatos donostiarras, la nueva indumentaria, los avances tecnológicos, el fenómeno del fútbol, el cuplé… Es el volumen que titula, con gran intención, Un pequeño mundo. La edición, impresa en los talleres de la Sociedad de Autores, corrió a cargo del propio autor, pero algo debió fallar en la distribución, y multitud de ejemplares dormitaron durante años en los sótanos su casa, en Arapiles 5.

El 1 de enero de 1966 tiene algún relieve en la carrera dramática de Víctor Ruiz Iriarte. Significa su estreno en un «género literario nuevo que hereda algunas de las rancias, señoriales y altivas exigencias del teatro y mucho de la gracia fresca e impetuosa del cine» (1967, 11-12): la televisión. (25) Sábado tras sábado, entre el 1 de enero con «Milady, objetos para regalo» hasta el 25 de junio del mismo año, veintidós telecomedias son puestas en antena por Televisión Española. La serie que lleva por título La pequeña comedia tuvo una segunda y una tercera partes. Con una selección de trece telecomedias de la primera parte publica La pequeña comedia en 1967, con el fin de salvarlas de su «radiante, arrollador y, a la vez, fugitivo destino» (1967, 9). En el Prólogo que las precede Ruiz Iriarte hace una apología de la telecomedia como nuevo género dramático, con peculiares exigencias técnicas. Por esas fechas se emiten en distintos espacios –«Estudio 1», «Risa Española»– versiones televisivas de El carrusell, El aprendiz de amante, El landó de seis caballos o Un paraguas bajo la lluvia.

Desde 1955, Ruiz Iriarte había ido ocupando diversos cargos en la Sociedad General de Autores de España –Consejero, Consejero-delegado, Director general–. Se consideraba «uno de esos autores que hubo en todas las generaciones, enamorado de esta casa y de sus problemas» (ABC 22 ago. 69). El 10 de julio de 1969 es elegido por unanimidad Presidente de la Sociedad General de Autores de España, en sustitución de Joaquín Calvo Sotelo. La atención al cargo le ocupa gran cantidad de tiempo y eso le impide dedicar más tiempo a su teatro. Únicamente estrena dos adaptaciones, una de cuentos de Anton Chejov reunidos por Gabriel Arout, Manzanas para Eva (1970), y Las tres gracias de la casa de enfrente (1973), del holandés Eric Schneider. Escribe para TVE dos nuevas series: Juegos para mayores, iniciada en enero del 71 e interrumpida en el séptimo episodio a petición de Ruiz Iriarte, por desavenencias con los realizadores, (26) y Buenas noches, señores, entre mayo y agosto del 72. Televisión emite en «Estudio 1» versiones de Esta noche es la víspera, Juego de niños, La muchacha del sombrerito rosa y otras.

Encabezar la Sociedad de Autores fue ocasión de ganarse gran número de adhesiones y afectos sinceros por su honradez –renunció al coche y chófer del presidente; su coche y su chófer salían de su bolsillo– y generosa entrega al cargo. Pero también fue motivo de multitud de problemas e íntimos sinsabores. Hacia noviembre del 70 se somete a la Junta General el proyecto de Reforma de los Estatutos de la Sociedad, cuyo principal inspirador es Ruiz Iriarte. Con ese motivo se inician las polémicas en torno a su gestión y los ataques a su persona. Poco tiempo después, se le rinde homenaje con la entrega de la Medalla de Oro de la Sociedad y una placa del Consejo de Administración «por la devoción con que sacrifica sus mejores horas a la defensa de los derechos de los autores españoles», en palabras del Consejero-delegado Antonio Quintero. Llama junto a él a su inseparable amigo López Rubio, que acepta el cargo de Vicepresidente a pesar de no sentirse con condiciones y tener que desplazarse desde su hotel en El Escorial. Los dos tratarán de hacer frente a los innumerables problemas que surgen estos años, procedentes en su mayoría de la sección musical y de la aplicación de los nuevos Estatutos. En junio del 70 participa en el 27.º Congreso Mundial de Autores, que se celebra en Las Palmas de Gran Canaria. Domingo Pérez Minik aprovecha unas declaraciones de Ruiz Iriarte para arremeter contra él. Poco a poco los problemas se van agudizando y su posición en la presidencia se le vuelve personalmente más y más incómoda hasta que toma interiormente la decisión de dimitir.

En esos momentos, el anterior Presidente, Joaquín Calvo Sotelo, que ha venido galvanizando la oposición a Ruiz Iriarte, envía una extensa circular a los socios en que critica globalmente la gestión del titular. Un diario madrileño publica el texto y las tensiones que se ventilaban en el interior de la entidad saltan a la opinión pública. Los medios de comunicación se hacen eco de la polémica. Abundan las adhesiones a Ruiz Iriarte en la prensa. Entre éste y Calvo Sotelo se cruza una correspondencia privada de muy distinto tono en una y otra parte. Tan enojoso asunto no hace sino dilatar su permanencia en el cargo, desde el que se siente obligado a hacer frente a los ataques. Finalmente, presenta su dimisión (13 ene. 1974).

Fui a la Presidencia porque un gran número de autores, amigos míos, me lo pidieron. Y accedí a sus deseos (…) ¿Dimitir? ¡Muy sencillo! En toda reunión de hombres es evidente que pueden surgir las discrepancias de un sector de los mismos. En esta ocasión se dio la circunstancia de que había un sector de asociados –a mi juicio, en uso de su perfecto derecho– que discrepaban de la actuación del Presidente. Y yo, fiel al juego democrático, que es el que me gusta, he decidido renunciar. No ha sido por debilidad, sino por respeto a las opiniones de los demás. ¿Qué estaba conmigo la mayoría? Bien; pero no siempre es implacable la ley de las mayorías. No se puede complacer a todo el mundo. (Sábado Gráfico 20 ene. 1974: 14a y 14b.)

Ruiz Iriarte ha dejado en esa casa un buen prestigio de honradez y competencia. Tres años más tarde es puesto al frente del Montepío de Autores como Presidente (15 abr. 1977) por aclamación, con un único voto en contra. Desempeñó este cargo hasta el día de su muerte.

Inmediatamente reanuda su actividad dramática. Ese mismo verano se retira a su apartamento de El Escorial y pone a punto la serie Telecomedia, once nuevos episodios emitidos por TVE entre octubre del 74 y enero del 75. También una obra de teatro, Buenas noches, Sabina que se estrena en el teatro Arlequín de Madrid (25 sept. 1975) con éxito discreto. En septiembre del año 1976 (días 11 al 23) participa como jurado en el 24.º Festival de Cine de San Sebastián. En una entrevista declara: «–Acabo de terminar una comedia que ya está en manos del productor. Se titula Una pistola en el bolsillo. —¿Policíaca? —No, aunque no le falta la intriga» (folleto informativo del 24.º Festival de Cine). Dos años más tarde, la profesora norteamericana Patricia O'Connor le pregunta: «¿Tiene usted algunas obras en preparación?». Ruiz Iriarte responde «Tengo una obra terminada, El juicio de los ángeles. Pero no veo su estreno inmediato. Preparo, además, una nueva comedia». (27) Ninguna de estas obras –Una pistola en el bolsillo, El juicio de los ángeles y la otra– subió a los escenarios.

Desde finales de los años 60 hasta su muerte, en 1982, el rumbo del teatro español se apartó definitivamente del rumbo del teatro de Víctor Ruiz Iriarte. En España, el teatro va cargándose progresivamente de beligerancia política. Un régimen agonizante impide aún la libre expresión en la prensa escrita, pero se muestra impotente para evitar que los escenarios se escojan como plataforma de difusión ideológica. Se descalifica rotundamente el «evasionismo» y parece omnipresente la necesidad de un teatro «comprometido» que hace las veces de una tribuna política y provoca el malestar de un público, el tradicional, que se va replegando progresivamente hasta casi la extinción. Por otra parte, la política de subvenciones ha hecho desaparecer la antigua situación del empresario y el autor se ha visto obligado a abdicar de su tradicional hegemonía. Los problemas económicos hieren de muerte a los teatros.

Quién sabe si Ruiz Iriarte avizoró todo este proceso que acabó por desplazarle y puso sus energías al servicio de la labor de presidencia en Autores como sucedáneo inconsciente al esfuerzo por mantenerse en la primera línea del panorama teatral. (28) Este apartamiento, el hecho de que no estrene más obras originales que Buenas noches, Sabina, sin demasiado éxito, y en cambio haga dos adaptaciones, el incremento de su colaboración para televisión –cuatro series en los años setenta– y, sobre todo, la renuncia o la imposibilidad de estrenar dos comedias ya terminadas, demuestra que Víctor Ruiz Iriarte comprende claramente que su momento y el de toda su generación ha pasado.

Su decaimiento es profundo, pero no pura consecuencia del desplazamiento de su figura del ámbito teatral. Le desconcierta y le deprime enormemente contemplar la evolución del teatro como género, la disolución de ese hecho dramático, milagroso resorte, que impresionó su mente en los días de la adolescencia. En cierta ocasión, hacia mediados de los 70, reunido con Buero, López Rubio y alguno otro, al recaer la conversación sobre la situación del teatro, Ruiz Iriarte sentenció: «El teatro se ha terminado. Ya lo verás». Él, siempre tan optimista, entró en crisis. La presidencia del Montepío de Autores debió de ser un alivio en medio del gravoso peso del desfase. Desde ese puesto aún puede sentirse útil al teatro español.

Su última presentación ante el público fue El señor Villanueva y su gente, serie televisiva (ago.-nov. 1979) que no gustó a casi nadie, ni siquiera a él mismo. Recibió muchas críticas adversas que agudizaron su crisis interior. Su salud se había resentido últimamente. Sufría fuertes dolores en las rodillas y el reumatismo de su poco afortunado físico se agudiza limitando cada vez más su capacidad de movimientos. Sin embargo, no padecía enfermedades graves. Estaba triste. Por las mañanas iba a su despacho del Montepío, en la calle Pelayo. Por la tarde dedicaba horas a examinar profundamente la prensa y, eso sí, seguía leyendo abundantemente. Salía a cenar fuera de vez en cuando y sólo con viejos amigos, que son cada vez menos: López Rubio, Jesús Revuelta, Azcoaga, Amelia de la Torre y Enrique Diosdado. Va perdiendo contacto con buena parte de su amplísimo círculo de amistades. Años hacía ya que no iba por el Gijón de manera regular. Declina con facilidad las invitaciones que recibe para reuniones sociales o culturales.

En compañía de López Rubio seguía asistiendo a los estrenos de la temporada, pero la mayoría de las veces contribuían a acentuar su pesimismo acerca de la situación del teatro español, falto de ideas, escasísimo de autores, sin público. Por otra parte, la presidencia del Montepío no es ni mucho menos un destino burocrático sino que le enfrenta diariamente a serios problemas que, por su carácter, no es capaz de afrontar con una cierta distancia. Su celo y su extremada reserva van robándole la tranquilidad.

En abril de 1982 muere en Valencia su madre, a los casi cien años. Llevaba tiempo enferma de gravedad y su fallecimiento no coge a la familia por sorpresa, pero a él le afecta de un modo especial. Terminado el verano, hacia comienzos de octubre, una medicación para curar un leve insomnio le produce efectos extraños: dificultades en el habla y en la coordinación de movimientos. La visita al neurólogo no descubre ningún síntoma de gravedad. Esa noche duerme con una profundidad desacostumbrada –a las siete estaba siempre despierto–. Alarmada, su hermana María Luisa avisa urgentemente al médico, pero, cuando llega, Víctor Ruiz Iriarte ya ha fallecido. El sacerdote le administra los últimos sacramentos. Es el 14 de octubre de 1982.

Esquela del viernes 15 de octubre de 1982 [PDF]

Telegramas de condolencia [PDF]

Necrológicas en la Prensa del viernes 15 de octubre de 1982:

ABC [Página 70 en PDF]

El País [Página web]

 

 
Trabajando en su domicilio de arapiles 5, Madrid, en noviembre de 1969. (Foto Julio-César)
 
 
 
 
 
 
 
 
 

(25) Ver también la entrevista de J. Arroyo, Ya (dominical) 30 ene. 1966: s.p.

(26) «Retiré mis guiones porque TVE no podía conceder a mis programas los medios imprescindibles», declaró en abril de 1971.

 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
Fotografía en los inicios de la década de los 70.
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
Ruiz Iriarte, presidente del Montepío de Autores desde 1977 y hasta su muerte, en un acto de la institución con los Reyes de España.
 
 
 

(27) Sospecho que El juicio de los ángeles es la misma, o refundición, que Una pistola en el bolsillo.

(28) Para una rápida mirada al teatro español en estos años sugiero estas visiones contemporáneas: Primer Acto 119 (abr. 1970), Primer Acto 123-124 (ago.-sept. 1970), Primer Acto 149 (oct. 1972), Primer Acto 152 (ene. 1973), el número monográfico de Ínsula 456-57 (nov.-dic. 1985), Wellwarth, Salvat, Buero Vallejo y otros, Miralles, Casa, Zatlin Boring, García Lorenzo; Ragué Arias, Torrente Ballester, Haro Tecglen, LLovet, Fernán-Gómez y Cabal.

 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 

 

 
 
 
 
La vida de Víctor Ruiz Iriarte