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sobre teatro
 
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El romanticismo y el otro sentido de lo teatral
11.02.1943
A propósito de una comedia americana
10.10.1943
Pregunta al porvenir sobre el teatro
04.11.1943
Se desea una gracia mejor
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Un "teatro de bolsillo"
20.03.1945
Risa, risa, risa
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10.05.1945
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10.05.1945
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Víctor Ruiz Iriarte y "la superación por la gracia"
01.08.1952
Quinientas cuartillas y dos o tres meses necesita Víctor Ruiz Iriarte para escribir una comedia
1955
Gente de teatro en España (I): Víctor Ruiz Iriarte
 
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1947
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Teatro selecto de Víctor Ruiz Iriarte
1967
La pequeña comedia
1968
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Artículo publicado en 'Juventud' el 8 de febrero de 1943
El romanticismo y el otro
sentido de lo teatral
Víctor Ruiz Iriarte
 

Hasta Sardou, viejo cuco que hace treta de otras arrogancias mozas, el teatro tiene su fórmula constructiva, elemental pero eficacísima, su peculiar morfología en el arrebato romántico. El romanticismo que siempre, incluso en su mejor lírica, es repique declamatorio, dona al teatro sus más preciosos regalos: sus espasmos de dolor y de cólera, su melancolía inelegante, bravas estocadas, revuelo de capas y, queramos o no, un prodigio de protocolo, un difícil sortilegio formal –mito de análisis penoso y desmoralizador–, que hace triunfar a los autores románticos y postrománticos en el reparto de gracias y elementos emocionales, función definitiva del teatro. Si ello implica calidad o cualidad, no lo discutiremos ahora; pero consignemos que en los dramas –y dramotes– del tiempo romántico se da con más brío quizá que en el mejor tiempo clásico o en el más fragante teatro moderno una lección clara, jugosa, importantísima del sentido de lo teatral…

Pero, decididamente, periclitó el modo de hacer el teatro a la romántica en lo que el teatro tiene de composición y arquitectura, esto es, de técnica. No sólo porque nuestro tiempo se siente muchísimo más responsable o dolorido; prefiere, ante lo fundamental, el dolor, el pensamiento o la ironía y desdeña las reacciones enfáticas y melenudas, sino porque a la técnica del romanticismo, espectáculo, puro todo carantoñas plásticas, sucede en vigor el cinema que tampoco ama demasiado las palabras y tiene en cambio más ricos palacios, selvas más verdes y espesas, campos de espigas más lozanas e impresionantes y hermosísimas catedrales góticas para que otro Schiller las sitúe como telón de fondo tras la doncella deslumbrante con su armadura de oro, sus sueños y su gloria…

Y, sin embargo, si el teatro elimina viejas y fofas arqueologías, mantiene en cambio su perenne secreto, apenas entrevisto. Bien nos consta que el más importante valor de una obra dramática no está en su vigor de espectáculo, sino en el tufo y en el cariz de su ambiente, que es otra forma de la espectacularidad; la gran verdad teatral que nos traslada al clasicismo, tremenda y única sustancia de todo teatro de resonancia. Por eso es clásico Pirandello, y Shaw, y O’Neill, y Berstein, y hasta Dario Nicodemi. Por eso es acierto maestro Cándida o Enrique IV… Porque este teatro que no deslumbra, pero prende, profundo de gracia y de ambiente, contiene y expande el milagro tan raro e inaprensible que es casi mitología: ese guiño nervioso que hace la fantasía para captar a la realidad; ese vaho de tierra caliente o mojada, tierra al fin, que ha de tener la poesía para que nunca, nunca, deje de ser cierta. Y con él aparece, por añadidura, el sentido de lo teatral, no como bastardía o artilugio, sino como cualidad de principio y origen.

* * *

Nuestro amigo, que es doctor en Letras y en Filosofía y conoce bien nuestros desvelos por el teatro, nos preguntó un día entre frívolo e irónico:

– Dígame usted. ¿En qué consiste el truco del teatro?

Inquiría, naturalmente sin saberlo, un análisis del sentido de lo teatral. ¿No nos hicimos todos cierto día esta misma pregunta de dificilísima respuesta? ¿Comprendemos claramente este recoleto secreto? ¿Por qué el teatro es sólo producto de la cultura y la sensibilidad, como cualquier otro género literario?¿Por qué el teatro es a veces la derrota de un poeta lírico fundamental, de un novelista resonante y puede ser la victoria de un desenfadado e intrépido reportero? La respuesta del exquisito encerrado en torre de marfil, asfixiado el pobre entre suspiros y “yoísmos”, que supone estólidamente que el teatro es género inferior, no nos sirve para nada. El teatro es literatura, y si no es gran literatura no es buen teatro. La verdad es más intensa y terrible. La verdad es que el teatro es arte de gigantescas peculiaridades intuitivas, como poesía que es en fin de cuentas. El presentimiento, la fórmula, la imagen pictórica, el sentido dramático, es prebenda natural que portan algunos hombres, alegre y bulliciosamente, como un miembro más de su fisiología espiritual. Esta fortuna la maneja gozosa la inteligencia, pero jamás logra suplantarla ni aun con talentudas y académicas imposturas. Un manual de historia literaria, una aterrada mirada en derredor, nos enseña que hay discretos autores en hombre de pésimo contenido espiritual, en atroces mentes desarrapadas, vacías de la ingravidez y la gracia, de la sabiduría y la doctrina del hombre de letras. Bien a la mano tenemos a la inmensa mayoría de nuestros autores contemporáneos sin ingreso posible, por autodecisión majadera y olímpica, en el predio sensible de la minoría. En la gran estancia del espíritu donde un humo fresco de gozo ciega a veces los ojos de los hombres sensibles, que, por otra parte, no es aire grato para escribir zarzuelas de alta finanza con muchísimos mozos y mozas en el reparto… Estas gentes inocuas e insólitas aportan su maestría con derechos indiscutibles. Guardan, aunque lo aceptemos de mal grado, la técnica intuitiva de cualquier gran autor de voz universal sin su previsión de cultura. Sin la otra sensibilidad que el saber da a la sensibilidad natural. Y resulta de sus manos ese teatro torpe, ronco y tartamudo, mal recuerdo de una probable auténtica y felicísima previsión. Tan auténtica como la del romántico más candoroso. De la misma previsión de sentido de lo dramático que tuvo un día Alfonso Daudet cuando, rodeando con sus familiares el lecho de muerte de su padre, pensaba más que en la angustia del instante, en la grandeza teatral y fuerza dramática de aquellos momentos de agonía…

 
 
 

 

 

 

 
 
 
 
 
 
"El teatro es literatura, y si no es gran literatura no es buen teatro. La verdad es más intensa y terrible. La verdad es que el teatro es arte de gigantescas peculiaridades intuitivas, como poesía que es en fin de cuentas"