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sobre teatro
 
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El romanticismo y el otro sentido de lo teatral
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10.10.1943
Pregunta al porvenir sobre el teatro
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Se desea una gracia mejor
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Risa, risa, risa
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10.05.1945
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Víctor Ruiz Iriarte y "la superación por la gracia"
01.08.1952
Quinientas cuartillas y dos o tres meses necesita Víctor Ruiz Iriarte para escribir una comedia
1955
Gente de teatro en España (I): Víctor Ruiz Iriarte
 
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Tres comedias optimistas
1967
Teatro selecto de Víctor Ruiz Iriarte
1967
La pequeña comedia
1968
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Artículo publicado en 'El Español' el 10 de octubre de 1943
Pregunta al porvenir
sobre el teatro
Víctor Ruiz Iriarte
 

Leído en Radio Nacional la noche del 9 de enero 1944

[Sic] Y no citamos solo lo depauperado por más propicio. No se comenta la decadencia del mal teatro, que esto es tópico de oficina o cafetín, sino el espantoso desmayo del teatro como género literario o estilo de vida, su carencia de ligadura a la época. Lo que se analiza ahora son los módulos característicos del teatro, según llega a nosotros en nuestro momento histórico. Su rancio histrionismo, su eficacia cariacontecida, sus arcaicos mecanismos; su postura de anciano de facha hidalga y pobre, con bastón y pantuflas, en cuya presencia los mozos alegres callan, sonríen y no comprenden...

Podrá argüírsenos que enjuiciamos unilateralmente a la vista de este teatro madrileño tonto y antipoético que padecemos. Que olvidamos el jugoso teatro que ahora se sirve en París, Londres, Norteamérica o Berlín. Y ello se refutaría fácilmente; porque si la escena española contemporánea no responde al hombre medio que la contempla, también el hombre medio francés, yanqui o alemán está más avisado que el nuestro respecto a la vieja cuquería dramática, por muy remozada que se la ofrezcan. Porque su «tempo» vital es superior al nuestro, puesto que su vida, en medio de ciudades mayores, con campos de deportes más lozanos, con un cinematógrafo colosal, es muchísimo más rica que la nuestra…

Hay que rechazar apriorísticamente esa tesis superficial, que tanto corretea de boca en boca, de que el teatro se derrumba porque el cine vive en nuestros días su rutilante apoteosis. ¡Puro sofisma! La fábula dramática está aquí entre los hombres, junto a las cosas, en nuestro propio cuarto de trabajo, en la ventanita entreabierta de la casa de enfrente, cuya luz no se apaga hasta la madrugada, o en la pareja que a diario pasa distraída y encantada por debajo de este balcón. En la vida exterior ancha y alta, grande y sinfónica, de todos los días, o en lo recoleto y caliente de una morada íntima. El tema dramático surge de un simple encuentro con el autor, lo mismo que la imagen lírica cae sola ante los ojos del buen poeta desde la copa de un pino o pasa en el rebrillar del agua del río. Pero de las dos formas expresivas del tema dramático –cine y teatro–, el cine nos dará el dinamismo, el matiz en imágenes, la emoción o el dolor en un simple mohín; el teatro nos ofrecerá, en cambio, del mismo argumento unos cuantos pasos con donaire y brío y muchas palabras… Carne, color y voz: presencia.

No hay posible competencia entre el cine y el teatro, ni siquiera considerados ambos como espectáculos desde un punto de vista sociológico. Y menos aún puede soñarse un posible resurgir del teatro apropiándose técnicas o usos de procedimiento cinematográfico. Bien cerca está la experiencia efímera de aquel teatro a lo Bruckner, ya en desuso, cuyos decorados eran verdaderas estructuras ingenieriles: soportes, pisos, escaleras, etc. El drama tiene su trajín en una a [sic] otra estancia, desde este al otro piso, y la emoción, como la voz de los actores, se pierde en idas y venidas presurosas. Intolerable, sencillamente, tanto como ese cine torpe y heterodoxo de comedias cinematografiadas…

El teatro escapa de nosotros. Huye. Se pierde. Se perderá, claro es, si no adviene su poeta. Que el teatro, arte al fin, puede salvarse, como el mundo, por los poetas. Porque, en verdad, no precisamos de mejores escenógrafos, de más solemnes realizadores o de más geniales actores. El teatro necesita un poeta, iluminado y mesías, que le invente una retórica nueva. Todo el falso artilugio, mala retórica, ya comentado –telones, maquinaria, énfasis propicio en el mundo– tapa la otra verdad del teatro, su verdad artística, fragante y deliciosa, que para el hombre de nuestros días, antibarroco y cordial, pasa espantosamente inadvertida. Esa pésima envoltura tapa, asfixia o disimula el más rozagante hallazgo del pensamiento o de la fantasía. Necesitamos un poeta que manejando las buenas sustancias antiguas, invente un teatro para un mundo sin énfasis… De lo contrario habremos de continuar día a día con la misma pregunta –pura angustia, vivísimo dolor– que hacemos ahora al destino: ¿existirá teatro en el futuro?

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 
 
 

 

 

 

 

 

 
 
 
 
 
 
"No precisamos de mejores escenógrafos, de más solemnes realizadores o de más geniales actores. El teatro necesita un poeta, iluminado y mesías, que le invente una retórica nueva"