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sobre teatro
 
Artículos
08.02.1943
El romanticismo y el otro sentido de lo teatral
11.02.1943
A propósito de una comedia americana
10.10.1943
Pregunta al porvenir sobre el teatro
04.11.1943
Se desea una gracia mejor
21.12.1943
Un "teatro de bolsillo"
20.03.1945
Risa, risa, risa
15.04.1945
El teatro, la literatura y los escritores
10.05.1945
De la comedia y de los géneros
10.05.1945
Monólogo ante la batería
01.04.1947
Éste y el otro Priestley
06.07.1947
Carta ingenua en defensa de un amigo
1950
Juanita va a Río de Janeiro
 
Conferencias
24.03.1945
El teatro, su gracia y su desgracia
1965
Tres maestros: Arniches, Benavente y Valle-Inclán
 
Entrevistas
05.04.1945
Víctor Ruiz Iriarte y "la superación por la gracia"
01.08.1952
Quinientas cuartillas y dos o tres meses necesita Víctor Ruiz Iriarte para escribir una comedia
1955
Gente de teatro en España (I): Víctor Ruiz Iriarte
 
Prólogos
1947
Tres comedias optimistas
1967
Teatro selecto de Víctor Ruiz Iriarte
1967
La pequeña comedia
1968
Teatro selecto de Edgar Neville
 
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Artículo publicado en 'Arriba' el 4 de noviembre de 1943
Se desea una gracia mejor
Víctor Ruiz Iriarte
 

Hay que hablar algún día, un día en que el ánimo esté puro como nunca, de la singular gallardía de lo jocundo. Hay que cobijar en nosotros con toda dulzura este milagro artístico de la gracia hecha sonrisas –el milagro de Molière y Aristófanes, de los títeres en la pista o de un film de Max Linder– y amar tiernamente el prodigio sensacional y delicado de la alegría. Un rostro cejijunto puede ser noble, pero es, desde luego, inelegante. La discreta sonrisa, síntoma de todos los sentimientos humanos interesantes –desde el candor a la ironía–, es el regocijo hecho arte. Vivir con belleza, señores, no es ni más ni menos que plantarse artísticamente –elegantemente– ante el dolor o el gozo. Y si nos encanta una bella forma de sonreír, ¿cómo no ha de ganarnos su “leit-motiv” artístico, esto es, la misión del poeta –porque todo es poesía en teatro– que provoca la sonrisa?

La sonrisa, claro está; no la carcajada bárbara e insólita, dramática, fea y triste como un regüeldo, “pagaré” mal falsificado de una gracia toda imposturas. Aquella es el mohín con que se acoge al Molière magnífico de las comedias intelectuales, a los graciosos de Tirso –la comicidad más inteligente quizá del teatro clásico español– o a la fábula shakesperiana del bosque gnómico de Puck y sus duendes. Preferimos siempre a la zumba de bota y candil de Bretón la sátira de Moratín, aunque sea indocta y regordeta. Y a los epigramas de Quevedo, la serenidad risueña y divertida de un entremés cervantino. Porque la gracia auténtica es tan sutil que a veces, si el alma receptora es negativa, puede transcurrir inadvertida: en teatro es juego dialéctico, es guiño y palabra en medio de una peripecia lógicamente teatral, o no es nada; lo contrario es un tumulto escénico grotesco y enfermo, obra de cualquier mente espesa, turbia por el humo de mal tabaco. Todavía de vez en cuando aparece por estos escenarios esa vieja farsa que ha hecho reír con estruendo a tantos millares de españoles. Uno de los trucos jocosos más irresistibles para el buen burgués –candoroso espectador de alma gordezuela– es la aparición en escena de un actor de impecable etiqueta (clac, chaquet, pantalón a rayas y botines de caballero) sobre el cual, entre bastidores, otro personaje travieso ha derramado una fuente de natillas. El dulce amasijo, salpicado en el negro impoluto de la etiqueta, tiene tal magia, que la gente prorrumpe en tremendas carcajadas. Otras veces –¡tantas, señor, desde hace cincuenta años!– cecean bestialmente dos gañanes andaluces que, por birlibirloque del trance escénico, van ataviados –peluca y guantes– a la federica… También es frecuente que, a lo largo de tres actos, media docena de personajes nos diviertan con ingeniosísimas disertaciones sobre la anatomía de la “característica” que es gruesa, se maquilla de un modo aterrador y renquea porque tiene reuma. Y si el primer actor es pequeño, calvo, gordo o zambo, el éxito del festivo autor es irremediable. Podría estudiarse con paciencia y pena –con tremenda pena– esta terrible degeneración del sentido de lo jocundo en el actual teatro español; de cómo es “efecto” y potencia para la risa la deformidad de nuestros actores, que jamás –ellos son gente seria– hacen cultura física. Veríamos estremecidos cómo ha sido resorte infalible, anacronismo triunfante de innumerables juguetes cómicos, escribir un papel de ingenua vivaracha para la actriz anciana, exhausta y dolorida; cómo un actor diminuto, delgadísimo, imperceptible, es pura juerga barbotando trémolos de hombre fuerte y enérgico; cómo una declaración de amor es jocosísimo ridículo cuando es lanzada por una garganta apenas sin voz…

Mas todo esto no existe en el teatro del mundo. En España aún prosigue de un modo tozudo y cansino. Fue inútil la lección de un actor de apuesta fachenda como Raoul Henry interpretando un grotesco –un grotesco ingrávido– de Giraudoux con donaire y agilidad deliciosos. Si en los días de principios de siglo nuestros autores imitaron –con decidido acierto a menudo– la somnolencia sentimental de Bataille, Capus o Porto-Riche, los enredos de Tristán Bernard o la picardía salada del vodevil parisiense o italiano, ¿por qué ahora no se atiende a este nuevo sentido de la gracia que corre de rincón a rincón del mundo? Digamos pronto que fuera de España el teatro para reír no es un teatro descoyuntado, de estética sombría y zafia, sino encantador producto literario: teatro de humor, oficio intelectual e inteligente, y que el teatro español es el teatro menos intelectual del mundo. Si ahora construyésemos con todo desenfado una morfología de la risa de nuestros días, sorprenderíamos asombrados que ríe igual un yanqui que un italiano, un londinense o un austríaco; que el regocijo se promueve en el hombre medio universal por incitaciones artísticas semejantes. Y ello es clarísimo cuando está entrevisto que del humorismo de Philips Barray al tierno y picante gracejo de Benedetti o Cenzato sólo hay distancias de clima y latitud, no diferencias de intención estética. Que entre Wilde y Giraudoux la gracia no riñe, sino conjuga. Que si Sacha Guitry es todo malicia, Fodor no disimula la suya porque al fondo ponga el ritmo de un vals…

Decididamente, hay una escuela universal del humor, en cuyo recinto trascendental no penetra el jolgorio bronco y tonto de nuestros juguetes cómicos, hechos a piezas con plagios y replagios. Estamos aterradoramente ausentes en la fiesta gratísima de esos públicos que saben reír con elegancia, no porque estemos carentes de un público de idénticas calidades humanas y sensibles, sino porque no hay juglares de artístico divertimiento; porque resulta insufrible teorizar como magos y doctrinos sobre la deficiencia cultural de nuestros auditorios, mientras se les ofrecen piezas que apestan y enfadan como los piropos de un analfabeto. Mas lo cierto es que en el mundo palpita estos días, con universal contento, una rara y alegre sensibilidad común, una reacción sentimental exacta ante la sugestión del buen cine o de la buena literatura que hace leve el rigor de geografías. Nosotros, naturalmente, no estamos al margen del complejo. Los tubos luminosos de nuestra Gran Vía, al anochecer, tiñen de rojo, verde o azul el rostro de las muchachas, lo mismo que el “neon” de Broadway bruñe en la noche el pelo rubio de una “girl”. Nuestras mecanógrafas, como las de París o Roma, marchan de mañanita al despacho con un libro de Maurois bajo el brazo. El cigarrillo rubio ha creado una indolencia internacional. Un Edouard o un Antoine significan menos a la hora de un tocado primoroso que el último mohín de Claudette Colbert cuya belleza no es de tipo local. Hay una gran parte de la sociedad española que forma, por gusto y espíritu, en esa enorme minoría cósmica. Pero los lectores de Huxley, Baring o Morgan, los admiradores de Leslie Howard, los que esperan  el último poema de Claudel, los que buscan entre ondas la música alemana de Francfort o Colonia, cuando llega la noche, en España, no tienen el delicioso acomodo de un teatro interesante y divertido. Ese buen señor gordo, bueno, optimista y delicado que en Berlín y Londres se viste de etiqueta y marcha al teatro a escuchar el diálogo espumoso de una farsa desenfadada, en España –los hombres gordos, optimistas y delicados son tipo medio universal–, después de cenar, bosteza, suelta los periódicos y se acuesta malhumorado. Porque la gracia brutal de cualquier escenario madrileño le pondría muchísimo más triste…

Si se habla o escribe sobre nuestro teatro en decadencia, se suplica siempre en nombre del nobilísimo concepto dramático del teatro. Nosotros, que amamos de la literatura escénica toda su fabulosa dimensión poética –gracia, ternura, emoción, todo un mundo diverso y múltiple–, pedimos hoy gallardía, gentileza, donaire y arte para la risa. Soñamos con un teatro jovial, pero humano, desenvuelto, alegre, elegante, con jugo de inteligencia y vaho de cultura. Soñamos, sencillamente, con una gracia mejor.

 
 
 

 

 

 

 

 

 

 
 
 
 
 
 
"Digamos pronto que fuera de España el teatro para reír no es un teatro descoyuntado, de estética sombría y zafia, sino encantador producto literario: teatro de humor, oficio intelectual e inteligente, y que el teatro español es el teatro menos intelectual del mundo"