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sobre teatro
 
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El romanticismo y el otro sentido de lo teatral
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A propósito de una comedia americana
10.10.1943
Pregunta al porvenir sobre el teatro
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Se desea una gracia mejor
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Risa, risa, risa
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10.05.1945
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10.05.1945
Monólogo ante la batería
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Éste y el otro Priestley
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Quinientas cuartillas y dos o tres meses necesita Víctor Ruiz Iriarte para escribir una comedia
1955
Gente de teatro en España (I): Víctor Ruiz Iriarte
 
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1967
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Artículo en el programa de mano del Teatro de Cámara, abril 1947
Éste y el otro Priestley
Víctor Ruiz Iriarte
 

Me complazco en felicitar públicamente al Teatro de Cámara. Tiene verdadera importancia el testimonio de esta nueva obra de Priestley, que nos ha ofrecido la inquietud de Luca de Tena, González Robles y Escobar. Significa para el espectador del Teatro de Cámara nada menos que el descubrimiento de un nuevo Priestley, distinto, bien distinto, del ya conocido. Del autor de La herida del tiempo al irónico y tierno humorista de Ever since Paradise (Desde los tiempos de Adán)…

Hay un pintoresco defecto en lo más selecto de la sociedad artística de nuestros días: es ese encasillamiento, casi irrevocable, de este o el otro nombre, que se hace sobre la débil base de una primera producción que llega a nosotros. A veces es una comedia. Otras, una novela, un cuadro, o un film. Y luego, con muchísimo más amor a la propia opinión que al estudio de la obra ajena, viene un riguroso cerrar de ojos que rechaza todo lo que no confirme aquella primera impresión. Nuestro tozudo amor a la línea recta es admirable, y en ocasiones llega a extremos casi cómicos. ¡Y cuánto limita lo mismo al que crea que al que asiste! Me gustaría captar la sorpresa de algunos “admiradores” de Anouilh –cito a este autor como ejemplo de última “sensación” minoritaria–, “devotos de la línea y desnuda Antigone, ante el friso trágico y desolador de Romeo et Jeannette, o bien atrapando los excelentes y viejos trucos teatrales de La voyageur sans bagage. Recuérdese con qué denuedo se achacó a Benavente, durante cuarenta años, su permanente inquietud de pensamiento y de propósito, como si ésta no fuera la mejor virtud del maestro. De igual modo –y volvemos a nuestro punto de partida– para muchos fanáticos admiradores de La herida del tiempo, aquel prodigio de nostalgia, de irrebatible pena, de lírico éxtasis ante la fatalidad, resulta nuevo y desconcertante este John Bonton Priestley, que ha escrito las escenas pimpantes de esta farsa que comento. Quisiera disponer de más espacio y de más tiempo para demostrarme a mí mismo de qué modo un solo hombre, un escritor de las indudables calidades superiores de Priestley, ha podido componer estas dos obras tan opuestas entre sí y tan singulares. Y demostraría también cómo un mismo desconsuelo sentimental anima a la familia de los Conways y a los frívolos y deliciosos héroes de Desde los tiempos de Adán…

Es ley inexorable. Desde el primer día, la obra dramática fascina cuando brinda una de estas dos posibilidades teatrales: un tema, una idea. O un clima, un olor. Y siempre en las alas de un diálogo que sea la mejor sustancia escénica. La herida del tiempo era un tema. Un tema eterno, con su melancolía hecha poesía hasta enervar, hasta sentirse uno ambicioso de vivir por la fuerza infinita de esa melancolía; como después de la lectura de aquel poema de Blake, que pone término a la inútil acción de tres actos maravillosos. Nótese, en cambio, por favor que en Desde los tiempos de Adán el argumento es tan vulgar que no existe. Si lo tomásemos en consideración apenas bastaría para componer una vulgar y estúpida comedia de desavenencias conyugales. Y Desde los tiempos de Adán es todo lo contrario a una comedia vulgar. Es simplemente una pirueta. Una encantadora pirueta limpia y ejemplar, de gran gimnasta intelectual, en la que la idea pesimista del tiempo, tan de Priestley –tan típicamente anglosajona y contemporánea: Wilder, Marquand, etc.–, anda un poco prendida en los vuelos y revuelos de una acción bohemia, alegremente desorganizada. Pero en un clima íntimo, risueño, donde sólo tienen cabida las almas elegantes de buen olor, donde, en espíritu, todas las mujeres son bonitas y todos los hombres llevan una flor en el ojal. Es el difícil recinto donde la tragedia se queda en sonrisa porque se supera, no porque no se alcance. Me refiero, naturalmente, al mundo del ingenio. Sostengo –perdonadme–, frente al rostro ceñudo de los tristes profesionales, que el ingenio es una forma superior de expresión del pensamiento. Claro está que no es éste el idioma común a todos. Pero históricamente, los hombres jamás se han entendido con los mejores medios de expresión, sino con los inmediatos y fáciles sustitutivos. En el fondo, gran parte del romanticismo teatral no es más que una edición barata de la tragedia griega “al alcance de todos”…

Saludamos, pues, con alegría, esta gracia inefable de un maestro en melancolías, que nos trae un mensaje en el gran lenguaje. Bajo el punto de vista absolutamente teatral, Desde los tiempos de Adán contiene multitud de leves hallazgos sencillamente maravillosos. Y cuidado, que toda la obra está escrita en contra del teatro, pero haciendo, precisamente, su técnica de esa absoluta falta de técnica. Desde los tiempos de Adán es todo un ejemplo de lo que el buen diálogo significa, palabra tras palabra, a la luz de una batería. Es, a veces, casi todo el teatro. Pero es ese “casi”, misterioso y secreto parpadeo de la acción, lo que da fuerza y gracia a las palabras. Y aquí quizá podría comenzar el capítulo de risueños reproches a nuestro Priestley. A veces, la acción –acción dialéctica, se entiende– de Desde los tiempos de Adán, es reincidente, repetida, obstinada. Se repite una misma situación a lo largo de los tres actos… Algo pasa en alguna de las escenas que transcurren en el escenario del fondo. Pero, pronto, un brillo de gracia –una palabra, una paradoja– pone término al apenas insinuado e incipiente tedio del espectador.

Desde los tiempos de Adán fue dirigida por Cayetano Luca de Tena. Ya no es nuevo decir, a estas horas, que nuestro admirado amigo es uno de los más delicados espíritus con que cuenta el teatro contemporáneo español. La comedia en sus manos adquirió un ritmo vivo, permanente, agilísimo. No olvidemos que la realización de esta clase de teatro es una auténtica prueba para un gran director. Todo perfecto: las colocaciones, las luces, las rápidas mutaciones del fondo. Los intérpretes –pese a la forzosa vertiginosidad con que es preciso ensayar este tipo de representaciones– pusieron su más alegre entusiasmo. Conchita Montes lució su brillante distinción en su doble cometido de actriz y de traductora. Carlos Lemos, gracioso, refinado, magnífico actor como siempre, lleno de galana simpatía. Porfiria Sanchiz y Lola Alba, con un perfecto sentido del humor. Adriano Domínguez, que en este género de comedias modernos nos ha descubierto unas estupendas posibilidades de su mejor línea artística. Y muy bien Almorós en sus breves intervenciones.

El Teatro de Cámara ha terminado su primera temporada con la sesión que comentamos. Toda nuestra enhorabuena en esta hora del primer balance, y nuestros más ilusionados votos para las próximas reuniones.

 
 
 

 

 

 

 
 
 
 
 
 
"Un solo hombre, un escritor de las indudables calidades superiores de Priestley, ha podido componer dos obras tan opuestas entre sí y tan singulares"