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Quinientas cuartillas y dos o tres meses necesita Víctor Ruiz Iriarte para escribir una comedia
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Gente de teatro en España (I): Víctor Ruiz Iriarte
 
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Artículo publicado en 'Domingo' (Madrid) el 6 de julio de 1947
Carta ingenua
en defensa de un amigo
Víctor Ruiz Iriarte
 

Hace tiempo, mi distinguido señor, que sentía alegres deseos de dirigirme a usted. Sobre todas las cosas, uno ama la gracia del diálogo, aun de este modo epistolar. El vaho socrático anima todavía a estos hijos jóvenes de Europa, en cuyas filas, por inexorable orden del destino, formo, y la disputa serena, con el final un poco crudo, a la española, es uno de los primores de lo cotidiano. Usted también es discutidor, me consta, distinguido y admirado señor. Lo adivino a través de esas notas de crítica teatral que con encantadora modestia firma con una inicial en el diario matutino de su lejana capital de provincia; lejana, y no por la distancia, sino porque, en cuanto a lo sentimental, a lo que puede resultar apreciación estética, ya sabe usted qué distantes están entre sí los más próximos rincones de nuestro país. Bien sabe usted que a veces la comedia que hace lanzar frases de encomio a un crítico en Burgos o en Valladolid es casi una ofensa personal para un crítico de La Coruña. Demasiado está usted enterado de que es facilísimo que a un autor se le llame genio en la prensa del norte y se le diga majadero en el sur o en levante. Todo esto lo sabe usted tan bien como yo, mi distinguido señor, y no vamos ahora a discutirlo, porque discutir para ponerse de acuerdo no merece la pena. Estoy seguro de que usted es de los míos.

Lamento no conocer su nombre –es una pena, pero siempre firma usted con iniciales– para dirigirme a usted en términos de mayor llaneza –ya sabe usted que la auténtica democracia social, sólo es una realidad entre nosotros, los escritores y los artistas– y decirle, lisa y prontamente, el objeto de estas líneas respetuosísimas. Sucede que días atrás actuó en la ciudad de su residencia y quehacer una compañía de teatro que puso en escena una comedia de la que es autor un entrañable camarada mío de letras y escenarios. Conozco la comedia y he tenido el honor de leer en su diario el juicio que a usted le merece la obra. Inmediatamente tomé dos resoluciones: calmar en lo posible el terrible y vociferante mal humor de mi amigo –¡tiene un carácter!– y escribirle a usted esta nota. Por lo visto, lo que a mi compañero más ofende, distinguido señor, es que usted asegura que el diálogo de la famosa comedia es absolutamente intrascendente. Mi amigo dice que no es cierto. Jura, con el libro de la obra en algo, que su diálogo contiene la suficiente vivacidad intelectual e ingeniosa para que, en modo alguno, se le pueda considerar vacuo. Jura también –¡está tan enfadado!– que el ingenio, cuando provoca la sonrisa es, nada menos que una forma cordial y superior de expresión del pensamiento. Dice además… Bueno, reconozcamos que se pone pesadísimo.

Yo, distinguido y admirado señor, terciando entre usted, el crítico y él, el autor, quisiera poner un poco en orden tan opuestos criterios sobre lo trascendental. Perdóneme la imprudente intromisión. Pero reconozca usted que el tema es tentador. ¿Quién no siente este casi litúrgico deseo de alcanzar en su obra lo trascendente, lo eterno, lo que queda? Uno de los más limpios caminos para lograrlo es, sin duda, la huida del tópico. Y en las obras de mi camarada podrá usted hallar errores, pero nunca tópicos. Le conozco demasiado bien y sé con qué denuedo practica una prodigiosa gimnasia intelectual, íntima, que le limpia de estas malas tentaciones. Mi amigo, como todos los hombres inteligentes, sufre y ríe y siente pánico ante el lugar común. En esto es irascible. Por ejemplo, cuando intenta mostrar el dolor de una mujer en escena es capaz de señalarlo con una acotación que apenas dice nada. “Una lágrima”. “Una sonrisa”. O cualquier recurso de esta índole de sutilezas que a usted no le convence. Presumo que usted y mi amigo no llegarán a entenderse nunca. ¿No será, en cierto modo, una incompatibilidad de formación? Para usted, la mejor expresión del dolor hasta hoy es la otra más rotunda. La actriz debe decir que naufraga en “el proceloso mar de la duda”, lo cual tiene una fuerza convincente extraordinaria y, sobre todo, no deja lugar a dudas. Reconozco que la palabra “proceloso”, como la de “abismo”, tiene una estupenda eufonía y son muy trascendentales. Todavía en estos últimos días madrileños he asistido a un estreno en el que un personaje –¡oh, interpretado por una actriz joven, deliciosa, con melena rubia, vestida de blanco!– proclamaba que las incidencias que ocurrían a su alrededor la sumían en “un océano de inquietudes”… Era impresionante, admirado señor. Aquel “océano” lanzado por la voz de una muchacha de hoy tenía una fuerza, una sugestión, imprimía tal sentido trascendental al momento, que los asistentes se miraban entre sí, yo creo que impresionados. La comedia no gustó; pero es que ya sabe usted que el público de hoy no está por estas cosas hondas, trascendentales, tan buenas, que a usted le gustan.

Mi amigo asegura que jamás escribirá en una comedia las palabras “proceloso”, “abismo” y “océano”, refiriéndose a los sentimientos de sus personajes, por muy dramáticos y trascendentales que sean estos términos. Es un tozudo incorregible. Dice, en cambio, que él habla en sus comedias del amor, de la virtud, de la alegría de vivir, de la amargura y del gozo de amar. Y hasta del amor y la muerte. Que estas preocupaciones eternas se entrañan con las más graves inquietudes del hombre. Que en la vida de hoy se sufre tanto como en la de ayer; pero que la gente de hoy sonríe más, porque se siente superior y tiene una mayor elegancia espiritual… Todo esto dice. En cambio, de Echegaray no quiera usted saber las cosas que dice. Un horror.

Temo, mi admirado señor, que a mi amigo y a usted les resulte dificilísimo ponerse de acuerdo sobre lo trascendental. Les separa, nada menos, que la interpretación de un modo de expresión que, en definitiva, es el eterno problema del arte. Como mi camarada es irreductible, me permito suplicar a usted que sea usted quien ceda un poco y comprenda… Es posible que él no tenga toda la razón; pero le aseguro que tiene sus razones. Ya sabe usted que un autor sin razones no tiene ningún interés.

Entretanto, cuente con un amigo. Yo soy imparcial.

 
 
 
 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 
 
 
 
 
 
"¿Quién no siente este casi litúrgico deseo de alcanzar en su obra lo trascendente, lo eterno, lo que queda? Uno de los más limpios caminos para lograrlo es, sin duda, la huida del tópico"