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sobre teatro
 
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Pregunta al porvenir sobre el teatro
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Risa, risa, risa
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Víctor Ruiz Iriarte y "la superación por la gracia"
01.08.1952
Quinientas cuartillas y dos o tres meses necesita Víctor Ruiz Iriarte para escribir una comedia
1955
Gente de teatro en España (I): Víctor Ruiz Iriarte
 
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1947
Tres comedias optimistas
1967
Teatro selecto de Víctor Ruiz Iriarte
1967
La pequeña comedia
1968
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Edición 1947
Prólogo a 'Tres comedias optimistas'1
Víctor Ruiz Iriarte
 

Siguiendo al gran G[eorge]. B[ernard]. S[haw]. que agrupó algunas de sus obras escénicas en lotes de «agradables» y «desagradables», (2) yo reúno hoy, en este libro, tres de mis primeras comedias bajo un denominador común: el optimismo. O mejor aún, el Optimismo. Un delgado hilo sentimental, este de la fe en la insobornable alegría del hombre, une a El puente de los suicidas con Un día en la gloria y Academia de amor. Lo que en la primera alcanza vibración dramática, en la última es más plácido ritmo, y en Un día en la gloria, pese a su aire y técnica de farsa, tiene un vaho de resignado escepticismo. Pero hay un Heraldo que, encaramado en blanca balaustrada sobre el espacio, toca su trompeta y llama a los hombres: «¡A la gloria! ¡A la gloria!» Y si los llama en este amanecer en que comienza la comedia, los llamará también mañana, cuando la farsa no tenga acción porque no exista, como los llamará todos los días, a la hora rica del alba, por los siglos de los siglos.

Son, pues, tres comedias optimistas. A veces, alegres; en algún momento, tenuemente melancólicas. El optimismo no es otra cosa que la sonrisa inmediata a una lágrima.

El orden en que aparecen en este volumen las tres obras responde a la exacta cronología de su estreno. Un día de gloria se dio por primera vez en un teatro de Zaragoza un domingo por la mañana para diversión de un auditorio universitario. Fue la estudiantina también quien, con su garbo clásico y alegre, interpretó en escena los personajes de la farsa. (3)

El puente de los suicidas, mi segunda comedia –primer estreno en mi vida profesional de autor–, (4) se escribió, sin embargo, años antes que Un día de gloria. Mucho tiempo quedó olvidada en el cajón de mi mesa, y no precisamente por mi voluntad, esta comedia primera –no la primera escrita, que esta no se estrena nunca–, hasta que formalmente ascendió a los teatros de provincias y se estrenó luego en Madrid, casi por inesperado accidente, como en definitiva estrenan todos los autores su primera obra. Academia de amor se puso en escena apenas terminada, (5) y entre esta y aquella cuenta el estreno de Don Juan se ha puesto triste, ya verificado en provincias, (6) cuyo texto formará parte de otro libro próximo.

No quiero hacer autocrítica de estas comedias, que han sido representadas en muchos teatros de España –alguna está todavía en período de representación– y ante los públicos más diversos. Si pasan hoy a la letra impresa es porque el teatro, cuya mayor fascinación y más inefable delicia reside en que es episodio para los ojos y palabra fugaz al viento, necesita este último y amoroso refugio de la letra impresa para no perecer. Porque en definitiva el teatro es también literatura…

Quiero, eso sí, señalar, aunque sé que el lector no lo precisa, que en estas comedias el autor responde a un ciclo, digámoslo así, ignoro si como tránsito o como estética, en cuanto a clima y a chispazo argumental claramente apoyado en una mayor o menor fantasía. No es, sin embargo, un teatro inhumano, al contrario. La imaginación va más allá de la realidad, pero no se escapa de su línea porque cuando esto sucede no se imagina: se delira. Creo que es auténtica esta posición dramática de buscarle a la verdad de todos los días una vuelta risueña o angustiada; pero, al fin, poética. Cuando el teatro –en la risa o en la emoción– no contiene raíz poética, no es teatro, ni siquiera espectáculo… Si hay un género literario inflexible con esta verdad, este género es el teatro, que, en justa preceptiva, no es más que la forma dramática de la poesía. (7) No creamos por eso que la verdad poética del teatro está en la simple expresión lírica. Yo he encontrado más poesía –honda, apretada, caliente y magnífica– en algunos sainetes de Arniches que en la retórica desmelenada de muchos dramas de verso y levita, delicia de malos actores y encanto de bobos sentimentales. La poesía de la escena no está en la palabra, o en el suspiro, o en el violín del fondo. Está… en el viento; corre del forillo a la concha y cruza de la izquierda a la derecha. Es invisible y no tiene sonido…

Mas hay otro matiz en el sentido poético del teatro, al margen de su lenguaje y de su plasticidad, y se halla en la intención. Hacer arte es dar forma galana a una intención. Escribir una comedia, una novela o un soneto; pintar un cuadro, componer una sinfonía o una leve canción sentimental. Y el autor intenta, apoyado en lo que le rodea: en lo bello o en lo grotesco de todos los días, sobre una carcajada o cerca de una lágrima. Todo, en definitiva, es contemplación y autobiografía. Pero, por Dios, no autobiografía de unos recuerdos en los que se amontona delicadamente la vulgaridad: autobiografía de los sueños. De lo que pasa, sí; pero también, siempre, de lo que puede pasar. Muchas gentes sencillas se indignan, escandalizadas, cuando el teatro no les sirve a ellos en el escenario lo mismo que les sucede en la vida. Todavía no han caído en cuenta de que a ellos no les pasan más que tonterías… El teatro es magia, hechicería, encanto. ¡Fascinación! (8) Por eso, sin duda, la cuenta de la cocinera no ha dado origen todavía a una comedia inmortal, y el amor, en cambio –sueño, ilusión, fantasía–, ha cubierto de milagros los escenarios del Universo, desde las primitivas plataformas de Grecia hasta los coliseos de rojo y oro de nuestros días. El amor, sin rangos ni alcurnias; el amor que lleva coturno, viste frac y lazo blanco, o se esconde en un vestidito estampado. Eso de que en el teatro no debe suceder más que lo que sucede en la vida es una pintoresca estupidez que si fuese cierta sería la ruina de las empresas porque, realmente, no merecería la pena salir de noche para ver cómo unos individuos saludan a su vecinos, charlan con el médico, discuten con los proveedores y realizan todos estos actos resonantes y tiernos que componen la existencia de ciertas gentes de gran sentido práctico… No. Lo que pide la sensibilidad del espectador inconscientemente, subconscientemente, es algo muy sencillo y muy difícil de otorgarle: un poco de felicidad. Una confirmación a su esperanza. Una afirmación a su existencia, a la vida. La respuesta a un sueño remoto. El espectador, frente a ese telón que se alza majestuoso y esa batería que se enciende, rara vez sabe que con su presencia acaba de formular una pregunta. Pero el autor debe saber qué responde: ¡Sí!

Me pesa al llegar aquí cierto vaho dogmático que quizá haya emanado de los párrafos anteriores, y quisiera que estas notas adquiriesen de nuevo la timidez con que fueron intentadas. Un escritor, cuando habla o escribe de su obra, no se refiere propiamente a lo que ofrenda, sino a su ideal, a su programa íntimo. Lo que antecede, más que una justificación a lo que se da, expone cuanto uno se cree en el deber de entregar: hoy, mañana, pasado… Cuando la vida y el tiempo nos lo permitan. No quiero –insisto– hacer autocrítica de mis comedias. A todos nuestra labor nos proporciona demasiado gozo y demasiado dolor. Quizá cuando pasen muchos años será una graciosa actitud literaria emitir, con sincera violencia, un juicio claro de uno mismo.

Tampoco he añadido a este volumen extractos o párrafos de las críticas que se hicieron a mis comedias, según es costumbre. Soy un poco desordenado, y en un cajón de mi mesa hay un terrible y anárquico montón de recortes –ya se sabe que el teatro es el género literario sobre el que más se escribe– en el cual abundan más, por fortuna, los elogios alegres y los estímulos positivos que los juicios fríos. Mi gratitud honda, emocionada, a los primeros, y mi saludo cordialísimo a los segundos. Todos nos ayudan, todos nos hacen, todos nos confortan. Algunos, aunque se propongan firmemente lo contrario.

Y, nada más. Quisiera que estas tres fueran las primeras de una larga serie de comedias. Escribirlas es un oficio duro, pero ¡tan sugestivo! Amo el teatro. Creo firmemente que el teatro es uno de los hechos más fundamentales que han brotado del espíritu humano. Jules Renard declaraba, en la gracia cínica y confidencial de su diario, que solo conseguía emocionarse como espectador cuando presenciaba la representación de una obra suya. (9) Yo confieso, con humildad, que me seduce, sobre el encanto de esta o aquella comedia, aun de las mías, el teatro. El teatro, sí, con su mecanismo y su magia, su belleza y su rito…

 
 
 

(1) Víctor Ruiz Iriarte. Tres comedias optimistas: Un día en la Gloria. El puente de los suicidas. Academia de amor. Madrid: Artegrafía, 1947. 3-6.

(2) George Bernard Shaw (1856-1950), dramaturgo de origen irlandés, Premio Nobel de Literatura en 1925.

(3) La obra se estrenó el 23 de septiembre de 1943 en el teatro Argensola, de Zaragoza. La «estudiantina» era el t[eatro].e[spañol] .u[niversitario]., dirigido por José Mª Forqué, el cual acabaría trasladándose a Madrid para convertirse en uno de los más destacados directores cinematográficos de los años cincuenta y sesenta.

(4) La «première» para invitados tuvo lugar en el teatro María Guerrero de Madrid el 27 de mayo de 1944. El estreno se dio en el Teatro Principal de San Sebastián el 2 de junio de 1944 con la compañía de María Arias. El estreno en Madrid tuvo lugar el 6 de febrero de 1945 siendo la compañía en esta ocasión la de Fernando Granada y Tina Gascó.

(5) En el Teatro Gran Kursaal, de San Sebastián, el 17 de julio de 1946. La compañía fue la de Irene López Heredia.

(6) Las representaciones en Madrid se dieron en el Teatro Calderón a partir del 7 de octubre de 1946.
En el Teatro Príncipe, de San Sebastián (11 sept. 1945) a cargo de la compañía de Fernando Granada y Tina Gascó.

 

 

 

 

 

 

 

(7) Según Federico García en unas conocidas declaraciones: «El teatro es la poesía que se levanta del libro y se hace humana» («Conversaciones literarias: al habla con García Lorca». Obras completas. 8.ª ed. Madrid: Aguilar, ­­­­1965. 1808).

 

 

 

 

 

 

 

(8) Para José Ortega y Gasset «la diversión es una de las grandes dimensiones de la cultura» y la cima de las bellas artes, en este sentido de permitir «al hombre escapar de su penoso destino, ha sido el Teatro en sus épocas de “ser en forma” –cuando por coincidir con su sensibilidad actor, escena y poeta, conseguía ser plenamente arrebatado por la gran fantasmagoría del escenario» (Idea del teatro. Madrid: Revista de Occidente, 1958. 55-56).

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

(9) El Journal, 1887-1910 del dramaturgo Jules Renard (1864-1910) se publicó póstumamente en 1925 y desde entonces es una obra a menudo citada en las recopilaciones de frases y proverbios.