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Título: Buenas noches, Sabina, comedia en un prólogo y dos actos, divididos en cinco cuadros. Autor: Víctor Ruiz Iriarte. Estreno: Teatro Arlequín, de Madrid, la noche del 25 de septiembre de 1975. Director: Víctor Ruiz Iriarte.
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Buenas noches, Sabina
 
Un extraño vodevil
Óscar Barrero Pérez • Universidad Autónoma de Madrid
         
 

El adulterio fue el tema elegido por Ruiz Iriarte para despedirse de las tablas, con el estreno el 25 de septiembre de 1975, de Buenas noches, Sabina. Lo hizo repitiendo el tema de su anterior estreno, tres temporadas atrás, de Historia de un adulterio. Por entonces el teatro español comercial de cierta calidad empezaba a padecer los efectos de una crisis que en la transición política se acentuaría hasta conducirlo a la práctica inanición. De la escena habían casi desaparecido los grandes triunfadores de la comedia de veinte años atrás, entre ellos el propio Ruiz Iriarte, sabedores todos ellos de que su tiempo ya no era este. La autocrítica de Buenas noches, Sabina que escribía el autor para ABC y que se podía leer en el periódico el mismo día del estreno testimoniaba, lúcidamente, esa conciencia de superación de un tiempo ido: “El autor sabe, como todos saben, que la blanca picardía de un antaño reciente está ya, de algún modo, fuera de lugar”. La definición de su pieza no aportaba novedades con respecto a otras anteriores ya conocidas: “un juego”, “un puro y alegre juego en el que se incluyan, como prenda de legitimidad, una cierta ironía y un tanto de intención”, “una comedia ­–quizá una farsa–”.

“Es una obra ligera, un juego”, corroboraba Pablo Corbalán en Informaciones (30 sept. 1975). “A estas alturas, Ruiz Iriarte no nos dice –acaso porque no quiera– nada nuevo”, escribía Julio Trenas en Arriba (27 sept. 1975). Con no poco esfuerzo pero sin duda dando en la diana, Adolfo Prego apuntaba en ABC a una lectura algo más profunda de la pieza: “Hay un modo de vida donde la felicidad es tranquila, ordenada y, en cierta manera, aburrida, y de la cual no se debe salir porque la otra, la felicidad del sobresalto, la máxima intensidad y el derroche pasional termina desastrosamente” (27 sept. 1975). Por el contrario, Antonio Valencia, en su crítica para Hoja del Lunes de Madrid, negaba calado a la nueva entrega de Ruiz Iriarte, en cuyos personajes únicamente veía “serrín escénico dentro”: “No ha sido Buenas noches, Sabina la obra de autor español que venimos esperando, sino un hábil simulacro, una recaída más en minimalismo. Ya se cansa uno de esta inacabable serie de obras que son un juego, que solo intentan divertir al público” (29 sept. 1975). Hasta la interpretación de actores y actrices tan relevantes como los que la estrenaron, Julia Martínez, Rafael Alonso, Carmen de la Maza y Francisco Piquer, consideraba que se resentía de la falta de sustancia de la obra comentada.

El tema del adulterio es, desde fecha temprana, uno de los más tratados en la producción de Ruiz Iriarte. Esta nueva indagación mantiene el tono amable de tiempos más lejanos, como si las circunstancias sociales no fueran distintas, optando por una aproximación en tono de vodevil, palabra esta, por cierto, utilizada por Sabina en el tramo final de la comedia y también empleada por José López Rubio en el prólogo que escribió para la edición de la comedia en 1983, como homenaje a su viejo amigo recién desaparecido el año anterior.

Como de costumbre en las obras de Ruiz Iriarte, la ambientación es la característica de una burguesía económicamente bien situada. La pieza comienza con la llamada de Sabina Fontán a su amiga Amparo para informarle de una infidelidad matrimonial aislada. Poca cosa si se la compara con los seis meses que viene durando la de Amparo con Manuel, el marido de Sabina. Manuel resultará ser un amigo, ahora algo distanciado, de ese Nicolás con quien se ha acostado la última noche su esposa. Estamos, pues, ante un vodevil en toda regla.

Pero también ante un estudio ligero de la hipocresía. Según su marido, Sabina “en cuestiones de moral es absolutamente intransigente” y por ello parece admirarla él, que no puede presentarse precisamente como un ejemplo: “¡Mi mujer! ¡Una perla! Educada a la antigua española, ¿sabes? ¡Como Dios manda! El ideal para mí. Porque tú ya me conoces. Yo creo, ante todo, en los principios morales…”. Sabina, por su parte, considera a Manuel un santo. Aquí no se sabe quién de los dos conoce menos al otro cónyuge.

Porque Sabina ha pecado una vez pero Manuel lo ha hecho reiteradamente. Y, además, no se recata en defender sus ideas inmorales. Cuando Nicolás le cuenta su aventura, sin dar el nombre de Sabina pero sí diciéndole que ella está casada, él le insta a seguir adelante con estas palabras: “Tú a lo tuyo. La vida es un juego. ¡Qué demonio! En esta ocasión, tú ganas y el marido pierde”. Lo que no sabe es quién es el marido.

Nicolás es un solitario que ya no encuentra placer en hablar consigo mismo. Necesita compañía femenina y empieza a buscar a la mujer que le haga compañía el resto de sus días. Es la ejemplificación de la soledad de la madurez. No hay que temer por él. Ruiz Iriarte no lo permitiría.

Si Nicolás se redime, otro tanto, y quizá con más motivo, cabe decir de Amparo. Su imperdonable deslealtad hacia Sabina se la disculpará también el autor de la manera en que se soluciona este tipo de problemas en las comedias obligadas a dejar satisfecho al espectador.

En la secretaria de Manuel, Lolita, está satirizada, de modo en exceso suave, una juventud existencialista que se aburre, que no se siente realizada, que lee (escaso atrevimiento el suyo) a Marcusse, y que, en fin, se cree, como casi todas las juventudes que han sido, víctima de la sociedad. No puede decirse que el conocimiento que de la juventud rebelde de hacia 1975 mostraba Ruiz Iriarte fuera muy profundo. La sátira se queda corta, muy corta. Esta Lolita es una jovencita que podría pasar por rebelde e inquieta a principios de los años cincuenta, cuando el autor comenzaba su triunfal carrera, pero en 1975 es más que ñoña. En realidad, el autor refleja con ironía la esclerótica visión que cierta burguesía madrileña, el público de sus comedias, tiene de la juventud sesentayochista. No obstante, pocos ejemplos mejores que este para indicar qué el mejor teatro de Ruiz Iriarte pertenecía al pasado.

El contexto teatral de la época parece haber impuesto determinadas condiciones a Ruiz Iriarte. Se trataba de una época en que el teatro comercial se preparaba para ajustarse un cinturón con más agujeros que los que tuvo en épocas económicamente más alegres, y ello parece notarse en la reducción de personajes en el elenco, aquí reducido a cuatro personajes relevantes y uno con escaso papel. Corrían ya muy malos tiempos para el teatro comercial.

No faltan las cuñas sociales, tan características del teatro de Ruiz Iriarte: la politización de la sociedad, el cine intelectual (aquí Fellini, como otras veces había sido Antonioni), la falsa preocupación de los ricos por las cuestiones sociales (“el Ropero de los negritos”), la homosexualidad (una película “de maricas”), las asociaciones políticas, el Opus.

Han cambiado los tiempos: “Esto de la moral ha evolucionado mucho y no podemos oponernos al avance de los tiempos”, afirma Amparo. Estamos ya en 1975 y el léxico muestra, en algún caso, una actualización tolerada por una censura ya declinante. Pero, paradójicamente, no es la joven Lolita la que utiliza la palabra puta, sino Sabina. Sin embargo, en otras ocasiones, la falta de actualización de este último Ruiz Iriarte queda patente, como si por él no hubieran pasado veinte años: “¡Huy! ¡Qué ladrón!”, “¡Que soy muy de derechas!”, “¡Yo soy una mujer decente!”, “¡Rebelde! ¡Más que rebelde!”. Tenía razón López Rubio cuando escribía en su prólogo que aquí “el autor se asume y se resume, muy a gusto”. Por algo es su última obra.

Buenas noches, Sabina es, para quien no quiera ir demasiado lejos, poco más que un vodevil. Pero siempre en Ruiz Iriarte hay algo más. En este caso, la presentación del anhelo de libertad que todo ser humano lleva dentro, por satisfactoria que sea su situación personal. El análisis que Nicolás hace de la situación de Sabina, mucho antes del desenlace, es la clave de la moraleja y vale tanto para el personaje femenino como para Manuel: “Era una de esas mujeres que se creen felices y no lo son; que se creen que lo tienen todo y, en realidad, no tienen nada. Entonces, cuando la vida les ofrece su pequeño milagro –porque la vida de todos los días está llena de pequeños milagros– caen en la cuenta de que aún no está todo perdido, de que todavía merece la pena vivir…”. La reflexión de Nicolás, el periodista estereotipado, el trotamundos de catálogo, tiene, posiblemente, un fallo: desprecia un concepto de felicidad basado en las pequeñas cosas, en el día a día, en la insignificancia de lo que parece no tener valor. Sabina buscó la aventura y la trasgresión, y las encontró. ¿Se encontraba ahí la felicidad? La respuesta de Ruiz Iriarte, ortodoxa desde el punto de vista moral, es clara: no.

 
 
 
El tema del adulterio es uno de los más tratados por Víctor Ruiz Iriarte. Esta nueva indagación mantiene el tono amable de tiempos más lejanos, como si las circunstancias sociales no fueran distintas, optando por una aproximación en tono de vodevil.
 
 
ARCHIVO DE PRENSA, EN PDF
(procedente de la Fundación Juan March)
"Buenas noches, Sabina", de Víctor Ruiz Iriarte / por Adolfo Prego. ABC 27 septiembre 1975: 49.