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Título: Cuando ella es la otra, farsa en tres actos. Autor: Víctor Ruiz Iriarte. Estreno en Madrid: Teatro Infanta Isabel, 12 de abril de 1952. Compañía Carbonell-Vicó.
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Cuando ella es la otra
 
Adulterio con moralejas
Óscar Barrero Pérez • Universidad Autónoma de Madrid
         
 

El tema de Cuando ella es la otra, estrenada en febrero de 1951 en Barcelona y en abril del año siguiente en Madrid, es el adulterio. Patricia es lo que en otro tiempo se llamaba una querida. Decente, porque no admite que su protector, cualquiera que sea, mantenga relaciones con otra mujer al mismo tiempo que con ella. «Es lo natural», acota la servicial criada, para quien «los hombres son golfos…». (1) Y está a punto de ayudar a que se rompa definitivamente un matrimonio, el de Verónica y Gabriel.

Este es el punto de partida jocosamente inmoral de la pieza de Ruiz Iriarte. En el momento en que aparece en escena la esposa, la justificación del título empieza a ser diáfana, porque el intercambio de papeles engendra una situación humorística en la que aquella, lejos de comportarse como una mujer despechada, parece complacerse interpretando el papel de cónyuge abandonada.

El primer acto se basa en la paradoja conceptual, en la frase teóricamente absurda porque se retuerce la lógica, sin llegar al límite del absurdo pero poniendo un pie cerca de él: «¿Qué hubiera dicho de mí todo el mundo si yo me hubiera fugado con un hombre casado sin saberlo su mujer?» A la querida le parece un disparate lo que a cualquier persona cuyo comportamiento se ajustara a las normas de la moral ortodoxa le parecería una aberración.

Hasta aquí el humor y la sonrisa a que obliga el planteamiento de la farsa. El mensaje subyacente es una carga de profundidad que solo estalla parcialmente y que se dirige contra la falta de moral en una sociedad, o en una parte de ella, que parece tolerar casi todo y que es permisiva no ya con el adulterio, sino incluso con su ostentación pública.

Esa es la primera moraleja. No, quizá, la más elocuente. La bomba de relojería que, pese al tiempo transcurrido en su matrimonio, la esposa de Gabriel no había detectado, es la profunda insatisfacción de su esposo, su cansancio existencial, su aburrimiento. Gabriel es víctima, sin duda, de su equivocación de marido adúltero, pero ese error deriva de la incomunicación que sufre su relación matrimonial.

El adulterio no es en esta obra, como habrá de serlo en la inmediatamente posterior Juego de niños, mera posibilidad, sino realidad reconocida. Verónica lo asume, ante el escándalo de su criado Damián: «Estas cosas pasan, ahora, en las mejores familias…» La indignación de Damián está justificada porque él pertenece a una clase social inferior, pero es hombre consciente de que existe una moral cuyos límites están siendo rebasados por aquellos que ya no son ejemplo para nadie:

La señora se marcha esta noche al «Palace» a bailar alegremente con un desconocido, y esta mañana el señor ha abandonado a la señora para siempre. ¿Cree la señora que en esta casa hay sentido moral? […] Pero ¿qué diría el padre de la señora si levantara la cabeza? ¡Un caballero, como él, que durante treinta años fue diputado conservador por Galicia! […] Con qué entusiasmo defendía los principios del honor y de la familia cristiana… ¡Si el país supiera que la poca decencia que nos queda se la debe casi toda al padre de la señora!

Ruiz Iriarte testimonia así, en registro de farsa, el cambio de unos tiempos en que la infidelidad matrimonial y el adulterio ya no son motivo para duelos, dramas pasionales y otros excesos, porque, como afirma Bobby, el anterior amante de Patricia, «ahora, con la civilización, todo es vodevil». O, lo que es lo mismo, teatro amable.

Lo que contemplamos en Cuando ella es la otra anticipa lo que vería el espectador, apenas unos meses más tarde, en Juego de niños. El hombre, personificado en la primera por Gabriel, es, en palabras de su mujer, «un niño rebelde y caprichoso» que «no tiene voluntad» cuando se cruza con unas faldas. Gabriel es consciente de la debilidad del sexo fuerte al que representa: «Los hombres en algunas circunstancias no somos nada. Unos pobres diablos. Una pena. ¿Comprendes? Como  una mujer se empeñe…» El papel de la esposa aquí es el mismo que le atribuirá Ruiz Iriarte en Juego de niños. Debe soportar las veleidades de su consorte con la seguridad de que no son más que arrebatos temporales y de que el redil espera la vuelta del marido infiel. Ella misma reconoce que sus diez años de matrimonio han sido «un infierno […] de discusiones y peleas», no obstante lo cual ama al esposo. ¿Qué hacer, pues?

Recurrir a la estrategia, a las armas femeninas y, si es necesario, a la mentira. En este sentido, Cuando ella es la otra anticipa no solo la trama de Juego de manos, sino también las de El pobrecito embustero y La soltera rebelde, porque el engaño es uno de los temas recurrentes de Ruiz Iriarte: «Ahora hay que luchar con otras armas. Se finge, se miente, se sonríe».

De la moraleja en esta pieza es portador un personaje teóricamente secundario, pero que adquiere un peso progresivamente importante a medida que avanza la obra: Bobby. Él acumula una experiencia vital que le permite ilustrar a otros menos avezados en el «ars amandi», y de ahí que se convierta en emisor del discurso reflexivo: «En la vida no se puede vivir sin moral. Por eso, cuando una mujer pierde la auténtica moral, se inventa otra, a su gusto, para seguir viviendo». Eso es lo que le sucede a Patricia, para quien lo inmoral no es seducir a un hombre casado, sino engañarlo una vez que lo ha seducido. Ese es su concepto de la decencia y de la moral.

La lección de Bobby se asemeja a aquella con la que Marcelo ilustrará a Ricardo en Juego de niños. Bobby, tan inmoral en su comportamiento, es el más decente, al menos en sus reflexiones, porque es el único que ha tenido en cuenta las normas morales que otros parecen haber olvidado, total o parcialmente. Quizá por su cinismo, este hombre curtido es lo suficientemente realista como para percatarse de la peligrosidad de la situación. He aquí otro enlace entre esta obra y Juego de niños. Es él quien percibe que el juego de Patricia es tan peligroso como habrá de serlo el de los personajes de Juego de niños: «Usted, una señora, una mujer de la otra zona de la sociedad, con su presencia en aquella casa, con su amistad fingida, aceptando alegremente lo que sucedía, le ha dado la razón… Y, cuando a los que no tienen razón, se les da la razón, los pobres acaban creyendo que su razón es la única verdadera. Se hacen ilusiones. ¡Sueñan!».

«¡Sueñan!» Aparece en esta sencilla palabra el rescoldo del gran tema del Ruiz Iriarte inicial, el de los años cuarenta. Y aparece también la damnificada por la situación: Patricia. No es enteramente injusto el daño temporal que esta sufre, puesto que es ella quien ha roto un matrimonio y, por otra parte, era previsible que no le resultaría difícil hallar pronto recambio (lo será el propio Bobby, su futuro marido). En cualquier caso, lo importante es recordar que toda historia de amor al margen de la ortodoxia (y un adulterio, evidentemente, está lejos de ella) hiere siempre a una o más personas. Es exactamente lo mismo que Marcelo se sentirá obligado a explicarle, en Juego de niños, al voluble Ricardo.

Lo que Gabriel ha hecho, seducir a una mujer, debe tolerar que otro lo haga con su propia esposa. Razona Bobby que esta es, de acuerdo con el código moral que uno y otro manejan, una mujer libre. El balance no puede ser más  deprimente para el Gabriel que tan felices se las prometía poco antes de emprender viaje a París con su querida: ha roto con las normas sociales y morales pero su amante es un juguete roto, su esposa está a disposición de quien quiera seducirla y, finalmente, la felicidad está ahora más lejos que nunca.

Gabriel ha huido de la insatisfacción de su matrimonio para tropezarse con una insatisfacción mayor. Y es que el ideal solo proporciona felicidad cuando es una quimera, no cuando se aproxima a la realidad. Patricia ha resultado ser lamentablemente real, como tristemente real fue su esposa durante años. Si infeliz es su matrimonio, infeliz se prevé su adulterio. Quizá nada de esto habría sucedido si Verónica hubiera acertado a mantener la ilusión del noviazgo y de los primeros tiempos del matrimonio. La escena clave, porque es el principio del desenlace, se produce cuando aparece ante él «esplendorosa, radiante, bellísima», vestida con «un traje de noche atrevido, deslumbrante». Vuelve a ser, ante su marido, la esposa seductora de años atrás.

¿Por cuánto tiempo? No lo sabemos. No hay ninguna garantía para la felicidad futura de Verónica y Gabriel porque, si hay que aceptar como válida la afirmación de Bobby, «los hombres siempre desean la otra», «la que no está a su lado», «la que es un sueño», lo que no deja mucho margen para la esperanza en la estabilidad, a no ser que se recurra a la mentira constante, a la ficción, al juego de ser quien no se es realmente.

El final feliz es esperable. Extraña podría parecer la ocurrencia de Bobby para desaparecer de la escena: irse a provincias. Cuando ella es la otra fue la última de las obras de Ruiz Iriarte que se estrenó en una provincia antes de hacerlo en la capital. En un artículo de García Ruiz (2008) que recupera las cartas y tarjetas postales escritas por el autor en los años cuarenta desde diferentes ciudades españolas se recogen curiosos testimonios sobre la vida provinciana (incluido el escándalo provocado por su drama Los pájaros ciegos en Valladolid). Seguramente esos recuerdos de sus andanzas de autor en busca del éxito en capitales de provincia marcaron su escritura de los primeros años cincuenta. No podía prescindir Ruiz Iriarte en sus obras de alusiones a la vida provinciana, aunque no sea Cuando ella es la otra aquella en que más se desarrolle el motivo.

Los otros personajes dirán adiós al espectador de una manera más farsesca que cómica. Verónica quiere ser «una esclava del señor», lo que, si inicialmente hará renacer la ilusión de su esposo, pronto suscitará sus recelos, hasta tal punto que le pedirá que vuelva a ser «la otra», la mujer «dominante y orgullosa» que antes lo impulsó hacia Patricia. El hombre, decididamente, parece decantarse siempre por «la otra», cualquiera que sea esa.  Aunque es poco probable que el espectador, seducido por el clásico final feliz, se parara a pensar en ello, sí parece lícito deducir, con Boring, que, una vez más en las comedias de Ruiz Iriarte, el final feliz no lo es tanto. (2)


(1) Aunque con reservas, García Ruiz (1987, 250) integra este personaje en el grupo femenino de las golfas, recurrente en el teatro de Ruiz Iriarte.

(2) «His view of marriage appears to be pessimistic. If the wife is traditional and subservient, her husband probably is unfaithful to her. If she is modern and more aggressive, she is caught between the moral code with which she was raised and the changing attitudes of society, and her husband may be unfaithful anyway» (63).

 

 
Obras citadas:
Boring, Phyllis Zatlin. Víctor Ruiz Iriarte.
Boston: Twayne, 1980.
García Ruiz, Víctor. Víctor Ruiz Iriarte. Autor dramático.
Madrid: Fundamentos, 1987.
—: «Las andanzas norteñas de un joven autor teatral: Víctor Ruiz Iriarte (1943-1949)»,
Bulletin Hispanique 110.1 (junio 2008):  245-77.
 

 

 
 
 
El mensaje es una carga de profundidad y que se dirige contra la falta de moral en una sociedad que parece tolerar casi todo y que es permisiva no ya con el adulterio, sino incluso con su ostentación pública.
 
 
ARCHIVO DE PRENSA, EN PDF
(procedente de la Fundación Juan March)
Cuando ella es la otra. Autocrítica. Madrid: ABC, 12-4-1952: 49.
"Cuando ella es la otra", en el Infanta Isabel / Luis Calvo. Madrid: ABC, 13-4-1952: 11, 16-17, 44-45 y 59. Caricatura. Fotografía.
En el Comedia, Víctor Ruiz Iriarte estrenó "Cuando ella es la otra", farsa en tres actos / por Alejandro Bellver. Barcelona: Barcelona Teatral, 1-3-1951