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Título: Don Juan se ha puesto triste, comedia en tres actos. Autor: Víctor Ruiz Iriarte. Estreno:Teatro Príncipe de San Sebastián, 10 de septiembre de 1945.
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Don Juan se ha puesto triste
 
Crepúsculo de los dioses
Víctor García Ruiz • Universidad de Navarra
         
 

Los burlados son tres en esta comedia pero sobre todo uno, el protagonista Javier, que encarnaba el actor Fernando Granada, un galán de la época, que había descubierto en Ruiz Iriarte un nuevo valor teatral desde el estreno de El puente de los suicidas (6 feb. 1945). El éxito de El puente había sido solo parcial, pero Granada y Tina Gascó, su compañera de cartel, apostaron por el nuevo autor. Y de esa apuesta salió enseguida Don Juan se ha puesto triste, comedia que esta compañía Gascó-Granada, asentada en el teatro Reina Victoria de Madrid, estrenó en el teatro Príncipe de San Sebastián el 10 de septiembre de 1945 y que nunca llegaría al Reina Victoria madrileño. Durante un par de años, eso sí, recorrió parcialmente la gira de provincias: Palma de Mallorca (Sala Born, 22 sept. 1945), Alicante (Teatro Principal, 9 may. 1946), Murcia (Teatro Romea, 24 may. 1946), Vitoria (Teatro Nuevo Teatro, 3–8 ago. 1946), y Bilbao (Teatro Ayala, 8–16 ago. 1946). La recepción en San Sebastián de esta comedia que Ruiz Iriarte consideraba «jovial e irónica, con un fondo poético» (La voz de España [San Sebastián] 9 sept. 1945) fue aceptable, poco entusiasta. Unidad y La Voz de España pusieron reparos. La comedia «no llega a convencernos del todo y su argumento se nos antoja un tanto desorbitado y fuera de lugar […] absurdo y en extremo inverosímil. Ruiz Iriarte […] ha fallecido en lo que a tesis se refiere»; además, «existen parlamentos un tanto abrumadores y gran parte del acto segundo es monótono y agobiador». (Unidad [San Sebastián]11 sept. 1945).

El crítico de la La Voz ([San Sebastián] 11 sept. 1945), tan anónimo como el de Unidad, opina que el autor ha pretendido hacer una «comedia de humor» y que «a ratos ­–solo a ratos– lo consigue. Para su pretendido estilo espumoso le perjudican, además de lo ya apuntado como reparos [la inverosimilitud de que «cuando un hombre quiere o asedia a una mujer no permite que el amigo se aproxime a ella con el mismo fin], las reiteraciones discursivas».

En cambio, T. Goñi de Ayala (El diario vasco [San Sebastián]11 sept. 1945), veía un «tema bien concebido, planeado, desarrollado y resuelto; existe en él la circunstancia de lo original, mas sin artificiosidad; estudio psicológico, observación, análisis y captación de sentimientos; reflejo de ambiente natural y lógico […] y sobre todo, inquietud espiritual». El público reaccionó bien en el estreno: «aplaudió los tres actos y en los tres también tuvo que salir a escena el autor».

Al año siguiente, l.p., crítico de Información de Alicante (10 may. 1946), sugería claramente que la síntesis de géneros teatrales no funcionaba: «puede resultar un vodevil o una comedia y, si se quiere, hasta un drama. En realidad, al autor le ha faltado decisión para seguir francamente cualquiera de esos caminos, y la obra resulta poco definida, pues mientras el diálogo nos da a entender una cosa, la acción, las situaciones parecen otra». La interpretación acusó «algunos roces y vacilaciones», propios de una gira en que la compañía del Reina Victoria iba haciendo su repertorio de alta comedia en cada ciudad a lo largo de unos pocos días. La temporada 1944-45 habían llevado cosas como La escala rota, de J.I. Luca de Tena y M. de la Cuesta, Ni Margarita ni el diablo de Carlos Llopis, Ventolera de los hermanos Quintero, Cuando llegue la noche de Joaquín Calvo Sotelo, La jaula de la leona de M. Linares Rivas o Pepa Oro de Antonio Quintero y Rafael de León.

Poco cambiaría en siguiente temporada. Ya en ella, al pasar por Murcia, un crítico atrincherado en la escuálida abreviatura p. (La Verdad [Murcia] 25 may. 1946) reparte fórmulas de incienso indiscriminado para Don Juan se ha puesto triste: «Comedia de gran originalidad […] el autor llega con gran habilidad dialéctica a conclusiones muy aceptables». Tras resumir la acción, concluye: «Esta tesis magistralmente llevada a la escena con situaciones de gran realismo y prodigiosa habilidad técnica teatral produce esta bonita comedia [sic]».

Se comprende esta reacción, en general insatisfecha, porque la comedia tiene aspectos positivos y negativos. Gabriel y Jacinto, dos donjuanes en crisis deciden hacer frente a su crepúsculo como conquistadores aceptando la hospitalidad que les ofrece Javier, tercer Don Juan en crisis, para vivir juntos en su casa y afrontar la soledad en compañía. La llegada de una deslumbrante y misteriosa mujer, Ella, extingue al instante sus buenos propósitos y desata la rivalidad entre los tres donjuanes, que despliegan ante Ella, y ante nosotros, sus diversos estilos amatorios: la «joie de vivre» y el señorío son la marca de Javier –o sea, de Fernando Granada–; la melancolía es la ganzúa con que Jacinto desvalija los corazones femeninos; la de Gabriel, acorde con su mayor edad, es más prosaica: son sus millones. Pero todo será inútil. Los tres fracasarán, no solo ante las tretas arteras del criado Damián sino ante la realidad y la decencia: Ella tiene el corazón ocupado y solo un ligero altibajo en su plena felicidad de enamorada ha podido cebar las esperanzas de los tres conquistadores y poner en marcha una rivalidad, bastante decadente, en el arte de la sedución.

La comedia alterna el humor con unos pujos entre poéticos y dramáticos, entreverado lo uno y lo otro de un costumbrismo circunscrito al elegante mundo de los “señores”; o mejor, de los viejos “señoritos” asiduos a los «cabarets» y con criado en casa. Unos tipos que remiten al mundo despreocupado de las comedias de Jardiel Poncela y a los inolvidables miembros de su servicio doméstico. También nos acordamos de Casona y de La sirena varada cuando Jacinto proclama la «República de hombres solos». En la puerta de tal República campeará este rótulo: «No crea usted en el amor». La impresión de tiempo pasado la subraya la aparición de Tony, un muchacho tan creyente en el amor que no le importa hacer locuras que pasan por estupideces a los ojos de estos tres cínicos. Este Tony es el primero de los «jóvenes» que Ruiz Iriarte sacará a menudo en sus comedias futuras y representa, básicamente, la nueva generación que vuelve viejo el mundo irresponsable de sus padres, esos señores que lucían muy bien su «smoking» y se dejaban los cuartos y la juventud acumulando conquistas y frivolidad. El tema de «Don Juan», tan inagotable, –ya se sabe– había tenido un pico en la España de los años 20 y 30, y Javier no deja de ironizar con su habitual superioridad que «Algunos médicos dicen que Don Juan no es así, pero no hay que hacerles caso: del amor y del reuma no saben nada los médicos…» A estas alturas de 1945, se diría que Ruiz Iriarte está haciendo astillas con el viejo tema.

Conociendo los futuros derroteros del autor, es fácil darse cuenta de que lo mejor en esta obra es la construcción, las situaciones de inversión y las sorpresas que rematan un equívoco; es decir, el tono de comedia. Los donjuanes han sido burlados por su vanidad, pero también porque ya ha pasado el tiempo de «esas cosas»; el tiempo nuevo es de los jóvenes y, al parecer, el espíritu de los jóvenes no está para cinismos.

«Tony, el ángel, tenía razón. Resulta que Don Juan no entiende de amor»; frase, que tiende a lo brillante y que no procede de los labios de Javier –el galán Fernando Granada–, como es habitual, sino de su rival Jacinto –el galán menor Francisco Arias–. Muy pronto fue consciente Ruiz Iriarte de la necesidad, inexorable en el teatro, de suprimir; pero a la altura de 1945, no lo tenía tan claro. Y resulta obvio que en Don Juan se ha puesto triste hay demasiadas explicaciones, demasiada baratija verbal; en algún momento asistimos a un diálogo en que se glosa una seducción que acabamos de presenciar, sin que semejante insistencia aporte nada sustancial. Quizá es que a los actores de antes les gustaba mucho hablar y hablar para espectadores que disfrutaban escuchando a actores palabreros; como en esa larga escena del acto segundo entre Javier y Ella donde tiene lugar el «sueño de amor», un motivo al que Ruiz Iriarte vuelve una y otra vez en estos años 40 y que expresa su confianza en el poder de la imaginación para pulverizar una realidad decepcionante. En este caso, la ficción salvadora viene con la «teatralización» de la entrada de Javier y Ella a un «cabaret» donde tendrá lugar el amor definitivo para ambos. No habrá tal amor, ni para Javier ni para Ella, pero sí queda algo tangible de tanto «sueño»: las flores que al final Irene, ya con nombre e historia a cuestas, lleva a su casa junto con la lección de buen amor que ha aprendido esa noche en casa de su vecino Javier.

Al año siguiente Ruiz Iriarte estrenará, con mayor fortuna, Academia de amor; aquí tanto las profesora, Irene López Heredia, como las alumnas serán mujeres. En realidad, Don Juan se ha puesto triste era una academia de amor llevada por hombres. Quizá por eso no funcionó. Seguramente aún no había descubierto el autor que el éxito de su teatro estaba vinculado a las mujeres tanto sobre el escenario como en las butacas.

 
 
 
Alterna el humor con unos pujos entre poéticos y dramáticos, entreverando lo uno y lo otro de un costumbrismo circunscrito al elegante mundo de los 'señoritos' asiduos a los 'cabarets' y con criado en casa.
 
 
ARCHIVO DE PRENSA, EN PDF
(procedente de la Fundación Juan March)
Tina Gascó, único personaje femenino de "Don Juan se ha puesto triste": una entrevista con Víctor Ruiz Iriarte, destacada figura del teatro moderno / por Jaime Pol y Girbal. Barcelona Teatral 8 marzo 1945: 1
 
 
 
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