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Título: El aprendiz de amante, farsa en tres actos.
Autor:
Víctor Ruiz Iriarte. Estreno: Teatro Eslava de Valencia, 27 de noviembre de 1947.
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El aprendiz de amante
 
Calidad, gracia y finura
Juan Antonio Ríos Carratalá • Universidad de Alicante
         
 

El aprendiz de amante, como otras farsas o comedias de Víctor Ruiz Iriarte, nos alumbra la mentalidad de sus espectadores. Al leerla, resulta fácil imaginar a un público de matrimonios dispuestos a entretenerse y sonreír un sábado por la noche. Lo conseguirían gracias a la insólita situación protagonizada por Catalina y Andrés, dos personajes algo caricaturescos encarnados por intérpretes tan cualificados y adecuados como Carmen Carbonell y Antonio Vico. Ambos consiguieron un nuevo éxito profesional que se extendió a una obra aplaudida por unos espectadores satisfechos. Víctor Ruiz Iriarte había escrito la obra en el plazo de un mes como respuesta a una petición del citado actor y acertó con una farsa de «tema alegre, sentimental, ameno y divertido», según José Antonio Bayona (Pueblo, 18 abr. 1949). Su «calidad, gracia y finura», sigue Bayona, le habían permitido dirigirse a «un público alegre, sano y normal en sus concepciones de la vida», dispuesto a sonreír con historias protagonizadas por parejas con la seguridad de un desenlace feliz. «Un público liso y llano» –según el por entonces joven Eduardo Haro Tecglen– que había disfrutado con «un verdadero hallazgo de comicidad, donde puede reír a carcajadas sin que su buen gusto o su sensibilidad –embrionaria o desarrollada– se lo reprochen jamás» (Madrid, 18 abr. 1949). El buen gusto siempre estaba presente en aquellas reseñas, incluidas las de quienes derivaron hacia posturas más críticas.

El aprendiz de amante es «un juego de amor y de pequeñas pasiones confesables», según Eduardo Haro Tecglen. O «un vodevil blanco», de acuerdo con lo manifestado por un Alfredo Marqueríe que se deshace en elogios ante una obra donde su amigo Víctor Ruiz Iriarte había demostrado «destreza, garbo y brío» (ABC, 17 abr. 1949). El comediógrafo necesitaba estas cualidades para combinar la sonrisa provocada por situaciones paradójicas, el chispazo de una réplica ocurrente bien colocada por el intérprete y el diálogo fluido e ingenioso hasta desembocar en un desenlace al gusto de todos. En esta ocasión no se trataba de teorizar teatralmente acerca de la felicidad y la necesidad del sueño, sino de partir de unas convenciones bien asentadas para crear una farsa cuyo sentido lúdico prevalece sobre cualquier otra consideración.

Víctor Ruiz Iriarte conocía de sobra las cualidades de Antonio Vico para los personajes tímidos o apocados. Busca así su lucimiento con la creación de Andrés, un burgalés venido a Madrid que se enamora de Catalina, a quien intenta seducir aparentando ser un arrollador Don Juan. La noche de bodas en El Escorial, cuando ya nadie les rodea, pone al descubierto el engaño: «la timidez disfrazada de atrevimiento, de osadía amorosa y de audacia conquistadora, que además de ser la más difícil de sostener, es la que más deslumbra a las mujeres», según la reseña de Jorge de la Cueva (Ya, 17 abr. 1949). Andrés afronta con nervios la situación y debe confesar: «Catalina, yo no soy un Don Juan. Yo no soy un conquistador. ¡Todo es mentira! ¡Todo! Yo no soy más que un pobre hombre…», aunque para su relativa tranquilidad añade una aclaración: «¡No soy más que un pobre hombre que está loco por ti!» (i). El marido no consigue enternecer a su esposa con semejante confesión. Ella, todavía frívola e inconsciente, no acepta la cruda realidad: «Hay algo más maravilloso que querer a un hombre. Y es que nos quiera un hombre que vuelva locas a las demás. En el fondo, a muy pocas mujeres inteligentes les disgusta que su marido les engañe un poco de cuando en cuanto. Escandalizan porque es lo correcto…, pero te aseguro que es magnífico saber que una es la dueña del sueño de otras mujeres» (i). Esta respuesta conduce a una nueva sorpresa: el marido deberá seguir aparentando que es un Don Juan para satisfacción de una esposa feliz al saberse la dueña de tan solicitado varón. La farsa queda así planteada para su desarrollo como un juego de contrastes a lo largo del segundo y tercer acto.

El choque entre un Andrés que aspira a estar en casa en zapatillas y batín, y una Catalina que le obliga a salir todas las noches para alimentar su fama de «perdido» provoca numerosas situaciones cómicas bien servidas por el autor. La vida del marido se convierte en un infierno: «resulta que ser decente es más confortable; lo difícil es ser un libertino a la intemperie» (ii). La frase es propia de un comediógrafo cercano al humor de sus colegas de «la otra Generación del 27», tan proclives a la hora de ironizar sobre un matrimonio casi nunca presente en sus biografías. Andrés piensa que «la felicidad es un sofá, una bata y una mujercita» (ii) sentada junto a él mientras escuchan la radio. El marido termina por hartarse de una vida de sobresaltos y madrugadas a la intemperie. También de las mentiras que debe propagar para mantener su fama. Al final del segundo acto, el frustrado esposo decide volver a Burgos en busca de una paz que ha perdido, aunque hasta allí llegarán los ecos de su fama donjuanesca.

La presencia de Andrés en una capital castellana tomada como sinónimo de rancia tradición provoca nuevas situaciones humorísticas. El casto varón sigue empeñado en buscar una soledad que le proporcione paz, pero todos los días le llegan cartas de mujeres e, incluso, la visita de una desconocida de aires cabareteros empeñada en seducirle. Hasta el gobernador civil de Burgos está receloso ante semejantes alardes de frivolidad. No obstante, Andrés todavía sueña con María Luisa porque en una obra de Ruiz Iriarte no podía dejar de aparecer el sueño como sinónimo de ideal vinculado al amor. Y esa mujer ideal, al final, acaba siendo su esposa, que de manera repentina cambia y le acepta como «un mirlo blanco», que también tiene su encanto por ser ella la primera en el disfrute de sus caricias. El conflicto finaliza cuando la farsa ya no se podía prorrogar, la unidad matrimonial ha sido recompuesta y los mejores augurios anuncian la continuidad de una pareja que hizo sonreír a otras muchas en el teatro de aquella posguerra. El aprendiz de amante se ha doctorado en el matrimonio para felicidad propia y de sus espectadores.

En 1962 y en el curso de una entrevista, Víctor Ruiz Iriarte se definió como «un cazador de sonrisas». La farsa que presentamos a continuación es un excelente ejemplo, aunque su humor acabe prevaleciendo sobre el fondo poético de las comedias de la felicidad o de la ilusión del propio autor. Podríamos hablar de su «levedad temática y habilidad técnica» (Carlos Rodríguez Sanz, 1967) como constante de su producción teatral, discutir sobre la sorprendente clasificación de esta farsa como «comedia de costumbres» por parte del autor para diferenciarla de una etapa anterior presidida por el «teatro de imaginación», pero es evidente que el público tuvo otras sensaciones más concretas. Los espectadores acudirían a la nueva obra protagonizada por una pareja de éxito, Antonio Vico y Carmen Carbonell, con tantas giras a sus espaldas. Saldrían satisfechos al comprobar que Catalina, la esposa al principio frívola y egoísta en nombre de un falso sueño, descubre el auténtico valor de Andrés y renuncia a sus absurdas pretensiones. Todo había acabado bien después de haber disfrutado con unas sonrisas deparadas por la ruptura temporal de la armonía matrimonial. Equívocos, falsas impresiones, réplicas ocurrentes, sorpresas… El «cazador» había demostrado oficio de sobra y con el éxito de El aprendiz de amante se situó en un puesto destacado dentro del escalafón de los comediógrafos.

La trayectoria teatral de Víctor Ruiz Iriarte había estado hasta entonces repleta de obstáculos. Eran los habituales en un autor a la búsqueda de su público, pero nuevos e inmediatos éxitos terminarían de asentarle en una privilegiada situación desde la que, sin desmayo, alimentaría los sueños y las sonrisas de tantos matrimonios burgueses que asistían al teatro de la época con la confianza de no encontrar sorpresas. No es un demérito, sino una aportación necesaria y justificada. Leer, por lo tanto, esta farsa evoca costumbres y tipos de la España que empezaba a salir, con timidez, de la más negra posguerra para sonreír. El aprendiz de amante evoca el costumbrismo que nunca estuvo en el escenario de forma explícita por voluntad del autor, pero que resulta fácil de imaginar a partir del texto de Víctor Ruiz Iriarte.

 
 
 
 
 
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