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Título: El Café de las Flores, comedia en tres actos. Autor: Víctor Ruiz Iriarte. Estreno en Madrid: Teatro Reina Victoria, el 9 de octubre de 1953. Compañía de Tina Gascó.
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El Café de las Flores
 
Pequeña revolución
Berta Muñoz Cáliz • Centro de Documentación Teatral, Madrid
         
 

El estreno de El Café de las Flores tuvo lugar en el Teatro Reina Victoria de Madrid, la noche del 9 de octubre de 1953, por la compañía de Tina Gascó y Fernando Granada; compañía que había apostado por el autor desde su primer estreno en 1945, El puente de los suicidas, y que volvería a escenificar varias obras suyas en los años sucesivos. El propio Ruiz Iriarte destacaría, con su habitual generosidad, el importante papel que Tina Gascó y Fernando Granada habían desempeñado en su trayectoria al señalar, hacia 1955, que «En realidad, a ellos les debo el poder contarme como autor entre los que hoy lo son» (Orta 1955, 32). Centrándonos en El Café de las Flores, se puede decir que tuvo un éxito de público bastante aceptable, ya que estuvo en cartel durante dos meses, y alcanzó 67 funciones, según datos del Centro de Documentación Teatral.

Los críticos del momento, por lo general, se mostraron muy elogiosos al valorar su primer acto, pero valoraron en menor medida los dos restantes. Entre los más entusiastas se encontraba el cronista de la revista Teatro, quien escribió: «Si se aclara primero que El Café de las Flores es una excelente comedia, y que, como es habitual en su autor, se entremezclan en ella la agudeza y la poesía, y tiene un brillante diálogo, podremos decir después que esta obra ha estado a punto de ser la mejor comedia de Ruiz Iriarte, pero no lo ha sido. Y, en consecuencia, que su primer acto es probablemente el mejor primer acto de Ruiz Iriarte, pero que los otros dos no quedan a tan alto nivel» (Teatro 9 (sept.-dic. 1953): 5). Más severo se mostraba Luis Calvo, quien coincidió en destacar la brillantez del planteamiento, pero criticó duramente el posterior desarrollo de la acción y los diálogos: «Me placía el arranque de la nueva comedia de Víctor Ruiz Iriarte. Me recordaba su farsa El puente de los suicidas y la de Casona, La sirena varada. Presentía que el autor, hombre ingenioso, fértil en recursos imaginativos, buen dialoguista, propenso a la exudación humorística y al regate lírico; presentía una atmósfera jugosa, aunque fantástica, colmada de tipos humanos, aunque descarriados y lunáticos. Veía venir el sainete y la farsa, entreverados. Y a fe que lo celebraba, porque uno también acude a los estrenos con el ánimo abierto a la esperanza. Pero poco a poco me fui desilusionando» (abc, 10 oct. 1953).

Por no multiplicar los ejemplos, añadiremos únicamente las palabras de Gonzalo Torrente Ballester, por entonces crítico teatral de Arriba, quien valoraba tanto el planteamiento como el desenlace final: «La comedia de Ruiz Iriarte arranca de un sentimiento verdadero y profundo, y todo su primer acto, una vez que descubre su línea, permanece fiel a ella». Para Torrente, la obra decaía en el acto segundo, aunque se recuperaba posteriormente: «Quizá sea que nos hemos hecho demasiadas ilusiones; pero la verdad es que un primer acto tan bonito, transcurrido en un escenario tan bonito, con unos personajes llenos de posibilidades, daban pie a esperarlo. Hubo un momento de peligro: cuando llegó el «marido». Afortunadamente, el tercer acto se recobra, y sin alcanzar la altura del primero, da, sin embargo, solución satisfactoria a los cinco destinos congregados una noche de estío en el Café de las Flores» (Arriba, 10 oct. 1953).

El autor escogió como título de su obra el nombre de uno de los espacios en los que transcurre la acción, espacio que, en verdad, adquiere un papel protagónico, sobre todo en el celebrado acto primero, que transcurre enteramente en él. La terraza de El Café de las Flores –que el boceto del decorado presentaba como un espacio arbolado, con veladores y un columpio– se nos presenta como un lugar abierto, nocturno, bohemio, propicio para el amor y para las grandes ilusiones, donde «vienen muchos estudiantes, y artistas, y parejas de novios». El propio Ruiz Iriarte, al igual que otros escritores de su generación, compartía en cierto modo esta idea de los cafés como espacios asociados a la bohemia y a la creación literaria, tal como él mismo escribió tan solo unos meses antes de estrenar esta comedia:

El primer deber de todo flamante e inédito escritor era buscar su café. El café no es un fenómeno sociológico español, ni siquiera madrileño, como tanto se comenta y se lamenta: el café es una institución europea. […] Casi todos los intelectuales y desde luego, todos los artistas, han acudido puntuales a la cita con el diván rojo. […] Nosotros, los muchachos que iniciamos, trémulos, nuestra vida literaria bastante antes del 36, hemos conocido algunos cafés madrileños todavía en su buen esplendor. Hemos perdido muchas horas alegres en las salas del Colonial, del Pombo, de las Salesas, del Europeo… (Ruiz Iriarte 1952, 45).

Pero el espacio del café no solo está asociado a las grandes ilusiones; también lo está a las expectativas frustradas. En esta obra de Ruiz Iriarte, el único artista que aparece, César, es un pintor fracasado, que no acude al café para crear, sino para dormir, por eso ha de hacerlo cuando este ya ha cerrado, y por eso los camareros lo echan cuando amanece. Pero no solo el artista aparece como un personaje derrotado. Si el café era espacio para el amor y las ilusiones de juventud (representados por El Muchacho y La Muchacha), también lo es para las citas a las que nunca llega uno de los amantes (Marta), y para la nostalgia de quienes fueron abandonados (Laura). También para quienes han de trabajar por la noche, porque no les alcanza con lo conseguido durante el día, como la vendedora de tabaco o el taxista. No es precisamente una realidad idealizada en un típico «decorado de tresillo» –tan común en la comedia española de los años cincuenta– la que presenta esta obra, al menos en su planteamiento.

Frente a este atípico café, el otro espacio en el que transcurre la acción de El Café de las Flores, la casa de la protagonista, representa un provisional oasis, un espacio seguro y confortable –el boceto del decorado nos muestra un espacio muy en línea, ahora sí, con el de las comedias «de evasión» de la época–, donde toda la felicidad parece posible. Los solitarios personajes que una noche se encontraron en la terraza del café acuden a la casa de Laura gracias a la generosidad de esta, que se atreve a alterar el rumbo de unas vidas que parecían condenadas a una soledad irremediable. En el acto tercero, la acción transcurre igualmente en casa de Laura, aunque ahora la llegada de Gonzalo deja en evidencia lo ilusorio de la situación en que viven los invitados de aquella, la mayoría de los cuales se verán obligados a volver a ese espacio de soledad e incertidumbre que constituía la terraza del café.

En cierto modo, El Café de las Flores es la historia de la gestación de una utopía, su puesta en marcha y la constatación de su fracaso. Laura, la protagonista, no se resigna a aceptar ni su propia adversidad ni la de sus semejantes, y se rebela fabricándose su pequeña y doméstica utopía. Laura no cree «en la lucha de clases», tal como ella misma afirma, y reúne en su casa a personajes de distintos estratos sociales, unidos por su soledad. De algún modo, frente a ese otro teatro conservador empeñado en demostrar la imposibilidad de la reconciliación y la culpabilidad de una clase social –ejemplo significativo sería El cóndor sin alas, de Juan Ignacio Luca de Tena, estrenada el año anterior a El Café de las Flores–, Ruiz Iriarte hace abstracción de las circunstancias históricas y sociales, y hace un llamamiento al sentimiento de fraternidad entre las personas, sean de la clase social que sean. El planteamiento, dentro de su ingenuidad, no carece de cierta valentía.

Pero tampoco crea el lector que se encuentra ante una obra «subversiva», como dirían los censores franquistas. Para los invitados de Laura sus problemas no están relacionados con su frágil economía, ni con ningún otro aspecto que tenga que ver con el sistema político y social en el que viven. Su principal problema no es otro que la soledad, y la solución que se propone sería tan sencilla como imposible de llevar a la práctica. Sencilla porque parece depender, únicamente, de la buena voluntad de un personaje «superior» (con más iniciativa, más bondad y más recursos económicos que el resto) y de la capacidad de aceptar este regalo por parte de los más desvalidos. E imposible de llevar a cabo porque esta solución choca con el orden establecido, orden que parece inalterable por naturaleza –al menos, en lo fundamental– y capaz de ahogar cualquier iniciativa «revolucionaria». Los problemas que se plantean, pues, son individuales, nunca sociales, y lo mismo sucede con las soluciones propuestas. El autor, como su heroína, da por hecho que la vida es «sucia, fea y triste», y ante tal situación, propone una salida fantasiosa y alejada de la lógica cotidiana que, previsiblemente, no podía durar demasiado. En la España sucia, fea y triste de los años cincuenta, la obra de Ruiz Iriarte presentaba a unos personajes que, siquiera temporalmente, habían conseguido olvidarse de la realidad y ser felices, tal vez como el público que asistía a la representación de El Café de las Flores.

Tampoco es «subversiva» esta obra en los aspectos formales. Cabe destacar aquí que el autor expresa lo que opina sobre el arte más renovador de su tiempo a través del personaje de César, quien parece haberse creído los discursos más o menos «revolucionarios» sobre la sociedad y sobre el arte, y que expone sus opiniones de una forma que roza el ridículo. Significativamente, César fracasará en todos sus intentos. No obstante, se diría que, en el fondo, la figura del artista bohemio despertaba en el dramaturgo una cierta simpatía, aunque se tratara de un artista de vanguardia, y en lugar de condenarlo sin más, le concede nada menos que el cariño, y puede que hasta cierto enamoramiento, de la protagonista.

En consecuencia con lo dicho, la arquitectura de esta función es bastante tradicional, una comedia «bien hecha», como no podía ser de otro modo en un autor que deja bien claro en esta obra lo que piensa del arte más avanzado y que gusta de pintar su terraza «con árboles» (a diferencia del impulsivo César, que quiere talar el jardín de Laura para pintarlo): estructurada en tres actos, que se corresponden con el planteamiento, nudo y desenlace de la acción dramática; los diálogos fluyen hábiles e ingeniosos; los personajes se expresan con arreglo a las leyes del “decoro”, esto es, según su condición social; su trama está bien calculada y las informaciones se van desvelando de acuerdo con una estrategia pensada para mantener el interés y la sonrisa del espectador, es decir, estamos ante una obra construida con una espléndida “carpintería” teatral, como es habitual en la producción de Ruiz Iriarte. De hecho, una de las críticas que le hizo Torrente Ballester a esta comedia residía en su peligrosa proximidad a una «fórmula» que por entonces el autor, ya con unos cuantos estrenos y varios éxitos a sus espaldas, manejaba con destreza.

Desde la óptica de los lectores del siglo xxi, tal vez uno de los aspectos que nos pueden resultar más chocantes es la imagen que se ofrece de la mujer a través de la muy desvalida Marta, por la excesiva dependencia hacia una relación amorosa que la empuja a abandonar su trabajo y a dejarlo todo por esa relación. Más aún si tenemos en cuenta que esa actitud se presenta como «normal» frente a la particular rebelión de Laura, que sí se presenta como extraordinaria. Lo cierto es que los tiempos eran así, y el autor muestra esa realidad sin ejercer crítica alguna, pero sin proponerla tampoco como modelo a seguir.

En efecto, no es a la sumisa Marta a la que el autor presenta como heroína de esta obra, sino a la más vital, atrevida y generosa Laura. La generosidad es lo que principalmente define a este personaje, y no solo en el aspecto económico, ya que también es tremendamente comprensiva con quienes tienen ideas opuestas a las suyas, e incluso con su rival amorosa. De hecho, si algún «mensaje» se desprende de la obra es una invitación a ser más generosos y más comprensivos, ya que, en última instancia, la soledad y el desvalimiento nos aquejan a todos; no solo a quienes lo expresan de forma explícita (Marta, Cris, la propia Laura), sino incluso a quienes no son conscientes de ello (el Señor Pepe) y a quienes los disimulan con su soberbia (César); e incluso a los más afortunados (Gonzalo) pueden tocarles en suerte en algún momento de sus vidas.

Finalmente, a la idealista Laura no le queda más remedio que volver a la dura realidad, que, según como se mire, le resultará ahora un poquito menos dura, gracias a Cris y a la «redención» de Gonzalo; o tal vez algo más, ya que ha quedado sugerido un cierto cariño por César, el pintor que había sido capaz de entusiasmarse y de revivir las esperanzas perdidas gracias a ella; pero tiene que volver con un hombre que no espera ya grandes cosas de la vida ni del amor. Recuerda este final al de Tres sombreros de copa, la obra maestra de Miguel Mihura estrenada el año anterior a El Café de las Flores, pues también aquí la protagonista renuncia a la aventura y a las grandes pasiones y se somete a la fea y rutinaria cotidianidad, si bien en la obra de Ruiz Iriarte el desenlace es algo más reconfortante, pues admite la posibilidad de leerlo de forma más positiva. Al menos al permitir esta doble lectura, este final se despega ligeramente de los típicos –siempre felices y «digestivos»– en su género.

 

 
Obras citadas:
Orta, Domingo «Gente de teatro en España (i). Víctor Ruiz Iriarte».
Teatro
17 (sept-dic. 1955): 29-32 y 76-77.
Ruiz Iriarte, Víctor. «Viaje alrededor de un escenario. Cómo surge
un escritor novel». Teatro 2 (dic. 1952): 42-47.
 

 

 
 
 
 
 
ARCHIVO DE PRENSA, EN PDF
(procedente de la Fundación Juan March)
Anoche se presentó en el Victoria la compañía Gascó-Granada, con el estreno de la comedia "El café de las flores" de Ruiz Iriarte / por Luis Calvo. ABC 10 octubre 1953: 57.