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Título: El cielo está cerca, comedia romántica en tres actos. Autor: Víctor Ruiz Iriarte. Estreno: Teatro Infanta Beatriz de Madrid, 8 de enero de 1947. Compañía Bassó-Navarro.
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El cielo está cerca
 
Cerca están... las buhardillas
Víctor García Ruiz • Universidad de Navarra
         
 

O “Entre un sueño y un crimen”, que también podría titularse así esta introducción. Me explico. Ruiz Iriarte nos lleva esta vez a un “pequeño hogar de la gran ciudad” donde debe soplar “un suave vaho de poesía que a veces sonríe y a veces contiene una lágrima” (Autocrítica). Esa es, reducida a dos palabras, la idea que ceba la teoría de la “comedia optimista” que por estos años practica el autor y que expuso en el prólogo a sus Tres comedias optimistas.

El espacio de estos sueños lo compone una estancia “de suave abuhardillado […]. Una amplísima vidriera al fondo, sobre el tejado, a través de cuyos cristales se ve otro saliente de la mansarda con ventana. Más allá envolviéndolo todo, una perspectiva de tejados y luces de gran ciudad, y mucho cielo con estrellas”. Allí viven cuatro mujeres, restos de una familia “bien” venida a menos: doña Rosario, viuda en la cuarentena, y sus tres hijas, Cecilia, Lina y Paloma. Como dice Lina, “las mujeres nos dividimos en dos clases: unas sueñan con un marido y cinco hijos. Otras sueñan con un amante. Si Cecilia soñara alguna vez sería de las primeras…”. Así es. Cecilia, a sus 27 años, se dedicó a criar a la pequeña Paloma y hoy ve ya lejos el amor y su propia vida de mujer. En cambio, la joven Lina trabaja fuera de casa, aunque sea como mecanógrafa en una aburrida oficina del catastro, y Paloma, una muchacha aún, estudia idiomas. Las dos, por oposición a la anticuada Cecilia, son chicas modernas que fuman, se ponen pantalones rojos, emplean un lenguaje muy “de calle” –“tío”, “¡arrea!, “trompa”, “gachó”– y, sobre todo, no aspiran al consuetudinario papel de esposa y madre: “sueñan con un amante”. Sobre todo eso: sueñan. Es la herencia del padre ausente, muerto hace diez años –o sea, en plena guerra, aunque sin más detalles–, que era un gran soñador, un hombre poco práctico, cuya excesiva imaginación –se deduce– les ha abocado a la buhardilla y a ese panorama de cielo, tejados y gran ciudad que quiere expresar plásticamente la aleación de sueño y realidad que persigue el autor. En todo ello podemos ver ecos tanto de las penalidades de la posguerra como de la renovación de las costumbres, especialmente entre la nueva generación.

El estatismo imperante en el primer acto se rompe al final, como mandan los cánones de la construcción teatral. Mientras nos asomamos a los sueños de las mujeres en esta velada de fin de año, aparece por sorpresa un elegante caballero, Carlos Boy, el famoso cantante y actor. El cielo se acerca, la pequeña intriga se pone en marcha.

La estructura en dos cuadros del segundo acto es importante porque forma parte de una sorpresa. En el primer cuadro, Lina y Paloma no solo se emborrachan, hacen vida nocturna o se van a solas en el coche de un amante, sino que anuncian con toda frescura que abandonan la familia para viajar en compañía del hombre al que aman. Pero semejante revolución no solo la ejecutan estas chicas modernas de casa decente. Resulta que Cecilia, la mayor, la responsable, la mujer ya “passé”, va a tener un hijo: aunque suene melodramático, es ¡la deshonra! Este primer cuadro, enseguida se descubre, no es más que la realización teatralizada de los sueños de las tres mujeres, que en realidad no van mucho más allá de una boda feliz.

Enseguida, el segundo cuadro de este segundo acto nos devuelve al pequeño piso abuhardillado y a la triste velada de Año Viejo. Descubrimos que todo ha sido un sueño, una fantasía: las tres infelices han soñado con el mismo hombre, Carlos Boy, y a continuación nos relatan lo que acabamos de ver escenificado –torpeza tan evidente hoy que hay que pensar que no debía de serlo entonces. Seguramente, el autor quería ahondar en las relaciones entre sueño y realidad; por eso Cecilia se pregunta “¿crees tú que es más pecado soñar en la vida que pecar en un sueño?”.

Pero la realidad va a entrar de forma brusca con Carlos, que llega de nuevo al piso, pero esta vez buscando refugio porque en la elegante fiesta de artistas que se celebraba unos pisos más abajo ha sido asesinada la actriz Laura Montenegro. Como en El puente de los suicidas, el elemento policial representa la sucia realidad que mancha los sueños. Pero los sueños recuperan terreno cuando Paloma afirma que Carlos no puede ser el asesino porque ella pasó la noche con él. La idea era fundir sueño y realidad; pero más bien lo sentimental se agrupa al folletín policial.

El tercer acto hace evidente el problema de esta “comedia romántica”: la ambigüedad, el desconcierto, entre los tonos dramáticos y los de comedia. Además de su longitud excesiva. Se da salida al conflicto, pero en medio del estatismo, que regresa, y de las frases teorizantes sobre los dos ámbitos en conflicto. Tanto que se podría hacer un pequeña antología:

Nunca hemos estado tan cerca del secreto de lo que es la vida como esta noche. Aquí, cerca del cielo, como decía ese hombre, se soñaba. Abajo, en casa de Laura, se vivía. […] Pero mientras, se mezclaron los sueños y la vida.
Para Paloma la vida real, esta vida casi no existe… Porque es tan soñadora y tan buena que no sabe si sueña con el corazón o con la cabeza…
Fue para mí como si el mundo se me descubriera de pronto… Más que una sorpresa era un milagro.

Y para rematar la antología: “Mirando desde aquí, hacia arriba, parece que escapa una del mundo. Se olvida todo: que a diario hay dolor y amargura, y lágrimas, que la vida es muy difícil para algunas pobres muchachas. Son esas muchachas que trabajan mucho, se acuestan rendidas, y a veces en un cine de barrio ven cómo es la felicidad cuando en cualquier película una pobre chica como ellas es amada por un hombre interesante…”. Con estas palabras, la sensata Cecilia sugiere un tema lateral pero que no debe olvidarse, no tanto por el cine en sí, la tópica “fábrica de sueños”, sino porque todo apunta a que la comedia había sido escrita a la medida de María Esperanza Navarro, una prometedora actriz, tanto de teatro como de cine, que encarnó a Paloma, el personaje en cuya imaginación son más transitados los puentes entre sueño y realidad. A finales del 47 se la consideraba «la primera actriz más joven de España» (Diario de León 27 nov. 1947); pero murió pronto sin haber llegado a destacar.

A estas alturas de su incipiente carrera, Ruiz Iriarte dependía aún de los actores y las compañías. Era respetado como autor, pero más como promesa que como realidad. Su asociación con los Bassó-Navarro, repetida pocos meses más tarde con La señora sus ángeles y el diablo, trajo consigo en ambos casos no solo la promoción de Esperancita sino la reescritura del texto. Como veremos más abajo, la crítica del estreno en Madrid fue casi unánime en señalar los defectos de una comedia que no funcionaba. Marqueríe (abc 9 ene. 1947) la consideraba respetuosamente una “comedia frustrada” por “la mezcla de sueño y folletín, de paisaje onírico y de melodrama que interfiere el panorama sencillo y recto o el horizonte despejado con el que la comedia empieza y termina”. Sánchez Camargo, desde El Alcázar (9 ene. 1947), la consideraba “imperfecta”, “un primer acto sin continuidad”, y señalaba alguna coincidencia con el dramaturgo inglés John B. Priestley, que se había estrenado en Madrid en esos años, y con el final de La losa de los sueños de Benavente (estr. 1911; reposición teatro Español 8 feb. 1941). Recogía también comentarios de entreacto: “Desde Cossío hasta Cela, grupos de poetas, novelistas y ensayistas […] todos coincidían en el error de la falta de continuidad”; no obstante, “el índice del entreacto fue favorable […] para el autor y síntoma grato es también la ausencia de paseantes en los pasillos durante la representación”. Ponía reparos a la naciente y esforzada estrella: “Desigual. María Esperanza Navarro tuvo en el tercer acto su mejor actuación. En los anteriores pecó de exceso de voz y de ademán”. En cuanto a los decorados, “aceptables”. Para Díez Crespo (Arriba 9 ene. 1947) la comedia, “si no lograda totalmente la ambición, sí digna de elogio en cuanto a que se aleja de caminos trillados”. Cristóbal de Castro (Madrid 9 ene. 1947) coincidía con Camargo: comedia malograda –“el intrusismo teatralista, con sus tejemanejes policíacos, y las reiteraciones lentas y lánguidas”–, e interpretación más voluntariosa que eficaz, con “más nervios que nervio”.

Los inquietos muchachos de La Hora decían cosas un poco raras a propósito del autor: “Ruiz Iriarte está en deuda con esta juventud universitaria que ha visto en él al autor con facultades para convertirse en portaestandarte de los rumbos escénicos tan deseados”. Por eso le reprochan su desvío y le advierten del peligro de “escamotear a su tiempo la gran labor”. Pero no dejaban de poner el dedo en la llaga: “Ruiz Iriarte, autor de varias excelentes comedias, ha abandonado la trayectoria difícil, heroica si se quiere, para ceder a los ofrecimientos de compañías y empresas”.

En otro orden de cosas, otras reseñas fueron más concretas al referirse a “la actitud de Lina, que habla con un desenfado inadmisible en un hogar de nuestra clase media” (f.c.p. Dígame 14 ene. 1947). Para Signo (11 ene. 1947) el segundo acto “contiene momentos y situaciones de un subido tono erótico, absolutamente rechazables”. El boletín de los jesuitas sipe (16 ene. 1947) censura la “libertad de expresión que roza el cinismo, no solo por la manera sino porque el pensamiento da de lleno en lo reprobable”. El severo Jorge de la Cueva, desde el católico Ya (9 ene. 1947), se ceba: las muchachas “van perdiendo el pudor” y llegando al “cinismo y procacidad”. El segundo acto es “la realización de un triple sueño, tan erótico que da en lo libidinoso; pero cuando vuelve la realidad, el erotismo continúa”. Unos días más tarde, José Antonio Bayona (“La crítica criticada”. Pueblo 15 ene. 1947) brindó al autor la oportunidad de defenderse un poco recurriendo al humor:

ha habido […] la nota pintoresca, casi cómica. Un crítico ha dicho que El cielo está cerca es una comedia erótica… Ustedes –espectadores que hayan asistido al Beatriz– pueden creer que esto es un rasgo de humor. Pero yo les aseguro lo contrario. El humor no está al alcance de todos; en definitiva, es una postura superior. Y desde una postura superior es muy difícil captar lo erótico donde no lo hay…

En definitiva, en su estreno madrileño El cielo está cerca tuvo un pequeño éxito de público, medible en los aplausos y las salidas del autor a escena, pero fue aguado por la general reticencia de la crítica.

En vista del traspiés, el autor se aplicó a remendar los defectos para el estreno en provincias. En primer lugar, quiso evitar el desconcierto del público explicando y abreviando el sueño del acto segundo, para que nadie se perdiera. El primer cuadro del acto segundo se convirtió en un Intermedio introducido por un Actor que, más o menos, glosaba el texto de la autocrítica publicado en la prensa. Las tres hijas duermen mientras hace solitarios un nuevo personaje masculino, don Fabián, desempeñando por Nicolás Navarro, que no tuvo inconveniente en dejar el papel del galán Carlos Boy. Tras un Oscuro, van apareciendo monsieur Gerbidon, los botones con las flores y las tres muchachas con sus tules de novia. La vuelta a la realidad pasó al primer cuadro del segundo acto, y el primitivo tercer acto se convirtió en el segundo cuadro del segundo y último acto. La comedia se acortaba a solo dos actos y un intermedio.

En segundo lugar, reescribió gran parte de la comedia para eliminar a la madre y convertirlo en un bondadoso vecino, don Fabián, que además las lleva a Misa, cosa que no hacían en la anterior versión. El papel de doña Rosario, la madre, previsto para María Bassó –esposa del primer actor, Nicolás Navarro, y madre de María Esperanza–, era un papel difícil y poco lucido, que fue malamente desempeñado por Patrocinio Rico. En cierto modo, el papel era una mezcla de madre y criada, en esta comedia sin criados. Además, colisionaba con el personaje de Cecilia, la hija mayor, que también había hecho de madre de la pequeña Paloma. Con ojo experto, la Bassó esquivó el papel y las críticas que le cayeron a la suplente, como hicieron notar en Ya y Signo.

En tercer lugar, adelgazó lo policíaco eliminando al Agente y dejando solo al policía Gabriel. El esfuerzo no sirvió de mucho. A propósito tanto del estreno en el Argensola de Zaragoza como en el Gayarre de Pamplona, se habló de “cosa no madura” (d.s. Amanecer 22 may. 1947), “romanticismo trasnochado […] dos actos convencionales, artificiosos, reiterativos […] dosis sensibleras” (Pablo Cistué de Castro. “Los teatros”. Heraldo de Aragón 22 may. 1947); “Mejor interpretación que obra […] se hunde en el pacífico aburrimiento de un solitario” (e.e. Diario de Navarra 4 jun. 1947).

Aunque algún comentarista como Ema (Marca 9 ene. 1947) valorara el romanticismo por el que luchaba el autor, tenía razón Cives (“Retazos”. El Alcázar 10 ene. 1947: s.p.) cuando comentaba: “El cielo está cerca. El cielo está lejos, señor Iriarte, según la crítica”. En esta comedia, la apoteosis del tema del sueño coincide con su crisis y próximo abandono.

 

 
Obras citadas:
Ruiz Iriarte, Víctor. “Un pequeño prólogo”. Tres comedias optimistas: Un día en la Gloria. El puente de los suicidas. Academia de amor. Madrid: Artegrafía, 1947. 3-6.
 

 

 

 
 
 
En su estreno madrileño 'El cielo está cerca' tuvo un pequeño éxito de público, medible en los aplausos y las salidas del autor a escena, pero fue aguado por la general reticencia de la crítica.