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Título: El pobrecito embustero, farsa en tres actos. Autor: Víctor Ruiz Iriarte. Estreno en Madrid: Teatro Cómico, la noche del 4 de abril de 1953. Compañía Carbonell-Vico.
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El pobrecito embustero
 
La vida es injusta
Óscar Barrero Pérez • Universidad Autónoma de Madrid
         
 

En más de uno de los comentarios publicados con motivo del estreno en Madrid, el 4 de abril de 1953, de El pobrecito embustero, se expuso la idea de que el primer acto de la pieza era el más conseguido (así, los comentarios aparecidos en los diarios ABC del 5 de abril de 1953 y Hoja del Lunes del día siguiente). De «simpatía y romanticismo, delicadeza y bondad» se hablaba en la crítica de Marca (5 abr.), y de «ingenio, ternura, poesía y emoción» en la de El Alcázar (6 abr.), firmada por V.S.R. (Víctor de la Serna Répide). En fin, la herencia de Arniches, pertinentemente señalada en diferentes lugares de su libro por Víctor García Ruiz, era evocada por Antonio Rodríguez de León en su reseña para España, de Tánger (Sainz de Robles 300).

El argumento tenía algunos puntos de conexión con obras anteriores de Ruiz Iriarte, como El aprendiz de amante y Las mujeres decentes. La primera había sido estrenada en 1947 en Valencia y en 1949 en Madrid y desarrollaba la historia de un amor basado sobre una identidad falsa, la de un hombre que fingía ser quien no era, con objeto de suscitar el enamoramiento de una mujer. El triángulo amoroso formado se resuelve, como cabía esperar, a favor del matrimonio en peligro. La segunda se basa en la duplicidad de identidades de un personaje que se presenta, alternativamente, como aristócrata y como taxista. Se trata de argumentos que podrían servir de referencias para El pobrecito embustero, pero también, por ejemplo, para Cuando ella es la otra o Juego de niños, porque el engaño es la base en que se sustentan las tramas de estas y otras comedias posteriores de Ruiz Iriarte.

El pobrecito embustero era un paso más en el recorrido que el espectador reconocía en un autor con quien, a esas alturas, parecía haber conectado ya. Y eso que, si hay que atenerse a lo escrito por Carlos Fernández Cuenca en su crítica para la revista Teatro (n.º 7, mayo 1953), el resultado de público podría haber sido mejor si hubiese sido distinto el escenario, porque quizá el Teatro Cómico, especializado en otro tipo de obras, no era el más adecuado para la obra de Ruiz Iriarte.

De nuevo el autor ofrecía una farsa, y como tal se presentaba la obra. De hecho, más de una vez en el curso de esta se utiliza la palabra farsa para definir la trama ideada por Lorenzo a partir de la confusión creada por el «quid pro quo» que equivoca a Pedrín. Sin embargo, ya en alguno de los comentarios aparecidos con motivo del estreno se advertía el hecho de que, como efectivamente sucede habitualmente en las obras del autor que se presentaban bajo esa denominación, los límites con la comedia más humana se difuminaban. Así lo señalaba el comentarista de Pueblo, V.F.A., Victoriano Fernández Asís, en su reseña del día 6 de abril:

Este arranque de farsa, como con justicia la titula Ruiz Iriarte, se desvía después hacia situaciones más propias de la comedia, porque los personajes pierden su condición abstracta y unitaria para desdoblarse en los mil matices del ser humano. De este modo se traiciona un poco la naturaleza de monigotes típica de los personajes de cada farsa, y esta se diluye con ellos en las aguas un tanto amargas de la comedia sentimental.

De hecho, como anotaba el reseñista de Madrid (6 abr.), hay un momento de la obra especialmente humano en el que el tono farsesco desaparece e incluso la comedia apenas es reconocible en el drama de una Magdalena preterida desde su infancia y refugiada ahora en el consuelo de la práctica religiosa. El espectador que hubiera visto, pocos meses antes, La soltera rebelde, reconocería en el personaje bastantes parecidos con Lupe. (1) De modo que, aunque el público y algunos críticos gustasen más del tono distendido del primer acto, es la moraleja del tercero la que confiere a la obra calidad humana.

La vida es injusta, parece querer decirnos Ruiz Iriarte. Lo es con su personaje central, Lorenzo, un hombre cuyas cualidades no son reconocidas más allá de la pequeña ciudad de provincias en que vive y del modesto ejercicio de profesor de instituto a que dedica sus desvelos despreciados por unas alumnas que hacen burla de él y unos compañeros que lo ningunean. Pero es injusta también con Magdalena, que obtenía en su infancia las máximas calificaciones, sin que eso le sirviera para quitarse de encima el baldón de necia mientras que su hermana Victoria, pese a sus pésimas notas, veía reídas todas sus gracias. El autor se preocupa de contraponer simbólicamente los nombres de estos dos personajes, cuyas vidas parecían marcadas por las decisiones de sus padres ante el Registro Civil. La vida es injusta, de manera especial, al no haber emparejado a estas dos personas afines, que hubieran sido felices por la similitud de sus aspiraciones existenciales. Tanto Lorenzo como Magdalena son personas modestas que comparten una infancia carente afectos. Los dos tuvieron hermanos preferidos por los demás frente a ellos. Cuando fueron adultos, siguieron mostrándose incapaces de ver reconocidas sus cualidades.

Lorenzo reconoce que su vida ha sido «un continuo fracaso». Aunque Magdalena no llegue a expresarlo de esta forma, parece evidente que su soltería, como el de La soltera rebelde, no es deseado, porque hubiera querido encontrar en su vida a alguien como su cuñado. Ese modesto logro le habría bastado para sentirse cercana a la felicidad. «¿Por qué es así de injusta la vida, don Julián? ¿Por qué hay hombres que solo por nacer ya se atraen el amor y la admiración de los demás? ¿Por qué a otros nos cuesta tanto, tanto, despertar en los demás una chispa de cariño, algo que no sea piedad, y lástima, y burla?», pregunta dramáticamente Lorenzo.

Quizá porque muchas veces no nos percatamos de que quienes nos quieren están a nuestro lado. Lorenzo tiene cerca a la joven Loreto. Ella y Pedrín representan el grupo de jóvenes que Ruiz Iriarte había utilizado en Juego de niños y La soltera rebelde. El futuro se abre ante Loreto y Pedrín de la forma ingenua que cabe esperar de su edad, pero los primeros pasos no han sido prometedores porque el ejemplo que les dan los mayores no ha sido positivo: «La vida es muy triste», se lamenta Pedrín ante lo que ve a su alrededor. Él, dicho sea de paso, es esa promesa de seductor que encarna Manolín al final de Juego de niños.

La obra sugiere una reflexión entre metafísica y moral. Es del primer orden en el segundo acto, cuando el engaño todavía funciona, momento en que Lorenzo afirma que «la muerte es la única verdad cierta de nuestra vida». Termina siendo del segundo tipo, que es la que realmente importa al autor, al final de la obra, cuando el protagonista comparte con el espectador su reflexión sobre el cariño repentino que todos parecemos sentir por quien acaba de morir o está en trance de muerte. Pero, dice, «ese amor repentino que todos sentimos junto a la persona que se va a morir no es un verdadero amor. Es miedo… ¿Comprende usted? Es miedo y remordimiento por no haberle querido antes todo lo que deberíamos haberle querido».

La historia de El pobrecito embustero puede recordar a Arniches, pero también el popular cuento del pastor mentiroso, a quien nadie cree, como le sucede a Lorenzo cuando sufre un accidente real. El pobrecito embustero es, otra vez, una historia de engaños y de personas que fingen ser lo que no son. En ese ámbito tan caro a Ruiz Iriarte que es el espacio de provincias no hay más remedio que inventar, como les sucedía a los poco escrupulosos inventores de la farsa de La señorita de Trevélez. Rosalía justifica así su invención de un marido ficticio: «Solo tengo una disculpa. Tú no sabes lo que es la vida de una mujer con imaginación en el último rincón de una provincia».

En Villanueva  la mentira parece socialmente institucionalizada, a juzgar por la respetabilidad que parece haber alcanzado. Miente Victoria al falsificar la historia de su vida matrimonial; miente Rosalía al inventar la imagen de un marido que no es el suyo; miente Lorenzo al fingir una inexistente muerte cercana; miente, a su manera, Linda Martín, puesto que su profesión es la de actriz y, por ejemplo, en nada se parece ella a la Isabel la Católica a quien interpreta en el cine; miente doña Águeda, quien muestra ahora por Lorenzo un interés que jamás había sentido antes; miente el médico, don Julián, cómplice en el engaño de Lorenzo; hasta Pedrín miente, puesto que oculta la verdadera realidad del matrimonio de sus padres. Solo Loreto, representante de una nueva generación, podría ser declarada inocente en un juicio en que se investigara la veracidad de las afirmaciones de los personajes principales.

Pese a su mentira, Lorenzo es una figura que se hace entrañable al espectador porque este simpatiza con el «solitario», el «sabio ridículo», el «pobre hombre» que en definitiva reconoce ser ante los ojos de los demás. La farsa, en el último acto, no llega a ser drama, pero ya no hay carcajadas con las que premiar las ingeniosidades del autor porque reconocemos en la tristeza de Lorenzo y en su soledad situaciones próximas a nosotros. Lorenzo ha mentido únicamente para recoger «unas migajas de ternura, que me hacían tanta falta, tanta falta…». Por si fuera poco, ahí no terminan las reflexiones pesimistas, porque minutos después hay que añadir las de Magdalena sobre su infancia y su infeliz vida adulta. Pocas frases más aceradas que esta para concluir su triste evocación: «Deja… Me voy. Me voy a rezar un poco».

La comedia que había empezado siendo farsa debe terminar satisfaciendo las exigencias del público. Difícilmente reprochable, en ese sentido, resulta el balsámico discurso que sigue a la feliz reunión de todos en torno al personaje central: «Si solo vivimos para eso. Para querer. Para que nos quieran…» Fin de la obra. Una vez más hay que recordarlo: esto es teatro.

(1) «Ruiz Iriarte dramatiza el tema de la solterona en dos ocasiones y con distinta intensidad. Lupe, en La soltera rebelde, es el personaje principal, mientras el problema de Magdalena –idéntico en esencia al de Lupe— es secundario en El pobrecito embustero. En los dos casos se trata de mujeres sensibles y aptas para el amor, que no pueden lograrlo por un problema de carácter combinado con la incomprensión de los demás» (Víctor García Ruiz 192).

 
Obras citadas:

García Ruiz, Víctor, Víctor Ruiz Iriarte. Autor dramático,
Madrid, Fundamentos, 1987.

 

 

 
 
 
'El pobrecito embustero' es, otra vez, una historia de engaños y de personas que fingen ser lo que no son. Y la comedia que había empezado siendo farsa debe terminar satisfaciendo las exigencias del público.
 
 
ARCHIVO DE PRENSA, EN PDF
(procedente de la Fundación Juan March)
Autocrítica de "El pobrecito embustero". ABC 4 abril 1953: 46.
"El pobrecito embustero", farsa de Víctor Ruiz Iriarte, interpretada en el Teatro Cómico por la Compañía de Carmen Carbonell y Antonio Vico / por Luis Calvo. ABC 7 abril 1953: 39.
Carmen Carbonell y Antonio Vico se presentan en el teatro Cómico con el estreno de "El pobrecito embustero", de Víctor Ruiz Iriarte. Informaciones s.a.
"El pobrecito embustero", en el teatro Cómico. ABC 5 abril 1953: 17, 50. Fotografía.
"El pobrecito embustero", de Víctor Ruiz Iriarte en Cómico / por Victoriano Fernández de Asís. Pueblo [Madrid] s.a.
Una farsa divertida y ejemplar, "El pobrecito embustero", de Víctor Ruiz Iriarte / por Nicolás González Ruiz. Ya s.a.
"El pobrecito embustero", de Víctor Ruiz Iriarte / por Eduardo Haro Tecglen. Informaciones s.a.
"El pobrecito embustero" en el Cómico. El Alcázar 6 abril 1953.
"El pobrecito embustero", farsa en tres actos, de Víctor Ruiz Iriarte / por José María Junyent. El Correo Catalán [Barcelona] s.a.
Estreno de "El pobrecito embustero", farsa, de Víctor Ruiz Iriarte en el Romea de Barcelona / por Manuel de Cala. El Noticiero Universal [Barcelona] 29 mayo 1954: 1
Luis Marsillach enjuicia el estreno de "El pobrecito embustero", de Ruiz Iriarte, en el Romea. Solidaridad Nacional 29 mayo 1954: s.p.
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