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Título: El puente de los suicidas, comedia dramática en tres actos. Autor: Víctor Ruiz Iriarte. Estreno: Teatro María Guerrero de Madrid, 27 de mayo de 1944.
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El puente de los suicidas
 
Un profesor de felicidad
Juan Antonio Ríos Carratalá • Universidad de Alicante
         
 

Víctor Ruiz Iriarte apostó por la felicidad y el optimismo en su primera obra estrenada por una compañía profesional. Daniel, el protagonista de El puente de los suicidas, es «un profesor de felicidad» que cuenta con tres alumnos: «una mujer que no puede vivir sin un sueño de amor, un gran financiero y un viejo militar». A estos personajes se suma Mary, que al igual que sus condiscípulos, ha pasado por el trance del suicidio frustrado en un puente donde el ayuntamiento, ante semejante avalancha, ha prohibido que la gente se suicide. El codornicesco rasgo de humor apenas augura excesiva eficacia o control municipal, pero Daniel siempre se presenta oportunamente para rescatar a quienes parecen haber optado por la muerte porque andan desesperados. Una vez consolados con su don de palabra, les convence y les lleva a una casa donde disfrutan de una vida nueva, aunque sea una farsa mantenida por la imaginación: «una casa con jardín y muchos sueños dentro», cuya imagen evocaría una sensación similar a la del «vaho sobrenatural» de la escenografía de Un día en la Gloria.

Daniel, con la ayuda de su fiel Pedrín, se convierte en el amo de las vidas de quienes ha rescatado de la muerte. No se aprovecha de esta circunstancia porque su objetivo es hacerles felices, mantenerles en la ignorancia de su realidad y alimentar unas ilusiones que les permiten seguir vivos. Este empeño favorece la inclusión de algunos momentos amables, calificados como «fino humor» en las críticas de la época. Sin embargo, la situación estalla cuando Mary llega a la casa y rivaliza con Isabel, enamorada de un Daniel al que le debe la vida. Los celos asoman y la relación se vuelve conflictiva con una deriva melodramática para el lucimiento de las actrices al final del segundo acto. En el tercero, y como era de esperar, todo se reconduce porque el autor apuesta por una armonía capaz de deparar la felicidad universal. Es cierto que el financiero se suicida cuando descubre la realidad de su situación. Mr. Brummell era el personaje menos simpático y el público no lo lamentaría. Alguien debía acabar mal. El anciano y enfermo militar encarna valores más positivos que los del enriquecimiento. El general mantiene hasta el desenlace el convencimiento de haberse convertido en mariscal gracias a los oficios del misterioso Daniel. La despechada Mary, tras hacer estallar el conflicto, vuelve a la Residencia de donde salió para casarse con el hombre que amaba e Isabel, una vez solucionada la crisis, regresa junto a Daniel para formar ambos el inicio de lo que podría llegar a ser un claustro dedicado a propagar la felicidad por medio de la ilusión y la fantasía. La piedra angular de su programa es que «No hay un solo sueño que no sea posible en la propia vida. Para encontrarlo basta con ser alegre y olvidarse de la muerte» (III). Siempre habrá alguien con tendencias suicidas y el objetivo es «arrancar el dolor de sus almas y darles una mentira alegre, que como todo lo que es alegría, es vida» (III).

La trama de El puente de los suicidas, obra escrita en 1941, es aderezada con la presencia del Jefe de Policía de no se sabe dónde, y su ayudante Dovalín, dispuestos a investigar la desaparición de los suicidas. Las pesquisas de estos dos sujetos sacados de la novelística popular les conducen hasta la casa de Daniel, de quien se desconoce oficio o beneficio, tan rico por su casa como Ricardo, el demiurgo casoniano de La sirena varada. Allí intentan que se cumpla la justicia, pero pronto quedan admirados por la labor del Profesor de felicidad: «Durante muchos siglos, los poetas escribieron sus sueños… Jamás intentaron vivirlos. Usted fue más poeta y más valiente que ellos. Y por hacer que los demás vivieran alegres, se quedó usted con todo el dolor» (iii). Daniel tenía un motivo o un golpe de efecto que solo conocemos al final: siendo niño asistió al suicidio de su padre. Desde ese momento decidió consagrarse a evitar la desesperación que conduce a la muerte, a facilitar un mundo de sueño donde la felicidad sea posible. La tesis de la obra es que ese mismo mundo, por su sola presencia imaginaria, puede acabar contagiando una realidad donde tantos sujetos necesitan cogerse a un clavo ardiendo para seguir vivos.

Ruiz Iriarte crea una comedia de la felicidad con El puente de los suicidas. La respuesta de la crítica fue positiva. Incluso teorizó acerca del significado de la obra. Díez Crespo, el crítico de Arriba, señala que con ser «comedia tejida con hilos de buen humor, vemos en ella el noble impulso que la vida exige para que percibamos las cosas en relación con nuestras necesidades. Es decir, que pueden ser la bondad o la malicia las que nos den la transparencia de las cosas cuando el alma es incapaz de percibir claramente lo que la Naturaleza ofrece para que de ella se capten las sensaciones superiores que constituyen el arte de expresar o de sentir la vida» (7 feb. 1945). Apenas se entiende, pero queda clara la intención del autor de escribir un teatro con sustancia, como señala C[ristóbal]. de C[astro]., el crítico de Madrid:«la comedia, sin dejar sus orígenes clásicos, ofrece una visión contemporánea. De ahí que el grave latido de los sueños calderonianos se una al vivaz, agudo, del psicoanálisis y aparezca, junto al consciente, el subconsciente, como en Evreinov, como en Giradoux, como en Shaw, como en Pirandello, como en Granville Barker, como en Werfal, como en Sinclair Lewis, como en todos los dramaturgos de choque. Con esta coparticipación incorpora Ruiz Iriarte a la escena española las inquietudes de la escena universal» (7 feb. 1945).

Ruiz Iriarte había esperado esta ocasión durante varios años de intentos frustrados. Al escuchar los aplausos del estreno y leer las entusiastas críticas del día siguiente, no solo se sentiría orgulloso de encontrarse entre «los autores de choque» de la escena universal, sino que también estaría convencido de que el público le respondería a partir de tan señalada fecha. No fue así. Las siguientes representaciones de El puente de los suicidas se dieron en un clima de frialdad hasta que la obra languideció en medio de la indiferencia. Fue representada en provincias, incluso en Barcelona al año siguiente, pero sin despertar el entusiasmo que había imaginado el autor a tenor de la respuesta inicial y las críticas de los periódicos de Madrid.

Este contraste entre el éxito y el fracaso de la primera comedia estrenada en un teatro comercial tuvo consecuencias para la trayectoria creativa de Ruiz Iriarte. Hasta el momento se había enfrentado con las dudas de una labor de creación, con lectores casi siempre cercanos a su círculo, con empresarios y primeros actores a los que debía convencer, consigo mismo. Desconocía, sin embargo, el gran factor del teatro: el público. La conclusión fue evidente. En adelante, había que prepararse –pensó– «para la gran aventura, mil veces más ardua que la confección de una comedia. Había que buscar ese público. ‘Mi público’». (1)

La tarea le llevaría por caminos menos retóricos que los seguidos en El puente de los suicidas. Esa opción de madurez ya se evidencia en la versión definitiva de la propia obra, más ajustada a las necesidades de un escenario donde ciertos excesos literarios se suelen pagar caro. La evolución se percibiría con nitidez en futuras creaciones, donde nunca renunció a su apuesta por la felicidad y el optimismo, pero en términos comprensibles para unos espectadores poco dispuestos a compartir las disquisiciones de los críticos de la posguerra. Ruiz Iriarte pronto supo que el verdadero éxito residía en el favor del público y fue consecuente.

El puente de los suicidas mantiene el interés de la obra bien escrita y construida, elaborada con la pulcritud de un autor poco dado a las prisas aunque manifestara haberla redactado en cuatro meses. Resulta curiosa en algunos parajes, apunta rasgos de humor en la caracterización de unos tipos como el militar y el financiero, pero también arrastra el lastre de un conflicto demasiado teórico. Víctor Ruiz Iriarte dijo haberse inspirado en una noticia periodística que hablaba de un suicidio. Tal vez sea cierto, aunque ese momento sería el único vínculo concreto con una realidad demasiado tamizada por las ideas del autor acerca de la felicidad, el optimismo y hasta la bondad connatural del individuo. Son respetables, están bien recreadas en el escenario, pero echamos de menos unos personajes menos acartonados por los conceptos que asumen y ejemplifican. También una trama donde lo previsible no conduzca necesariamente al final feliz. Pedimos, en definitiva, lo que apenas podía surgir en un teatro donde la discutida evasión era una opción sin apenas alternativas viables.

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(1) «Viaje alrededor de un escenario». Teatro 6 (abril 1953): 25-37; cita en 27.

 
 
 
 
 
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