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Título: Juanita va a Río de Janeiro, diálogo dramático.
Autor:
Víctor Ruiz Iriarte. Estreno: Privado en casa de José Luis Mañes, Madrid, 1948.
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Juanita va a Río de Janeiro
 
Bordeando la censura
Juan Antonio Ríos Carratalá • Universidad de Alicante
         
 

«Esta breve pieza fue expresamente escrita para ser representada en una de aquellas veladas –que muchos recordarán todavía– del pequeño teatrito de Cámara privado que dirigía José Luis Alonso en casa de [José Luis] Mañes (1). María Paz Molinero y Miguel Narros (2), dirigidos por José Luis Alonso, fueron admirables intérpretes de Juanita va a Río de Janeiro» (Ruiz Iriarte 1984, 10).

Esta Nota previa del autor en una revista americana que rescató Juanita va a Río de Janeiro un par de años después de la muerte del autor, sitúa el origen de un texto alejado de los cauces de la escena comercial de la época. El «Diálogo dramático» entre Jeannette o Juanita y Jorge fue concebido para un teatro de cámara que, en realidad, era un domicilio donde se daban representaciones protagonizadas y contempladas por amigos de la casa. Fueron varias las iniciativas que aparecieron por entonces con similares circunstancias. La razón habría que buscarla en la necesidad de sustraerse a la presión de las empresas y la censura para representar un teatro más personal o audaz en sus planteamientos temáticos. También, en una afición que permitía afrontar dificultades y carencias, pues no era fácil obtener las debidas autorizaciones y, sobre todo, había que contar con la colaboración desinteresada de unos profesionales dispuestos a trabajar para una sola representación. Fernando Fernán-Gómez en sus memorias, El tiempo amarillo: memorias ampliadas (1921-2007) (Madrid: Debate, 1998), da cuenta de un fenómeno que duró hasta bien entrada la década de los cincuenta y que prueba el entusiasmo de una minoría culta e insatisfecha con lo representado en los teatros comerciales o públicos.

Víctor Ruiz Iriarte formaba parte de esa minoría culta y sensible, aunque ya hubiera dado sus primeros pasos como autor profesional. El diálogo dramático escrito para sus amigos es un esbozo de lo que pudiera convertirse en un drama, aunque de problemática representación porque incluye una circunstancia perseguida por la censura de la época. La censura también afectaba a los teatros de cámara o las representaciones en casas particulares, pero resultaba menos severa en función de la casi nula difusión que en ese marco se daba a las obras. Así, en Juanita va a Río, y a pesar de todos los eufemismos y sobrentendidos, se evidencia la relación sexual de una pareja al margen del matrimonio. Nunca se dice con claridad, se orilla cualquier referencia explícita, pero tampoco hace falta agudizar el ingenio para comprender que Río de Janeiro en esta obrita no es una ciudad brasileña, sino el sinónimo del goce sexual alcanzado por una protagonista que accede a los requerimientos de su novio y pierde su virginidad. «Yo digo que me voy a Río de Janeiro cuando cierro los ojos y tengo un sueño bonito», afirma Juanita, pero ese sueño ha sido carnal y concreto. El texto roza, por lo tanto, el límite de la osadía o de lo permitido por la rígida censura de la época.

Juanita es una modelo que trabaja en casa de madame Lenior; una de esas muchachas hermosas que, en las casas de alta costura próximas a Plaza de Independencia, pasaban modelos para las distinguidas señoras del barrio, y luego se dejaban caer por los cafés cercanos. Madame Lenoir la convierte en «Jeannette» cuando luce sus vestidos en los desfiles. Allí parece haber conocido a Jorge, enamorado de su virtud y capaz de secar sus lágrimas con castos besos. Sin embargo, un día surgió el imperativo varonil. El novio no se apercibió entonces de que lo deseado en la joven era «lo otro»: «el pudor y la castidad pueril de niña». Y una vez conseguido su propósito en un «meublé», se lamenta ante una desconcertada Juanita: «Yo amaba en ti la muchacha que enrojecía cuando yo le pedía un beso, la virgen heroica que sabe resistir un día y otro. Yo amaba en ti la mujercita furiosa que sabe rechazar una caricia. Yo amaba en ti tu fuerza que contenía mis deseos un día y otro. ¡Yo amaba en ti la virtud! ¿Por qué has cedido Jeannette?». Ante semejante reacción, es lógico que Juanita, que se ve convertida en «una cualquiera», reaccione y «ronca, casi sin voz» le conteste: «¡Canalla! ¡Canalla!» Jorge se sigue preguntando por qué «en medio de lo más hermoso está el pecado», pero para su pareja la pregunta no es retórica, el cambio resulta irreversible –«Ya nunca volveré a ser la que era»– y a partir de ese momento está dispuesta a ser «mala… Muy mala».

Ruiz Iriarte no solo recurre a los eufemismos sino que presenta la situación dramática con una calculada ambigüedad. El anuncio final dado por Juanita, su conversión en «mala», puede aludir a que la pérdida de la virginidad antes del matrimonio la convierte en una mujer al margen del decoro de la época. Mal asunto, pero también a una repentina dureza basada en la desconfianza que, a partir de ese desengaño, va a sentir con respecto a los hombres. Ambas posibilidades quedan abiertas y, en cualquier caso, la trasgresión moral arrostra una serie de consecuencias que la alejan del goce placentero. Viajar a Río de Janeiro tenía su contrapartida porque había que volver al Madrid de la posguerra, donde un grupo de jóvenes cultos y sensibles se planteaban casos como el de Juanita y Jorge.

La lectura de esta obrita, publicada por primera vez en la revista Manantial de Melilla (3), nos remite a los límites de unos teatros de cámara donde no se cultivaba la disidencia o la vanguardia. La aspiración fundamental era buscar un refugio donde respirar al margen de la rígida censura de la época y de la no menos disuasoria actitud de las compañías profesionales. Ninguna primera actriz querría hacer de Juanita en un teatro comercial y tampoco se lo habrían permitido, a pesar de que el pecado asomara y su condición final de «mala» no resultara alentadora para los espectadores. Daba igual, pues ni la más calculada ambigüedad facilitaba a veces el camino de una autorización para abordar temas que, en aquellas épocas, se consideraban «escabrosos». También para los jóvenes que propiciaron la representación, aunque en la vida real la intérprete de aquella Juanita hubiera superado el problema de la sexualidad, incluso la maternidad, al margen del matrimonio. Su condición de actriz y pareja de un difunto escritor notoriamente falangista como Samuel Ros la situaba a salvo, dentro de lo que cabe. Y, puestos a imaginar, el «¡Canalla!» que suelta su personaje sería intencionado, porque estaría dispuesta a ser «mala» sin necesidad de albergar una mala conciencia.

Triste época la evidenciada por estas circunstancias y semejantes debates servidos en forma de Diálogo dramático. El autor buscaría con su texto la sugerencia y la polémica en un pequeño círculo de confianza. Conviene repasarlo para comprender la necesidad de crear un mundo basado en el sueño y el ideal vinculado casi siempre con el amor. El objetivo era compartir el optimismo y la felicidad. Se justifica así el empeño de un Víctor Ruiz Iriarte que un día jugó a la audacia permitida gracias a la amistad con gentes del teatro como José Luis Alonso y Miguel Narros, tan decisivos en la evolución de unos escenarios que ellos siempre intentaron ensanchar para albergar una expresión más libre.

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(1) Un espléndido piso en la calle Serrano, numero 3, junto a Plaza de la Independencia. Algunos llamaron, por eso, «Teatro de la Independencia» a las funciones que empezó a reunir José Luis Alonso Mañes en la casa de su tío José Luis Mañes –autor de éxito en los años 40 con «Como hermanos» o «La zapaterita», y luego empresario en el teatro Calderón–, que poseía un gran salón capaz de albergar montajes y público teatrales. Al terminar se servía una cena fría. Las reuniones contaban con jóvenes del Conservatorio y comenzaron con A Electra le sienta bien el luto de O’Neill en enero del 48; siguieron Fuera del mundo de José Javier Aleixandre (16 jun. 48), obra renovadora por la vía de la angustia, dirigida por Pérez de la Ossa; y Los muertos sin sepultura de Sartre, dirigida por Alonso (fecha no localizada). El curso siguiente se hizo un curioso experimento (19 ene. 49): los críticos de Informaciones, abc y Ya, Eduardo Haro, Alfredo Marqueríe y Jorge de la Cueva presentaron cada uno una obra en un acto. El texto de Haro fue dramático: Suceso de guerra; el de Marqueríe, El agua hierve, reflejaba la monotonía de la vida cotidiana, la existencia corriente; de la Cueva se contentó con un juguete cómico, Neurastenia. José Luis Alonso (1924-1990), Premio Nacional de Teatro en tres ocasiones, desarrolló después una importante actividad en los teatros de cámara madrileños. Su primera dirección de escena profesional fue El landó de seis caballos, precisamente de Ruiz Iriarte, en el María Guerrero (26 may. 1950). Para una de las reuniones del Teatro de la Independencia, el dueño de la casa pidió a Ruiz Iriarte que escribiese algo, por breve que fuera. Juanita va a Río de Janeiro –estrenada en 1948– es fruto de esa petición. Se representó también en el Teatro Club Elena de Barcelona (7 mar. 1959).

(2) Miguel Narros, por entonces un joven actor de veinte años, acabaría siendo catedrático de la Real Escuela de Arte Dramático de Madrid y uno de los más prestigiosos directores de teatro. María Paz Molinero ya había debutado como actriz profesional en la década de los treinta y se mantendría en activo hasta los años ochenta, tanto en teatro como en cine. A principios de los años cuarenta había sido pareja sentimental del escritor falangista Samuel Ros (1904-1945). De su carácter puede dar una pista la siguiente carta a VRI: «Madrid, 26 nov. 1947 = Querido Víctor! = Te llamé a tu casa y ya te habías marchado camino de la gloria, del éxito, en una palabra, de la inmortalidad; cada día que vivimos, ignoramos si los hechos de ese día son los que quedarán en las antologías. Lástima que por lo general, lo que queda no suele ser lo mejor de nosotros! = No quiero divagar más. Solo te escribo para desearte suerte en tu estreno [El aprendiz de amante, estr. Valencia, 27 nov. 1947]. Desearé que me telegrafíes el resultado, aunque estoy segura de que todo irá bien. Esta noche hay Cine-Club y no tendré con quien comentarlo. Es una pena que este país dé seres tan secos y tan mal educados. = Leí «La Ondina». No me gustó el papel de la 2.ª. No quiero hacerlo. Pero ya tengo la tarjeta y estaré de espectadora en esas magnas demostraciones de Arte Puro; pero, ¿crees que Giraudoux es mejor que Calvo Sotelo? = Un abrazo de María Paz = “Obsesión” fue calificada en 1.ª categoría!».

(3) Dirigida por Jacinto López Gorgé (1925-2008) y Pío Gómez Nisa, y subtitulada Cuadernos de poesía y crítica, publicó seis números entre 1949-1951. En esta «entrega primera» colaboraron con poemas y relatos, por este orden, Vicente Aleixandre, Concha Zardoya, José Hierro, Leopoldo de Luis, Jacinto López Gorgé, Philippe Soupault (con una «Oda a Londres bombardeada» traducida por Ricardo Juan Blasco), M.ª de Gracia Ifach, Trina Mercader, Pío Gómez Nisa, Manuel Arce y Eladio Sos; las ilustraciones eran de Ascensio Sáez García. Se cerraba con un pequeña sección de reseñas.

 
 
 
El diálogo dramático escrito para sus amigos es un esbozo de lo que pudiera convertirse en un drama, aunque de problemática representación porque incluye una circunstancia perseguida por la censura de la época.