Escritor
de teatro
 
Academia de amor
Buenas noches, Sabina
Cuando ella es la otra
Don Juan se ha puesto triste
El aprendiz de amante
El Café de las Flores
El carrusell
El cielo está cerca
El gran minué
El landó de seis caballos
El pobrecito embustero
El puente de los suicidas
Esta noche es la víspera
Historia de un adulterio
Juanita va a Río de Janeiro
Juego de niños
La cena de los tres reyes
La guerra empieza en Cuba
La muchacha del sombrerito rosa
La señora recibe una carta
La señora, sus ángeles y el diablo
La soltera rebelde
La vida privada de mamá
Las mujeres decentes
Los pájaros ciegos
Primavera en la plaza de París
Tengo un millón
Un día en la Gloria
Un paraguas bajo la lluvia
Usted no es peligrosa
Yo soy el sueño
Obras adaptadas
El príncipe durmiente
La fierecilla domada
Otras comedias
Comedias originales, adaptaciones y otras escritas en colaboración
 
 
  PORTADABIOGRAFÍA ESCRITOR DE TEATRO ESCRITOR SOBRE TEATROTV Y CINE SU ARCHIVO ÁLBUM BIOGRÁFICO BIBLIOGRAFÍA  
         
     
     

Título: Juego de niños, comedia en tres actos. Autor: Víctor Ruiz Iriarte. Estreno en Madrid: Teatro Reina Victoria, 8 de enero de 1952: Compañía de Tina Gascó.
[MÁS INFORMACIÓN]

 
 
Juego de niños
 
Primer eco internacional
Óscar Barrero Pérez • Universidad Autónoma de Madrid
         
 

Con Juego de niños Ruiz Iriarte se asienta definitivamente en el panorama teatral de la época y «pasa a ser, junto con José López Rubio y Miguel Mihura, el autor de comedia más representativo de los años 50» (García Ruiz 273). Con esta obra alcanzó no solo un reconocimiento importante del público, sino de otras instancias, porque se le concedió el Premio Nacional de Teatro de 1952. El éxito de Juego de niños traspasó las fronteras genéricas cuando, en 1957, Enrique Cahen Salaberry dirigió la película que llevó el mismo título.

Si la fortuna se hubiera aliado con el autor su nombre habría traspasado las fronteras de España gracias a esta pieza. Ruiz Iriarte podría, efectivamente, haber alcanzado una relevante proyección internacional si hubiese fructificado un proyecto que llegó a barajarse en la primavera de 1954 y que hubiera permitido la presentación, primero televisiva y luego teatral, de Juego de niños en Londres. Con tal motivo escribió a Ruiz Iriarte Winifred Walshe, quien incluso mencionaba en la correspondencia el nombre de Laurence Olivier. Desafortunadamente, por esas mismas fechas se dio a conocer en un teatro londinense una obra de tema vagamente similar a aquel que trataba Ruiz Iriarte en la suya, lo cual hizo inviable la concreción de la idea. (1) En cualquier caso, esta historia permite apreciar el no escaso eco que en su momento tuvo la pieza de Ruiz Iriarte.

La crítica manejó, con ocasión del estreno de Juego de niños en Madrid, en enero de 1952, términos que ya por entonces eran habituales en quienes conocían la obra de Ruiz Iriarte: «farsa», «diálogo vivaz y jugoso», «comedia de costumbres» (Eduardo Haro Tecglen. Informaciones, 9 ene. 1952). Su teatro había encontrado una fórmula de éxito, ensayada ya en Cuando ella es la otra.

Ruiz Iriarte se vale de nuevo, en Juego de niños, del tema de la inversión de valores para dar pie a un juego humorístico con implicaciones morales. Ricardo, un hombre casado pero que ejerce poco de tal, ve intolerable que a su desatendida esposa, Cándida, se le haga la corte, operación que, sin embargo, él realiza despreocupadamente con otras mujeres. Su enfado es, por tanto, el mismo que sentía Gabriel, y por el mismo motivo, en Cuando ella es la otra.

Ruiz Iriarte repite el escenario propio de la burguesía acomodada a la que dirigía sus obras. Advirtamos, si acaso, que la «magnífica casa» emplazada en el barrio más lujoso de Madrid en el que estamos situados tiene un «garaje en el patio» y dispone de comodidades tales como «aire frío y caliente», observaciones una y otra superfluas para la representación, solo comprensibles teniendo presente la lectura de la obra, y que, en cualquier caso, dan una idea del alto nivel de vida de que disfrutan los protagonistas.

Cándida (nombre sospechosamente significativo) reproduce la conducta de su equivalente en Cuando ella es la otra. Una y otra son personajes comprensibles únicamente admitiendo como punto de partida el concepto de farsa que, no obstante, Ruiz Iriarte no aplicó a Juego de niños. Si en Cuando ella es la otra Gabriel era un adúltero, en Juego de niños Ricardo duerme habitualmente fuera de su casa y regresa con el alba, lo que permite atribuirle la misma condición, con la única diferencia de que no hay amante reconocida. El hombre, casado o soltero, mayor o joven, parece destinado a la conquista de la mujer. Cándida soporta estoicamente los devaneos de su marido para aparentar una dignidad que no puede perder, pero también porque no tiene ninguna duda de que las infidelidades de su marido terminarán en la vuelta al hogar. El papel de las mujeres es, como sucedía en Cuando ella es la otra, atraer al hombre. Unas lo hacen antes del matrimonio; otras, después. Por eso la mujer casada debe esforzarse en mantener la atención del marido: «Está visto que las señoras casadas no entendéis una palabra del matrimonio», pontifica la joven Maité, naturalmente soltera y sin compromiso. Ahí había fracasado Verónica en Cuando ella es la otra y de nuevo fracasa Cándida en Juego de niños.

Los hijos y la sobrina, como la criada, son sabedores de la situación, pero la toman a broma, como si fuera un juego, como si a su madre no le hiciera daño lo que está sucediendo. De manera que sus reproches al padre no pasan de un testimonio humorístico. Y es que, al margen de lo que el hecho tiene de situación teatralmente humorística, Ricardo es el clásico granuja que se hace perdonar no una, sino múltiples infidelidades, al final de cada de una de las cuales parece decir a su esposa siempre algo parecido a esto: «Tú sabes que es a ti a quien quiero».

Los dos hijos y la sobrina deciden jugar a Ricardo una mala pasada para reconducir una situación que ha ido demasiado lejos. El problema es que al final de casi todos los juegos debe haber un derrotado. Aquí el perdedor es alguien que pasaba por allí, que fue invitado a participar en el entretenimiento y que, sin darse cuenta del riesgo que corría, aceptó el envite. Se trata de Marcelo, un profesor de francés que se reconoce «desaliñado, torpe y tímido, que pasa inadvertido en todas partes», y que pierde casi sin que le hayan dado oportunidad de lanzar los dados. Ya alguna reseña de la época hizo notar que en el tono farsesco de la obra únicamente él se aproximaba a lo humano propiamente dicho. Sea cierto o no, el papel que representa es tan desairado como el de Esteban, el organista de la siguiente obra de Ruiz Iriarte, La soltera rebelde. Puesto que la relación extramatrimonial es imposible, no hay siquiera posibilidad de planteársela: a la mujer decente, casada, no le es permitido el devaneo sentimental que sí le es tolerado al hombre. La partida que había iniciado Marcelo estaba perdida de antemano. Al personaje lo adorna un toque de modernidad de alguna forma similar al que se apreciará en la bohemia del organista de La soltera rebelde: es de nacionalidad francesa, lo que significa que, teóricamente, sus ideas avanzadas han de chocar con el conservadurismo español.

Cuando ella es la otra dejaba un poso de amargura en el espectador que quisiera advertirlo. Así sucede, si cabe con mayor motivo, también en Juego de niños. Ello justifica, posiblemente, que Isabel Magaña Schevill, en su introducción a la edición estadounidense de la obra, hable de mezcla de comedia y drama:

Ruiz Iriarte achieves a perfect balance between drama and comedy by combining and reconciling a carefully disguised tragic concept of man’s basic loneliness, insecurity, and need for affection with and within the structural elements of comedy and farce. (x)

El desenlace quizá es poco más que una tregua en el conflicto. Marcelo, reproduciendo el papel moralizador de Bobby en Cuando ella es la otra, reprocha a Ricardo su desprecio de algo tan sagrado como es el matrimonio y lo que implica, es decir, la familia y el hogar. Ricardo se defiende tímidamente, sin convicción, apelando a las manoseadas leyes del amor. Pero utilizando ese argumento está tirando piedras contra su tejado de cristal.

Al final, como cabía esperar, se restablece la normalidad que nunca debiera haberse roto, no sin que antes Cándida derrame alguna lágrima de insatisfacción: se ha sentido otra durante algún tiempo. Todo ha sido un juego, más de adultos que de niños. Sucede que, en materia de amores, cualquier juego, por inofensivo que parezca, resulta peligroso. Lo reconoce Cándida: «Desde anoche hasta ahora me parece que he sido otra mujer. […] ¡Es tan peligroso poner como prenda el corazón…!». No pronuncia la palabra felicidad, pero ha acariciado su sentido… y le ha gustado el dulce sabor del peligro. Su insatisfacción es inevitable desde el mismo momento en que reconoce ante su marido su atracción por un modelo de hombre completo que, naturalmente, no encuentra porque no existe: «Marcelo es el ideal para marido, y en cambio tú eres el perfecto amante. Lo malo es cuando una se casa con el amante». Cándida se equivocó en la elección… y es tarde para rectificar. La inversión de papeles deja un regusto amargo: un marido encantado de comportarse como amante y un hipotético amante que funcionaría muy bien como marido; una mujer que se ha casado con quien debiera ser un amante y podría tener como amante a quien sería, seguramente, un perfecto marido.

Nada más lógico que plantearse si realmente el desenlace es tan feliz como se lo parecería a quienes rieron con la comedia con motivo de su estreno. No se lo parece, y con razón, a Zatlin, siempre deseosa de sacarle la punta que sin duda tiene el lápiz de Ruiz Iriarte:

Ruiz Iriarte says in his self-criticism of Child’s Play that it is a happy, optimistic comedy. But his assessment is not totally accurate. Underneath the happy ending is an undercurrent of sadness. There is no reason to believe that Ricardo has really reformed. In fact, the final scene indicates his intense interest in the potential love lives of his two sons. (65)

Así es. Es fácil predecir qué pasará con los herederos. Parece que el gen de la seducción se transmite de padres varones a hijos varones y así lo avalan Tony y Manolín, los vástagos de Ricardo y Cándida, uno y otro dedicados a las conquistas de un bello sexo rendido a sus encantos. El tópico de la criada perseguida por el señorito se cumple pero nadie le da importancia al asunto porque, como le dice Cándida a su esposo, «este es igual que tú». El padre, lejos de reprochar a su hijo el defecto que ha podido hundir su matrimonio, lo contempla con complacencia y hasta se diría que se deleita en ver reproducida en su progenie ese gen seductor. Cándida tiene motivos para estar preocupada y para sentir desconfianza ante el futuro inmediato.

(1) Se conservan cuatro cartas de Winifred Walshe (Greydale. Thersfield. N[ea]r. Royston, Hert[ford]s[hire].) a vri (fechas 20 mar., 10 abr., 30 abr. y 13 jul. 1954). En la primera se lee: «Mucho le agradecería tener su permiso para poner dicha traducción [la realizada por la señora Walshe] en manos de un Director de Teatro, para ser interpretada en Londres, o para la Televisión»; la segunda: «me he dado prisa [sic] iniciar correspondencia con Mr. Henry Sherek […, que] es el Director que ha presentado en Londres y New York la nueva comedia del poeta-dramaturgo T.S. Eliot. Si no encontraría con Mr. Sherek buen resultado, entonces escribiré a Sir Laurence Olivier»; la tercera: «Creo que usted quisiera saber que votre comedia Juego de niños está ahora en las manos de Sir Laurence Olivier, que ha querido leerlo. Ahora espero nuevos informes». La empresa era «Laurence Olivier Productions Ltd. (St. James’s Theatre London s.w.1)» dirigida por Sir Laurence Olivier, Chairman, Frederic Burgis, Anthony A. Bushell y Roger K. Furse. La última carta, de 13 de julio, informaba de que «Incidente infeliz era que, en el momento en que he enviado la traducción a Sir Laurence Olivier, se haya producido en Londres una representación con proyecto semejante, es decir, la historia de un esposo perverso quien se transformó de repente en hombre bueno, motivado por la amenaza de la esposa de lo abandonar a favor de otro. […] Creo que la otra pieza puede ser el motivo de la falta de interés demostrada por ellos (Sir Laurence Olivier y Mr. Henry Sherek) en Juego de niños».

 

 
Obras citadas:
Zatlin Boring, Phyllis. Víctor Ruiz Iriarte. Boston: Twayne, 1980

García Ruiz, Víctor. Víctor Ruiz Iriarte. Autor dramático.
Madrid: Fundamentos, 1987.

Magaña Schevill, Isabel. «Introduction». Víctor Ruiz Iriarte. Juego de niños.
Ed. Isabel Magaña-Schevill.
Englewood Cliffs, New Jersey: Prentice-Hall Inc., 1965. viii-xxii

 
 

 

 
 
 
Escuche 'Juego de niños'
[Puede descargarse las cuatro cubiertas del disco en formato PDF haciendo clic en la imagen].
 

Grabación por RCA, con el siguiente reparto por orden de intervención:

Manolín ..........  Teófilo Calle
Rosita .............  Alicia Altabella
Tony ................ Ventura Oller
Maite ..............  Gracia Morales
Ricardo ...........  Juan José Menéndez
Cándida ...........  Ana Mariscal
Manolita ..........  Margarita Gil
Marcelo ...........  Georges Rigaud

Dirección de Víctor Ruiz Iriarte
Ilustraciones musicales de Manuel Parada

 
PRIMERA PARTE
SEGUNDA PARTE
TERCERA PARTE
CUARTA PARTE
 
 
 
ARCHIVO DE PRENSA, EN PDF
 
 
PROGRAMAS DE MANO, EN PDF