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La
cena de los tres reyes se estrenó la noche
del 19 de octubre de 1954, en el Teatro Alcázar
de Madrid, y permaneció en este local durante
un mes, donde alcanzó un total de 56 representaciones.
Sin llegar a ser un éxito, tampoco fue del todo
mal, sobre todo si tenemos en cuenta que, por aquellos
años, lograr las cincuenta representaciones solía
ser motivo de celebración. Para su escenificación
contó con algunos de los profesionales más
prestigiosos del momento: entre sus protagonistas se
encontraba el célebre actor Carlos Lemos, su director
fue Cayetano Luca de Tena, que unos años antes
había sido director del Teatro Español
de Madrid, (1) y
la escenografía corrió a cargo de Emilio
Burgos, quien había colaborado en numerosas ocasiones
con los Teatros Nacionales.
A semejanza de las llamadas “comedias
burguesas de evasión”,
tan típicas de los años cincuenta, esta obra
se desarrolla en un ambiente elegante y cosmopolita, con
personajes de alto rango, diálogos
brillantes e ingeniosos, estructura en tres actos (que
se corresponden con el planteamiento, nudo y desenlace)
y final feliz y reconfortante. No obstante, si la mayoría
de aquellas, pese a la ideología claramente conservadora
de sus autores, evitaban tratar temas políticos
y se centraban en asuntos amorosos, en La cena de los
tres reyes, en cambio,
junto al componente amoroso, que no podía faltar,
hay también un claro y explícito
componente político, hasta el punto de que podríamos
afirmar que, en cierto modo, nos encontramos ante una obra
de teatro político.
También a diferencia de
las citadas comedias de evasión, en esta
obra los ingredientes farsescos y satíricos adquieren
un peso importante. De hecho, el autor la subtituló como «farsa
en tres actos»,
y la crítica de su tiempo señaló la
importancia de estos elementos en la obra. Así,
Elías Gómez Picazo señaló que «La
acción discurre por caminos románticos, bajo
una envoltura humorística
muy acusada, que convierte la farsa en caricatura» (Madrid,
20 oct. 1954). Por su parte, Nicolás González
Ruiz destacó a
Ruiz Iriarte como uno de los más importantes cultivadores
del género
farsesco de su tiempo: «Entre nuestros autores contemporáneos,
el señor Ruiz Iriarte es el que cultiva con mayor
asiduidad y no poca fortuna este tipo de comedia denominada “farsa”,
porque su visión
humorística de la vida se despoja del respeto a
la inmediata realidad y nos traslada a un mundo arbitrario» (Ya,
20 oct. 1954).
En opinión de Alfredo Marqueríe,
tal vez el crítico que
se mostró más severo hacia esta nueva obra
del autor, los dos planos en los que se desarrollaba la
acción, el «risueño romanticismo» y
la sátira, no acababan de encajar del todo bien: «Si
Ruiz Iriarte hubiera construido su farsa en cualquiera
de esos dos planos –en el lírico
o en el humorístico–, habría alcanzado
perfectamente su objetivo, porque le sobran condiciones
de buen autor para conseguirlo. Y en La cena
de los tres reyes, aunque todo lo que se diga o
suceda sea convencional, arbitrario, exagerado e incluso
absurdo, las frases intencionadas, el juego escénico
de los personajes, la dosificación de la intriga
y de los efectos acusan el pulso y la sabiduría
y hasta la experiencia del comediógrafo.
Pero la adición de elementos heterogéneos
es lo que nos parece equivocado e incluso desconcertante
por muy farsa que sea». Por todo ello,
Marqueríe se mostraba algo decepcionado ante un
autor del que esperaba mayores logros: «La gente
se distrae, se divierte, se ríe, y hasta
en algún instante se conmueve un poquito. Y como
esa era la pretensión
de La cena de los tres reyes, todos tan contentos.
Todos, menos el crítico,
que espera más de Víctor Ruiz Iriarte, que
le exige más,
porque recuerda su filiación literaria y la línea
certera –y
clara– de sus comienzos» (abc, 20
oct. 1954).
Ya desde el comienzo de la obra se
nos sitúa
a los espectadores –lectores,
en este caso– en un plano despojado «del respeto
a la inmediata realidad»,
tal como señaló González Ruiz en su
crítica. Todo
en esta obra es excepcional e insólito, comenzando
por el propio espacio en que se desarrolla la acción:
la acotación inicial nos lo describe
como un pequeño hotel internacional situado en plena
montaña, un
espacio confortable y cálido situado entre cumbres
nevadas. Es un espacio idílico, alejado de la rutina
cotidiana y propicio para vivencias únicas
e insólitas. A la excepcionalidad del espacio se
suma la de los personajes: unas camareras que se encariñan
con sus huéspedes, una estrafalaria
Duquesa que vive en el pasado, una actriz de cine a la
que le gusta llorar, los tres variopintos monarcas, la
pareja de espías soviéticos… También
es singular la fecha del encuentro, ya que es Navidad.
De hecho, el paisaje nevado, la particular fecha y el hecho
de que sean tres los monarcas que se van a reunir sugieren
al lector, en un principio, que puedan tratarse de los
Reyes de Oriente, situándonos así en un territorio
aún más irreal y
legendario.
Cuando todo parecía indicar que la historia
iba a transcurrir en el plano de la fantasía, lo
político hace acto de aparición, llegando
a adquirir una importante presencia. Serán las palabras
del príncipe
Federico las que por vez primera nos lleven al terreno
de lo real y de lo político.
Federico tiene un sentido práctico, quiere ser útil
a su pueblo; además, le gustan los libros y el estudio,
y sueña con una organización
más racional y más justa de la sociedad.
Mientras que los otros dos monarcas, al igual que la Duquesa,
añoran el pasado, él vive
para el futuro, preparándose continuamente para
estar algún día
a la altura de su cargo. Sin embargo, lejos de obtener
ningún reconocimiento
por ello, en el entorno del hotel, Federico no es sino
una extraña excepción;
se diría que está más inadaptado que
cualquiera de los demás
excéntricos personajes.
Poco después de que
Federico exponga sus aspiraciones, hace su aparición
la pareja de espías soviéticos, Koproff y
Molinsky, quienes harán
derivar la acción por los rumbos de la sátira.
Escrita en plena guerra fría, La cena de los
tres reyes muestra
una visión
claramente caricaturesca de estos personajes. En sus gestos,
en su modo de vestir, en sus palabras y hasta en la entonación
(en alguna ocasión «recitan» en
vez de hablar), Koproff y Molinsky parecen destinados en
muchos casos a provocar la hilaridad del público.
No menos cómica resulta la incongruencia
de estos personajes: les encanta ser reconocidos aunque
sean espías, y
a la hora de ser ostentosos y derrochadores, son capaces
de sorprender a los propios monarcas europeos (el propio
rey Alberto dirá que «el verdadero
lujo es una consecuencia de la revolución»).
Y no solo ellos son ridículos e incongruentes; también
lo es el sistema político
al que sirven: tan ridículo y absurdo que sus dirigentes
han decidido que a partir de ahora serán «de
derechas»; para tales dirigentes,
lo importante no es ser coherente con una ideología,
sino perpetuarse en el poder. Los propios espías,
tal como les dicta el Partido, reniegan de los «viejos
métodos revolucionarios». El comunismo, auténtica
bestia negra para el régimen de Franco, era continuamente
desacreditado en los medios de comunicación oficiales,
por lo que la visión sesgada
y ridiculizante que se propone en esta comedia formaba
parte de una línea
de opinión muy extendida. De este modo, el crítico
de Informaciones,
Adolfo Prego, en un intento de afirmar que la visión
de Ruiz Iriarte era más objetiva de lo que parecía,
señaló que estos
personajes, «dentro de su graciosa misión
satírica, nunca
dejaron de obedecer a una rigurosa correspondencia con
lo que cualquier lector de periódicos puede encontrar
en las informaciones sobre los cambios de la “línea
del partido”» (20 oct. 1954).
Claro que la
ficción anticomunista no solo se daba en la España
de la dictadura; poco antes del comienzo de la «guerra
fría» había
tenido lugar el estreno en Estados Unidos de la película Ninotchka (1939),
de Ernst Lubitsch. Y tan solo tres años antes del
estreno de la cena se
había estrenado en Madrid una versión teatral
de esta película
(Comedia, 25 mar. 1951). Se trata de una farsa político-sentimental
sobre una implacable mujer soviética que llega a
París para recuperar
un valioso cuadro que tres torpes funcionarios soviéticos
no han sido capaces de conseguir. Al final, entre el «glamour» de
la vida parisina, el amor de un abogado y la rivalidad
femenina con la princesa rusa propietaria del cuadro, todo
se arregla para la enamorada y transformada Ninotchka.
Es de suponer que Conchita Montes, actriz principal y autora
de la versión española,
dirigida por Edgar Neville, trató de reproducir
en su texto los famosos «toques
Lubitsch», toques de elegancia, gracia y agudeza
que Ernst Lubitsch era famoso por derramar en su cine y
también en Ninotchka,
protagonizada por Greta Garbo, mito del cine al que también
intentaría asimilarse
nuestra Montes. Una Garbo siempre fría y hierática
que, en Ninotchka,
reía; la publicidad lo explotó en los carteles
desde el principio con el lema «Garbo laughs».
La historia original de Melchior Lengyel fue adaptada al
cine por Billy Wilder en colaboración con otros
escritores, y supone una tempranísima sátira
del estalinismo donde aparecen todos los tópicos
anticomunistas al uso: el burocratismo ineficaz, las purgas
siberianas, los seres sin espíritu, el partido –«solo
un monumento de expedientes, venganzas y crueldades» (79)– y
sus irracionales bandazos –«el Tiziano ya no
interesa en Moscú.
Han descubierto que era de derechas» (80)–.
Más directo será Lubitsch
en To be or not to be, 1942.
Pero no solo el comunismo
queda en entredicho en La cena.
También
queda caricaturizado Alí-Harom, el monarca musulmán,
al que se presenta como infantil, caprichoso y ególatra.
Con él, queda caricaturizado
un tipo de monarca absolutista que tiene al pueblo sometido
a su capricho. También
se hace referencia a los anarquistas, en boca de la excéntrica
Duquesa, que los retrata como asesinos mediante el recurso
de aludir a uno que no lo era: «Una
vez, en Berlín, se enamoró de mí un
anarquista muy simpático
que se ganaba la vida haciendo atentados… Pero no
había matado
a nadie. Era un bendito». Ni siquiera las derechas
europeas saldrán
del todo bien paradas. Alberto, el personaje al que el
autor muestra como el más lúcido y experimentado,
tampoco muestra ninguna simpatía
por ellas: en su país gobierna «una República
de derechas»,
y según él, «las derechas no le ayudan
a uno nada…».
Especial atención merece
el intelectual y demócrata príncipe
Federico, que aspira a «gobernar con ideas» y
que piensa que la vida ahora es «más bonita
y más justa» que antiguamente.
Este es tachado de ingenuo por Alberto, quien años
atrás tuvo las
mismas ideas que él y a consecuencia de ellas fue
destronado. Si, a diferencia de los comunistas, Federico
aparece dibujado con mayor proximidad y simpatía
por parte del autor, lo cierto es que la sucesión
de los acontecimientos parece darle la razón a Alberto,
quien afirma que lo que quieren los súbditos
es un príncipe de leyenda, y no un demócrata.
De hecho, el propio Federico, demostrando la poca solidez
de sus convicciones, cambia de opinión
en cuanto se enamora, y con tal de seducir a su amada,
no duda en transformarse en un nuevo tipo de rey, totalmente
opuesto al que antes quería ser. Por
si fuera poco, el príncipe, desde su nueva óptica,
piensa ahora que su antigua ideología lo hacía «un
rey prisionero»,
mientras que su dedicación al amor y su nueva pose
más enérgica
y dominante lo convierten en «un Príncipe
libre», «el
Príncipe audaz y aventurero que quieren mis partidarios».
Lo ilusorio triunfa así sobre lo racional, y el
retorno a la tradición triunfa
sobre la esperanza de un futuro mejor.
Pero en esta obra
no solo el pueblo desea un príncipe a la antigua
usanza; también las mujeres, se llega a sugerir,
quieren a un hombre que las domine: así, Paloma
quiere «un príncipe joven, fuerte, dominador».
En su faceta de príncipe intelectual y demócrata,
Federico le recuerda a su antiguo novio René, y
a los hombres como René no se les puede
querer, afirma, más que como quieren las madres
a los hijos. Y aquí entramos
en la parte más espinosa y posiblemente en la que,
vista desde hoy, resulta más políticamente
incorrecta: el dominio y hasta la violencia física
que Paloma le reclama a Federico. La escena en la que esta
le pregunta si estaría
dispuesto a pegarle, y a continuación celebra su
respuesta afirmativa tal vez podía resultar jocosa
para los espectadores de la muy machista sociedad española
de la Dictadura, pero al público de hoy le resultaría,
cuanto menos, desacertada.
En similar línea se encuentra
la actitud que adopta Molinsky ante la camarera Silvia:
se maravilla de su ignorancia en temas políticos
y se siente seducido por su negativa a darle un beso, así como
por su afirmación de
que en su país las mujeres solo se casan una vez.
Desde sus primeras intervenciones, este personaje deja
claro que el país que ha descubierto a través
de su viaje le resulta mucho más agradable que el
que ha dejado atrás,
idea que irá tomando cada vez más fuerza
conforme vaya conociendo mejor su forma de vida. De algún
modo, no solo el hotel representa un espacio idílico
entre las frías montañas nevadas; también
el país en que está situado es un entorno
que aparece como ideal a los ojos del más joven
e ingenuo de los comunistas: desde sus paisajes hasta sus
catedrales, e incluso la mentalidad de las jóvenes
del lugar.
El repaso por las distintas posturas
políticas que
aparecen a lo largo de la obra deja ver que la falta de unidad
estilística que acusaba Marqueríe puede estar
relacionada con la perspectiva que adopta el autor ante los
distintos personajes: satírica cuando los encuentra
risibles y absurdos, y en clave de comedia amable cuando
los considera más próximos y humanos. Visto
el escepticismo con que son contempladas todas las ideologías
referidas en esta obra, el autor, como su «alter ego»,
el rey Alberto, parece adoptar una actitud apolítica,
al margen de izquierdas y de derechas. Una actitud poco menos
que imposible en la España de la época, cuando
desde el propio régimen franquista se fomentaba el
apoliticismo. De algún modo, se invitaba al complaciente
espectador burgués de los años cincuenta a
sentirse, junto con Alberto, al margen y por encima de cualquier «ideología»,
y viviendo en un país que no era ni mucho menos
el peor de los posibles.
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(1) En
estos años, Luca de Tena, desde el teatro Alcázar,
intentaba sacar adelante su compañía
La Máscara, en el sector privado, con muchas
dificultades, recurriendo no solo a Ruiz Iriarte sino
también a Buero Vallejo (Casi un cuento
de hadas, Alcázar, 10 ene. 1953; Madrugada,
Alcázar, 9 dic. 1953), a Miguel Mihura (El
caso de la señora estupenda, Alcázar,
6 feb. 1953) o a Ladislao Fodor (Europa y el toro,
Alcázar, 10 sept. 1953).
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Obras
citadas: |
Leygen [sic], M. y M.G.
Sauvajon. Ninotchka. Trad. Conchita Montes.
Madrid: Alfil (col. Teatro 54), 1953. |
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| En
'La cena de los tres reyes', junto al componente
amoroso, que no podía faltar, hay también un claro
y explícito componente político, hasta el punto de
que en cierto modo nos encontramos ante una obra
de teatro político. |
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