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La
guerra empieza en Cuba se estrenó el 18 de
noviembre de 1955, en el Teatro Reina Victoria de Madrid,
y fue uno de los mayores éxitos de la
trayectoria de Ruiz Iriarte. En su reparto figuraban algunos
de los actores más conocidos de su tiempo, como
José Bódalo, Miguel Ángel o Tina Gascó –quien
interpretó a las gemelas protagonistas–, junto
con otros que alcanzarían la popularidad unos años
después, como María Luisa Ponte o la entonces
jovencísima Gracita Morales. El autor, siguiendo
una tendencia muy habitual entre los comediógrafos
españoles de los años cincuenta, participó activamente
en la dirección de su texto, tal como él
mismo comentaba en una entrevista: «Desde el primer
día en que leí la comedia, no dejé de
asistir [a los ensayos]. He dirigido algo, junto a Fernando
Granada, que es el director de la Compañía
y que montó francamente bien la obra» (La
Vanguardia en Madrid 19 nov. 1955). La buena
acogida de esta comedia fue tal que, al tiempo que se representaba
en Madrid –donde alcanzó las ciento veintitrés
representaciones–, se formó una nueva compañía,
también dirigida por Fernando Granada y protagonizada
por la actriz uruguaya Margot Cottens, para interpretarla
en gira por las provincias, y la propia compañía
de Tina Gascó, tan solo unos días después
de finalizar las representaciones en el Reina Victoria,
pasaría a representarla en Barcelona.
Este nuevo éxito
de Ruiz Iriarte venía a
sumarse a otros obtenidos en la misma década, como El
gran minué (1950), Juego de niños (1952)
y La soltera rebelde (1952); década que
será la de más intensa actividad del autor
en los escenarios. Con motivo del estreno de esta comedia,
el cronista del diario Madrid señalaba
que «Víctor Ruiz Iriarte puede considerarse
en verdad como uno de los tres autores de moda» (22
nov. 1955), e igualmente, Ángel Laborda destacaba
su relevancia en aquel momento en el panorama teatral español
y comentaba así la expectación que causaban
sus estrenos:
Un estreno de Víctor Ruiz
Iriarte. Esto es, un estreno de uno de nuestros escasos
valores jóvenes consagrados.
La trayectoria de Ruiz Iriarte en el teatro es limpia,
sincera, entusiasta, llena de una ilusión poco común.
Trabaja sin prisa, pero sin pausa. Tiene la lentitud de
la estrella. Pero también su seguridad en el brillo
y en la exactitud de sus apariciones. Así, pues,
esta noche vuelve a aparecer esta luminosa estrella de
Víctor, en el Reina Victoria, con esa puntualidad
y ese esmero que caracterizan a todas las producciones
de este autor. Y el público le espera con ilusión,
con la misma ilusión que él pone en sus
comedias. (Informaciones 18 nov. 1955)
En esta obra el autor
se enfrenta con un tema de larga tradición en la
literatura occidental, el tema del doble, del que los gemelos
no son sino una variante. En el territorio de la comedia,
desde el Anfitrión de
Plauto, argumento al que vuelve Molière en su obra
homónima, hasta La comedia de los errores,
de Shakespeare, o Los dos gemelos venecianos,
de Goldoni, han sido muchos los textos que han jugado con
los equívocos a los que tan bien se presta este
motivo. También en el género trágico
el tema de los gemelos ha dado sus frutos, a veces en forma
de odios e intereses enfrentados entre los hermanos, como
sucede en La Tebaida de Racine, o aquí en
nuestro país en El otro de Unamuno.
El
Romanticismo se interesó por el fenómeno
del doble como representación del lado oscuro y
misterioso del ser humano, y a partir de entonces se escribirían
numerosos relatos, entre los que se pueden citar Los
elixires del diablo de E.T.A. Hoffmann; El extraño
caso del Dr. Jekill y Mr. Hyde de Robert Louis
Stevenson; William
Wilson de Poe; El retrato de Dorian Gray de
Wilde, o El doble de Dostoievsky; por citar solo
los más significativos.
Aunque el tratamiento que
Ruiz Iriarte hace del tema guarda más estrecha relación
con el de las comedias de equívocos que con el de
los autores que buscaron una forma de enfocarlo de mayor
calado, también
hay elementos –como el odio y el temor mutuo entre
Adelaida y Juanita, o el giro que la comedia toma al final– que
tienen más que ver con ese otro enfoque de quienes
se han acercado al tema con más profundidad. De
hecho, puede decirse que el autor propone un doble tratamiento
del motivo, al crear dos parejas de gemelas: una, la de
Rosita y Teresita, tratada en pura clave de comedia, y
la otra, de mayor peso en la obra, la de Adelaida y Juanita,
que combina los elementos de la comedia y el equívoco
con esos otros elementos más oscuros a los que el
tema se presta.
No obstante, pesan más, como
se dijo, los componentes de la comedia de enredo sobre
otros cualesquiera, tal como señaló el conocido
crítico Alfredo
Marqueríe:
Ruiz Iriarte, al idear el asunto
de su farsa, ha podido seguir muchos caminos, uno de
ellos, por ejemplo, el que Ana Bonacci emprendió con La
hora de la fantasía,
poniendo en choque y contraste las vidas de dos mujeres –una
austera y la otra frívola– que se definen
por los ambientes en que se desenvuelven. Pero el autor
de esta historieta escénica ha preferido limitar
su ambición a un pasatiempo intrascendente, aunque –justo
es reconocerlo– francamente divertido. (ABC 19
nov. 1955)
También insistieron en su
comicidad Elías
Gómez Picazo, quien calificó la pieza de «divertidísima
farsa» (Madrid 19 nov. 1955) y José Antonio
Bayona, quien la definió como «una pieza maestra
cómica» (La Vanguardia Española 20
nov. 1955), entre otros. El propio autor destacó el
carácter farsesco de su obra al subtitularla como «Farsa
en dos actos».
Ruiz Iriarte utiliza el tema del
doble, por una parte, para crear una serie de situaciones
cómicas
mediante la pareja que forman Teresa y Rosita, que, como
atestiguó la
crítica, provocaron la hilaridad del público
de su tiempo (Marqueríe señaló que
las actrices estuvieron «graciosísimas» en
estos papeles), y por otra, para crear un contraste entre
dos tipos humanos, la severa Adelaida, y la vital Juanita.
Pero además, junto con la idea de explotar las posibilidades
cómicas, e incluso las dramáticas, del tema,
cabría pensar si en la elección de ese tema
no pesaría igualmente la idea de crear un papel
apto para el lucimiento de Tina Gascó, actriz que
había interpretado con anterioridad varias obras
del autor. De hecho, el desdoblamiento de la actriz en
sus dos papeles de Adelaida y Juanita fue ampliamente alabado
por la crítica.
Adelaida es un personaje inflexible
que reprime sus propios afectos y no duda en reprimir a
los demás, lo que
le granjea el temor de cuantos la rodean; ya desde su primera
aparición en escena, el autor la muestra prohibiendo
divertirse al resto de los personajes. Juanita, por el
contrario, es simpática y emotiva, y prefiere seguir
sus impulsos antes que preocuparse por el «qué dirán»,
aunque ello le suponga el rechazo de su propia familia;
a cambio, los mismos que temen a su hermana, a ella la
encuentran encantadora. Pero Adelaida no es solo un personaje
excesivamente severo; es la Gobernadora, por lo que su
austeridad tiene reprimida a toda la provincia, en la que
ha prohibido los bailes públicos, ha cerrado los
cafés nocturnos, ha prohibido los juegos de cartas… De
hecho, cuantos la rodean están deseando que se produzca
un cambio, una «revolución» que
acabe con esta agobiante severidad en las costumbres. Dicha «revolución»,
según se atreve a aventurar Pepito, vendrá de
la mano de un «libertino», un «sinvergüenza» que
no le tenga miedo al escándalo. Y en efecto, la
llegada de Javier, que encarna a ese deseado libertino –personaje
de igual larga y rica tradición literaria–,
es el desencadenante de los equívocos que podrán
en entredicho la moralidad de Adelaida. A su llegada se
suma la de Juanita, llena de deseos de venganza y decidida
a acabar con la buena reputación de su hermana.
No
obstante, cuando todo parecía apuntar a una caída
de Adelaida, el autor se las ingenia para hacer que el
personaje salga reforzado, y el motor de los cambios que
se producen no será ni el libertinaje, como querían
el Marqués o Pepito, ni el odio, como deseaba Juanita,
sino el amor, que transformará a Juanita, así como
la propia capacidad de Adelaida de cambiar de actitud al
constatar la simpatía que su hermana despierta en
quienes la rodean. Al igual que en otros de sus textos,
en La guerra empieza en Cuba el autor hace una
llamada a la comprensión y una invitación
a que cada ser humano saque lo mejor de sí. Así pues,
tras un momento de vacilación en el que el orden
establecido parecía tambalearse, todo conduce a
un restablecimiento de ese orden y a un feliz desenlace,
como es de rigor en el género de la comedia.
La obra
está ambientada, como su título anuncia,
en el momento en que está a punto de estallar la
guerra de Cuba, por lo que se trata de una pieza de teatro
histórico, si bien, a diferencia del teatro histórico
que unos años después empieza a escribirse
en nuestro país (corriente que inaugura Buero Vallejo
con Un soñador para un pueblo [1958], y
de la que cabe destacar, por estar ambientada en la guerra
de Cuba, Bodas que fueron famosas del Pingajo y la
Fandanga, de José María Rodríguez
Méndez [1965]), la obra de Ruiz Iriarte no utiliza
la historia para indagar sobre las causas de los problemas
del presente, ni para desentrañar un episodio clarificador
de nuestro pasado, sino que utiliza el marco histórico
como ambientación para situar a unos personajes
y unas anécdotas que podrían pertenecer a
cualquier otra época o circunstancia histórica.
Su público era bien distinto del de los autores
realistas, y estaba más preocupado por pasar una
velada entretenida que por ahondar en los orígenes
de los problemas del país. En cualquier caso, atacar
la severidad y la rigidez moral en la España de
los años cincuenta, en pleno auge del nacional-catolicismo y
con el severo Gabriel Arias Salgado al frente del Ministerio
de Información, era una propuesta que tal vez el
autor consideró que debía afrontar en un
marco histórico y geográfico alejado.
El
distanciamiento temporal, por otra parte, es utilizado
para caricaturizar una serie de comportamientos y de situaciones,
e incluso el tipo de teatro que entonces se hacía.
En efecto, al principio de la obra, el autor aprovecha
la distancia histórica para hacer una parodia del
teatro tardorromántico que triunfaba durante aquellos
años, un teatro altisonante, melodramático
y declamatorio, muy distinto de la ligereza, dinamismo
y «buen gusto» que caracterizan al teatro del
propio Ruiz Iriarte, que cambia de registro en cuanto termina
la primera escena. Pero el tono caricaturesco no se limita
a esta escena primera, sino que predomina en toda la comedia,
y así fue destacado por la crítica de su
tiempo; en este sentido, A. Martínez Tomás
escribía:
La cualidad más destacada
de La
guerra empieza en Cuba […] es su perfil
de originalidad. Se trata, en efecto, de algo diferente
y, en cierto modo, nuevo, por el tono caricaturesco
con que ha sido creado el ambiente que sirve de fondo
a la farsa y por los rasgos de fino humorismo de la
reducida pero pintoresca humanidad que se mueve en
la escena. (La
Vanguardia Española 28
ene. 1956)
Adolfo Prego destacaba igualmente
este tono farsesco, y señalaba incluso que esta obra suponía
un cierto viraje en la trayectoria del autor:
La guerra empieza en Cuba significa
un cierto cambio de rumbo en el estilo
dramático de Ruiz Iriarte. No hay en la pieza aquella
constante derivación hacia el mundo del ensueño
que constituía hasta
ahora una de las características más constantes
y visibles del autor. Pasa a primer plano una intención
satírica que toma como
blanco las costumbres provincianas de fines de siglo,
lo que parece inscribirse en una tendencia general de
nuestro teatro moderno.
Dentro del conjunto de la producción
del autor, esta es una de sus piezas mejor valoradas. Además
de su éxito de público y de crítica
durante sus representaciones teatrales, la obra se tradujo
al inglés, se llevó al cine y fue retransmitida
por televisión. En su estudio sobre el teatro de
este autor, Víctor García señala que La
guerra empieza en Cuba «es, a mi entender,
la mejor de las comedias escritas por Ruiz Iriarte en
este período, por la habilidad y compenetración
con que combina un humanísimo trazado de los personajes
principales con una bien graciosa y perfectamente construida
estructura de farsa» (García Ruiz 184).
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Obras
citadas: |
García
Ruiz, Víctor. Víctor Ruiz Iriarte:
autor dramático.
Madrid: Fundamentos,
1987. |
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| La
buena acogida de esta comedia fue tal que, al tiempo
que se escenificba en Madrid (llegó a 123 representaciones),
se formó una nueva compañía para interpretarla
en gira por las provincias. |
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