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Título: La muchacha del sombrerito rosa, comedia  en dos actos, el segundo dividido en dos cuadros. Autor: Víctor Ruiz Iriarte. Estreno: Teatro Arlequín, de Madrid, la noche del 18 de abril de 1967. Director: Enrique Diosdado.
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La muchacha del sombrerito rosa
 
El exilio, en voz baja
Juan Antonio Ríos Carratalá • Universidad de Alicante
         
 

El «teatro de la esperanza» de Víctor Ruiz Iriarte necesitaba en la década de los sesenta nuevos temas y desafíos para extender su mirada tierna y comprensiva. El estreno de una comedia de amor, «un puro quejido amoroso limpio de todo color erótico», suponía un acontecimiento insólito en la España de la frivolidad recreada en anteriores obras (Enrique Llovet. Informaciones 19 abr. 1967). En pleno éxito de Alfonso Paso, el autor de La muchacha del sombrerito rosa sigue fiel a sus raíces que le sitúan, junto con José López Rubio, en la estela de Jacinto Benavente. «El sentimentalismo mesurado, la buena proporción de los tipos de total hechura española, el lenguaje limpio, de auténtico escritor; la moderación ideológica, la absoluta conformidad con las formas de nuestra sociedad burguesa y el completo dominio del arte de escribir comedias completan la ficha técnica de Víctor Ruiz Iriarte», según Francisco García Pavón (Arriba 19 abr. 1967).

Sin embargo, el comediógrafo percibía que esa concepción del hecho teatral debía incorporar una realidad cambiante y aprovechar los tímidos intentos de apertura del franquismo durante la etapa desarrollista. La dificultad era compaginar la tradición con la actualidad, pero el aliciente de poder seguir en la cartelera resultaba prometedor cuando los estrenos del autor se espaciaban y su actividad se diversificaba.

Las palabras debían medirse en tiempos de censura y los eufemismos invitaban a leer entre líneas. No obstante, la postura de Víctor Ruiz Iriarte resulta clara cuando apuesta por aprovechar una más generosa «fiscalización» del pensamiento y la imaginación gracias a la llamada Ley Fraga, de 1966:

Hasta hace muy poco tiempo, entre nosotros, por insobornables circunstancias históricas, había un teatro que se podía hacer y un teatro que no se podía hacer. Unos cuantos autores hemos hecho a lo largo de estos años el teatro que se podía hacer. Esto no quiere decir que si hubiéramos podido hacer el otro teatro, el que no se podía hacer, no hubiéramos hecho, además, el que hemos hecho. Hoy, por fortuna, la aduana que fiscaliza el pensamiento y la imaginación es más generosa. Ello significa que todos debemos intentar ahora ese teatro que no se ha podido hacer. Estamos a tiempo. (Rof Carballo 167)

Un ejemplo de esta actitud, con sus contradicciones y limitaciones, es La muchacha del sombrerito rosa. La comedia aborda un tema hasta entonces inédito en los escenarios del franquismo: la vuelta de un exiliado de la guerra civil. El desafío podía resultar polémico y la precaución, sin necesidad de traicionar la propia concepción del teatro, indicaba la necesidad de limar las aristas ante la censura. La primera cautela era presentar la comedia como «una historia de amor con su pasado y su presente, su nostalgia y su esperanza». No cabe hablar de falsedad o de cinismo. La relación entre Leonor y Esteban está marcada por el amor, incluso es un canto a un sentimiento que –como se explica en la obra– no necesita de razones. Tampoco de circunstancias, podríamos añadir. Sin embargo, la crítica pronto percibió que esa historia protagonizada por una mujer que representa lo más sacrosanto de la España oficial y un hombre proveniente del exilio tenía otras lecturas. La reseña de Lorenzo López Sancho en ABC percibió que el conflicto de la comedia «podría ser transportado: cómo la España que ha quedado aquí recibirá con amor y comprensión a la España que se fue y que debe regresar con todas sus consecuencias» (20 abr. 1967). Otros muchos espectadores trazarían el mismo paralelismo, que subyace a lo largo de una comedia a medio camino entre la seguridad de trazar historias de amor y el riesgo de hablar de una reconciliación con implicaciones nada sentimentales.

La segunda precaución de Víctor Ruiz Iriarte es vaciar de carga polémica la presencia del exiliado que ha decidido regresar a España. Esteban Lafuente es lo que su muy monárquica esposa considera un «intelectual de izquierdas»; en realidad, solo un republicano convencido, un institucionista que ha rodado por el exilio y se ganado la vida durante treinta años enseñando literatura. Esteban podría ser cualquiera de los jóvenes estudiantes asiduos del Centro de Estudios Históricos. Nunca se menciona una militancia o una actividad política. Incluso parece haber un alejamiento de ese pasado, de unos juveniles tiempos republicanos solo evocados desde la nostalgia de la plenitud sentimental. Su trabajo como profesor universitario y escritor le lleva a temas tan escasamente comprometidos como la literatura, aunque su nombre goce de una insospechada popularidad que alcanza incluso los telediarios. El hombre nostálgico, solitario, padre de tres hijas –de otra mujer– y enamorado de la esposa abandonada en España a los pocos meses de la boda, se encuentra a su vuelta con las puertas abiertas, disfruta de absoluta libertad para desarrollar su tarea y hasta parece abrumado. El agradecimiento se impone y el comportamiento de Esteban Lafuente disipa cualquier posible duda o resquemor. Las críticas del exiliado se circunscriben a los correligionarios incapaces de comprender el paso adelante que ha dado con su regreso.

El optimismo de Ruiz Iriarte en este sentido apenas se corresponde con la realidad histórica, reflejada, entre otros, por Max Aub en La gallina ciega (1969). El diario de Aub sobre los dos meses pasados en España tras un exilio de treinta años parte de una premisa: «he venido, pero no he vuelto». La consecuencia es un desencuentro teñido de pesimismo y crítica. El regreso de los exiliados, incluso de aquellos con escasa relevancia política, estuvo marcado por situaciones conflictivas. Los éxitos y los reconocimientos se circunscribieron a casos excepcionales como el del dramaturgo Alejandro Casona o, más tarde, el novelista Ramón J. Sender. Otros muchos intelectuales o creadores volvieron en silencio y con el compromiso de mantenerlo, al modo de Juan Gil-Albert.

El protagonista de la comedia de Víctor Ruiz Iriarte «viene sometido, aceptador, sin rebeldías de ninguna clase», afirma Lorenzo López Sancho (ABC 20 abr. 1967). Su identificación con la España del franquismo no se deduce de sus palabras, salvo apreciaciones genéricas y de común aceptación, como su confianza en la juventud. El silencio es absoluto en un tema comprometido y polémico: la opinión de un exiliado ante lo observado en su país. Las motivaciones del regreso se reducen a la nostalgia y a su condición de «viudo» a la búsqueda de una madre para sus tres hijas. Los sentimientos se combinan con las obligaciones paternales sin pasar por la razón política. Sin embargo, una vez en Madrid, Esteban Lafuente triunfa hasta tal punto que apenas se comprende su marcha al exilio en marzo de 1939. Tal vez todo se redujera a un impulso juvenil y, como tal, digno del perdón.

Esta presentación del «intelectual de izquierdas», pues no cabe hablar de transformación en la medida que desconocemos su anterior trayectoria, facilita el reencuentro con su esposa, Leonor, que le ha permanecido fiel durante casi treinta años. Esteban Lafuente no aparece en la comedia como un extraño o un individuo distante a causa de un largo exilio. Desde la primera escena lo vemos como el marido, lógico y real, de Leonor, aunque medie una separación de décadas y una supuesta confrontación ideológica. El amor que de nuevo les une no pasa por la reconciliación entre un hombre de izquierdas y una mujer de derechas, entre el exilio republicano y la España franquista de acuerdo con «el pensamiento político de segundo grado de la pieza» (ABC 20 abr. 1967). Este nominalismo apenas se corresponde con la realidad del personaje masculino y, claro está, la dictadura de Franco tampoco se caracterizaba por el amor, sin razones ni circunstancias al modo defendido por la singular Leonor. En consecuencia, la supuesta reconciliación no se plasma en el escenario porque la esposa no acepta la coexistencia con el contrario. Todo se reduce en realidad a la asimilación de quien, por ser tan próximo en el plano moral, sentimental y social –el político ni se menciona-, no debía permanecer en el exilio. Esteban Lafuente es aceptado en Madrid y en el emblemático domicilio de la plaza de París, porque Ruiz Iriarte le ha despojado de cualquier rasgo que le caracterice como exiliado y le ha convertido en un marido de los muchos que pueblan sus comedias: elegante, mesurado y atento. Un caballero español, en definitiva.

La estrategia del comediógrafo no presupone un cálculo cínico o estéril. La renuncia a presentar un exiliado, con el inevitable choque de perspectivas, es una condición indispensable para evitar la censura. Otra opción habría sido inútil desde el punto de vista profesional, pero la elegida resulta compatible con un avance en relación con épocas anteriores. El tema del exilio aparece como novedad en los escenarios del teatro comercial, aunque sea en voz baja y envuelto en una idealista comedia de amor. El exiliado de La muchacha del sombrerito rosa tiene un rostro humano y hasta positivo. Y, lo más importante, su esposa Leonor encarna a una España dispuesta a derrochar amor y comprensión, incluso perdón, después de celebrar «los veinticinco años de paz» con la consigna del olvido. Las tres hijas de Esteban Lafuente abandonan sus pretensiones de independencia en el extranjero. Ni siquiera insisten en llevar minifalda. El propio padre se asimila al papel que le correspondería en aquel Madrid. Leonor, en consecuencia, se limita a retomar el curso natural de lo que habría sido su vida de no haber mediado una guerra. La esposa se expone a las críticas de los suyos, pero no modifica su pensamiento o su comportamiento, a pesar del cambio que se produce con el regreso del marido exiliado. Y, sin ese sacrificio o autocrítica que sería parte de la reconciliación nacional, Leonor queda ensalzada como ejemplo positivo gracias al amor, el concepto que tantos efectos balsámicos alcanza en las comedias de Víctor Ruiz Iriarte.

La crítica periodística tampoco se plantea el conflicto que supone la presencia del exiliado Esteban Lafuente. José Montero Alonso prefiere insistir en la inteligencia y la sensibilidad del comediógrafo a la hora de cultivar el teatro de la esperanza. El resultado es una «hermosa comedia», con «materiales nobles, palpitación humana, envoltura emotiva y sonriente» y una palabra «que tiene siempre una clara, sencilla y penetrante cadencia» (Madrid 19 abr. 1967). Enrique Llovet observa en La muchacha del sombrerito rosa «incitaciones, ternuras, deseos de entender, intuiciones, densidades y suspiros». Su confluencia permite comprender que la obra fuera «recibida con asombro y admiración» (Informaciones 19 abr. 1967). Nicolás González Ruiz comparte esta opinión positiva: «Comedia interesante, digna, limpia, excelentemente dialogada y construida, llena de ternura, canto al verdadero amor y a la verdadera vida, tal como la entendemos los que la estimamos como un don de Dios, fuente inagotable de toda esperanza» (Arriba 19 abr. 1967). Lorenzo López Sancho considera que Víctor Ruiz Iriarte realiza «un magistral retrato de un alma de mujer utilizando los tonos habituales de su paleta literaria: ternura, poesía, humor, voluntad de esencializar lo vital, y empleándolos con el buen toque de un diálogo literario fácil, elegante y gracioso» (ABC 20 abr. 1967).

Estos elogios se extienden a la labor realizada por Enrique Diosdado como director y actor, así como a Amelia de la Torre, que encontró en Leonor un papel escrito a su medida. Su interpretación en La muchacha del sombrerito rosa fue «tan justa, limpia y sobria con su equilibrio entre la contención y la expresión de los sentimientos, que resultó arrebatadora», según Enrique Llovet. Los demás críticos de la prensa madrileña compartieron los elogios, que se extendieron al resto del reparto. El resultado fue un estreno culminado con los habituales saludos del elenco para corresponder a los aplausos en el teatro Arlequín. El ritual se cumplió una vez más y el veterano autor podía respirar tras un intervalo de año y medio sin estar presente en los escenarios, una circunstancia que por entonces sorprendía y hasta se reseñaba en la prensa.

A finales de los años sesenta, Víctor Ruiz Iriarte pensaba en la necesidad de llevar a los escenarios el teatro que no se había podido realizar hasta entonces, «por insobornables circunstancias históricas». Su intento fue más nominal que real, pues la figura del exiliado en La muchacha del sombrerito rosa se desdibuja para evitar polémicas y la reconciliación se reduce a una asimilación. Sin embargo, en aquel contexto y con un público nada predispuesto a las sorpresas, la simple presencia de un personaje como Esteban Lafuente ya suponía un paso adelante, corroborado por la actitud de su esposa Leonor. Ambos carecían de referentes en una realidad poco acorde con las esperanzas y los buenos sentimientos del comediógrafo, pero éste confiaba en la juventud, en un futuro donde el amor marcara el rumbo. El presupuesto del que parte La muchacha del sombrerito rosa es idealismo en estado puro, pero resulta coherente con el teatro bienintencionado, correcto y elegante de Víctor Ruiz Iriarte.

 
Obras citadas:
Rof Carballo, Juan y otros. El teatro de humor en España. Madrid: Editora Nacional, 1966
 

 

 
 
 
La comedia aborda un tema hasta entonces inédito en los escenarios: la vuelta de un exiliado de la guerra civil. El desafío podía resultar polémico y la precaución indicaba la necesidad de limar las aristas ante la censura.
 
 
ARCHIVO DE PRENSA, EN PDF
(procedente de la Fundación Juan March)
Autocrítica de "La muchacha del sombrerito rosa", que se estrena hoy. ABC, 18 abril 1967: 101.
"La muchacha del sombrerito rosa", de Ruiz Iriarte, en el teatro Arlequín / por Lorenzo López Sancho. ABC 20 abril 1967: 115.