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Título: La señora recibe una carta, comedia en dos actos. Autor: Víctor Ruiz Iriarte. Estreno: Teatro de la Comedia, de Madrid, la noche 15 de septiembre de 1967. Director: Víctor Ruiz Iriarte.
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La señora recibe una carta
 
Los ángeles escriben teatro
Óscar Barrero Pérez • Universidad Autónoma de Madrid
         
 

Rebasado el ecuador de los años sesenta, la sociedad española experimenta una trasformación a la que el teatro no podía resultar ajeno. Con el planteamiento de La señora recibe una carta, estrenada el 15 de septiembre de 1967, Víctor Ruiz Iriarte asumía el problematismo al que se aproximaba por entonces la comedia española, sin por ello renunciar a un final propio del género que tantos éxitos le había deparado. En una entrevista firmada en abc por Enrique Llovet y aparecida ese mismo día, Ruiz Iriarte hablaba de tres factores en sus obras: el humorístico, el sentimental y el patético. Nada decía del dramático.

A casi todos los críticos el nombre que les vino a la cabeza a la hora de redactar su crítica fue el de John B. Priestley. No se le reprochaba a Ruiz Iriarte tan directa evocación; no lo hacía Nicolás González Ruiz (Ya 16 sept. 1967), ni un comentario tan elogioso como el de F. Castán Cerezuela (Madrid 16 sept. 1967). Como en otras ocasiones, sí se le reprochaba que el desenlace resultara un tanto rosáceo. «No del todo convincente» lo consideraba Juan Emilio Aragonés en Informaciones, remachando que La señora recibe una carta no pasaba de ser «una bonita comedia» (18 sept. 1967). Más severo se mostraba Francisco García Pavón (Arriba 17 sept. 1967), ironizando en su comentario sobre lo que definía como una «seráfica estampa de colores suaves». «No me ha gustado esta comedia de Víctor, de mi buen amigo Víctor». ¿Motivo? «Yo creo que todo lo que pasa sobre el escenario de la Comedia es mentira. Es un juego muy bien hecho y muy bien movido, porque lo que sí es Víctor es un autor teatral; pero una mentira desde la primera palabra hasta la suposición del milagro final». García Pavón se alineaba así con las tesis del teatro como reflejo de la realidad social, atenuadas por una consideración posterior: «Toda esa rueda de sospechas que era donde podía residir la purgación psicológica y moral auténtica de los tipos queda en un corro de leves anécdotas y tiernas historias. Y no es que pretenda yo que toda criatura que aparezca en las tablas sea un ser escatológico. No, lo que pretende uno es profundidad, verdad, sensación de vida bullente y auténtica».

Creo que lo que deja insatisfecho a García Pavón no es tanto el planteamiento de la comedia, planteamiento que, después del bache de los diálogos iniciales, es, a mi juicio, satisfactorio por lo que tiene de intriga teatralmente bien construida, sino, una vez más en el amable Ruiz Iriarte, un desenlace obligado a dar satisfacción al género al que el autor sirve: la comedia.

Si bien el punto de partida, es decir, el error cometido por el portero al dejar la carta donde no debía, puede parecer artificioso, no cabe negar su adecuación como mecanismo teatral. La consecuencia es, además, verosímil, puesto que la crea un escritor, persona, por tanto, a quien cabe atribuir imaginación suficiente para pensar una trama como esa. Lo sucedido a partir de un determinado momento podría ser, efectivamente, parte de un argumento inventado por él para una de sus obras. El autor se ve forzado a estirar los diálogos más de la cuenta en una situación como esta, en que puede decirse que no les sucede nada a los ocho personajes. No le faltaba oficio, ciertamente, a Ruiz Iriarte para tal ejercicio de virtuosismo teatral. Aun así, hay caídas en el ritmo: a la obra le cuesta arrancar, y de hecho, todo el primer tercio de la representación discurre sin que la carta haya aparecido en escena. Demasiado tiempo. Es artificial, aunque inevitable para el conocimiento del espectador, la presentación de sus amigos por parte de Alberto.

La caracterización de los personajes puede considerarse satisfactoria. El anfitrión, Alberto, es un escritor pagado de sí mismo, deseoso de que sus obras sean escuchadas. Le gusta contar con público, especialmente femenino, y la gran noticia que todos deben escuchar es que acaba de concluir una nueva comedia. La que ha escrito será aprovechada por Alberto para una nueva representación, esta vez real: «Figuraos que en escena se hallan varios personajes. Gentes como nosotros, que se han reunido para pasar una velada agradable. Y de pronto, alguien llama a la puerta de la escalera…». Casualmente, en ese preciso momento alguien llama a la puerta.

Su esposa, Adela, una mujer de buen gusto y que, naturalmente, se siente celosa de hombre tan brillante como ante el espectador demuestra serlo, cree lo que la carta dice: que entre los invitados está la amante del señor de la casa. ¿Cómo no hacerlo? ¿Es un error su falta de confianza en su marido?

Alicia y Tomás forman una pareja perfecta. Él, famoso director de cine que gana sus buenos dineros. Entre él y su esposa los gastan tal como les llegan, sin apenas tiempo para darles reposo en la cuenta bancaria. Son un par de inconscientes felices de serlo. En ellos critica Ruiz Iriarte de manera muy evidente a la burguesía despreocupada de su tiempo. El alcohol tiene en estas reuniones una presencia muy notable, no por casualidad: «¡Hola ¿Ya os estáis emborrachando?»; «Pero poquito, poquito, que ya he bebido lo mío…»; «Pero ¿aquí se bebe o no se bebe? Si no se bebe me marcho…»; »Ahora nos vamos a emborrachar todos…».

Manuel y Teresa, por el contrario, son una pareja de orden, incomprensiblemente dentro del grupo. Él se levanta temprano para ir a la Bolsa y ella es su solícita esposa. En «los años de la ilusión, de la alegría y de la esperanza», es decir, los de la juventud, Manuel Alberto y Tomás eran buenos amigos. Siguen siéndolo.

Laura Fuentes acude a la reunión sin pareja. Es una actriz que conoció tiempos mejores. Ahora no le ofrecen contratos y eso es parte de su silenciosa infelicidad, contraste del aparente derroche de satisfacción que contempla a su alrededor: «Es que me siento sola, muy sola, espantosamente sola. A veces, cuando vuelvo a casa de madrugada y me veo envuelta en tanta soledad y en tanto silencio, me entra un miedo atroz y me dan ganas de gritar pidiendo socorro…».

También Marina está sola. Pero, a diferencia de Laura, ella es una chica insignificante en quien nadie se fijaría: «Yo no soy más que una pobre chica» es su carta de presentación ante los demás.

El autor salva con solvencia, una vez solucionado el problema de ritmo inicial, la dificultad de mantener la intriga durante una obra en la que se maneja un número tan escaso de elementos. La base es sencilla: dados los antecedentes de Alberto, es muy plausible que lo que se cuenta en la carta sea cierto. Su contraataque es el giro inesperado que permite prolongar el suspense y dividir en dos actos la obra. El segundo registra los enfrentamientos mutuos, las reticencias entre los presentes y la crueldad de Alberto con todos ellos. Puesto que han sido inmisericordes con él, este es el momento de su venganza. ¿Lo merecen todos? No, singularmente la única víctima final de la obra. Esa es la injusticia de la vida, y también de la pieza escrita por Ruiz Iriarte. Los comportamientos de unos y otros son interesantes análisis de personalidades en esta comedia que es de intriga y al mismo tiempo psicológica.

Ruiz Iriarte no desaprovecha la coyuntura para arremeter contra ciertos elementos propios de su tiempo. Por ejemplo, la inclinación ideológica de la dramaturgia de entonces, lo que aquí se llama «teatro social». Alberto ha encontrado la clave para contentar a todo el mundo con el desenlace de su obra. ¿Volverá el personaje? Esa solución, la propia del mismo Ruiz Iriarte, ya se sabe a qué conducirá: «la obra se convierte en una de esas comedias optimistas que ponen de mal humor a las minorías. Y me trituran. ¡Digo! ¡Que si me trituran!». ¿No volverá? «Entonces resulta que la comedia se trasforma en una obra pesimista, amarga, retorcida, triste, condenadamente triste. […] Algo muy importante, ya lo creo. Pero, ¡ay!, todo eso al gran público le cae fatal…». El avispado Alberto cree haber encontrado la fórmula mágica con solo un par de palabras, con las que me parece improbable que consiguiera ya, ante una crítica como la de 1967, despojarse de las etiquetas de «burgués superficial, frívolo y decadente» que le estaban adjudicando. No creo arriesgado trasladar al propio Ruiz Iriarte, teniendo en cuenta la fecha y ese cierto desvío de la crítica al que he hecho referencia arriba, la reflexión del personaje. Si es así y consideramos el criticado desenlace de La señora recibe una carta, el creador real prefirió no aplicarse la enseñanza.

Y es que el desenlace de La señora recibe una carta es insatisfactorio, por mucho que en él se hable de que el personaje afectado no volverá. Ese personaje no es el que importa. Importan todos los demás. Y esos se quedan ahí. Después de haberse echado los unos a los otros a la cara cuanto se podían echar, todos los amigos van volviendo al redil común como si nada hubiera pasado. Puede argumentarse que se necesitan y de ahí el retorno al cubículo común. Pero ¿todos? Únicamente queda excluida, y aquí queda el apunte de verosimilitud para quien desee agarrarse a él, la secretaria inocente, Marina, secretamente enamorada de Alberto. Es la gran sacrificada de este desnudo colectivo del que al final no sabemos bien si hay que responsabilizar a Albeto, que lo activó en la práctica o a su crédula esposa, que quien dio pie a ello.

Y es que no resulta fácil creer que esta terapia de grupo a que Alberto somete a sus amigos y, lo que es peor, a su propia esposa, no deje secuelas irreparables. Pues así deja el autor que lo creamos porque la comedia es y debe ser lo que es. Sucede que en 1967 ya resultaba difícilmente digerible a una parte de la crítica tanta bonhomía como Ruiz Iriarte se empeñaba en derrochar no tanto en los planteamientos de sus obras como en sus desenlaces.

Sin embargo, gracias a todo lo sucedido, la secretaria se ha salvado de caer en un precipicio muy cercano, tanto para ella como para Alberto, sabedor del interés de la joven por él y posiblemente a punto de dar el paso hacia ella: «¿Tú crees que todo ha sucedido para que esa muchacha se salvara? Es fantástico. Sería como un pequeño milagro». Un milagro que salva a la joven pero también a él. De manera que hasta el elemento disonante en la amabilidad del desenlace resulta ser, en último término, un factor que permite la lección positiva. El misterioso personaje de la comedia de Alberto «puede ser un vagabundo. Pero también puede ser un ángel…».

 
 
 
Víctor Ruiz Iriarte salva con solvencia, una vez solucionado el problema de ritmo inicial, la dificultad de mantener la intriga durante una obra en la que se maneja un número tan escaso de elementos.
 
 
ARCHIVO DE PRENSA, EN PDF
(procedente de la Fundación Juan March)
Entrevista con Víctor Ruiz Iriarte, con motivo del estreno de su obra "La señora recibe una carta" en la Comedia: el autor, en el ensayo / por Angel Laborda. ABC, 15 septiembre 1967: 73-74.
"La señora recibe una carta", de Ruiz Iriarte, en la Comedia / por Lorenzo López Sancho. ABC 17 septiembre 1967: 99-100.