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Título: La señora, sus ángeles y el diablo, comedia en un prólogo y tres actos. Autor: Víctor Ruiz Iriarte. Estreno:Teatro Ayala de Bilbao, 25 de octubre de 1947. Compañía Bassó-Navarro.
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La señora, sus ángeles y el diablo
 
Amistades peligrosas
Víctor García Ruiz • Universidad de Navarra
         
 

Tengo la impresión de que La señora, sus ángeles y el diablo se escribió bajo dos sugestiones, una lejana: la del teatro de Enrique Jardiel Poncela, y otra demasiado cercana: la compañía Bassó-Navarro.

Da la impresión de que Ruiz Iriarte puso bastante empeño en esta comedia, cosa bastante esperable en un autor que estaba dando sus primeros pasos y que aún tardaría en encontrar su camino propio. Puso interés, y seguramente por eso compuso una versión cinematográfica para un concurso de guiones del Sindicato Nacional del Espectáculo. Más concretamente, para el apartado “c) Comedia de humor”. No hay noticias de que la cosa fuera adelante, pero todo ello debe de estar relacionado con las aspiraciones cinematográficas de la joven María Esperanza Navarro Bassó, «la primera actriz más joven de España» (Diario de León 27 nov. 1947), que no quería reducir su campo únicamente al teatro. Hasta el momento había hecho tres películas: ¡Qué familia!, Tuvo la culpa Adán y El destino se disculpa. En cuanto al trabajo en uno y otro medio declaraba con bastante tino a A.L. Outeiriño en 1947: «En el teatro el contacto con el público hace crecerse al artista. Pero el cine tiene la ventaja de que después se ve uno a sí mismo y puede corregirse» (A.L. Outeiriño. «María Esperanza Navarro, el teatro y el cine». La Región [Orense] 6 nov. 1947).

Pero todo esto vino luego. Antes hubo una versión primitiva de esta comedia, cuyo texto no se conserva, titulada Margarita y sus ángeles, que «se cayó» del apretado repertorio de Arturo Serrano e Isabel Garcés en el Infanta Isabel de Madrid. Arturo Serrano, que llevaba ya treinta años arrendando el Infanta Isabel, quería estrenarla cuanto antes pero «como monta las comedias Arturo Serrano –mucho decorado corpóreo–, las cosas requieren tiempo. Será en Madrid. De Margarita y sus ángeles Arturo habla y no para. Dice que es muy ingeniosa, muy movida y muy divertida» (J. Cortabarría. «Los del Infanta Isabel estrenarán en Madrid una comedia de Víctor Ruiz Iriarte: se titula “Margarita y sus ángeles”». La Voz de España [San Sebastián] 1 sept. 1945). En enero del 46 Serrano, todavía la mantenía en su programación (La Voz de Asturias [Oviedo] 16 ene. 1946); pero se ve que en Asturias andaban un poco atrasados de noticias porque ese mismo día, el periódico Jornada de Valencia anunciaba que «Ha permanecido unos días en Valencia el autor Víctor Ruiz Iriarte al objeto de leerle a Niní Montián su comedia “Margarita y sus ángeles”». El 15 de febrero, El Noticiero Universal de Barcelona añadía que el hacendoso Ruiz Iriarte «también escribe dos nuevas obras para Irene López Heredia, y Marco Davó y Alfayate, respectivamente». Pero la noticia importante la había dado Marca ([Madrid] 8 feb. 1946) a comienzos de febrero con el titular «Un comedia de Ruiz Iriarte, retirada». Se decía que «tomar la vez esperando un estreno es aguardar pacientemente un año. Eso es lo que debe haber pensado Víctor Ruiz Iriarte, que ha retirado la comedia que tenía en el Infanta Isabel titulada “Margarita y sus ángeles”. —No quería esperar más». Delante iba nada menos que Un gallego en Nueva York de Adolfo Torrado, que se anunciaba como «¡Triunfo rotundo! […] ¡Lo mejor de Torrado! ¡Genial creación de Isabel Garcés!». Dadas las circunstancias, el autor declaraba que pensaba entregársela «me parece que a Luchy Soto. También a Niní Montián le agrada la comedia». Sin embargo, pasaría año y medio antes de que la comedia, transformada en Margarita, sus ángeles y el diablo, fuera estrenada por los Bassó-Navarro en Bilbao, en octubre del 47.

Mi hipótesis es que los Bassó-Navarro tenían contratado el Infanta Beatriz –­situado en pleno barrio de Salamanca– y querían empezar su temporada con esta comedia, pero a condición de que el autor adaptara los papeles a la peculiar estructura de su compañía: una compañía con una pareja principal de orientación cómica –doña María Bassó y don Nicolás Navarro–, más una dama joven no cómica y a promocionar –M.ª Esperanza–, que a su vez exigía un galán, también joven pero no a promocionar; es decir, con un papel que no «pisara» a los otros tres. Después de todo, «para [M.ª Esperanza], al parecer, se escribió especialmente esta comedia», informaba el crítico «Alhabla» del Sevilla ([Sevilla] 15 ene. 1948) sobre el estreno madrileño. La joven actriz, que quería labrarse un puesto tanto en el mundo teatral como en el cinematográfico, declaró sobre Margarita, sus ángeles y el demonio: «Se trata de una comedia de humor moderno, muy al estilo cinematográfico» (A.L. Outeiriño. «María Esperanza Navarro, el teatro y el cine». La Región [Orense] 6 nov. 1947). María Esperanza murió joven y ha dejado poca huella.

Según los datos disponibles, la comedia, que no tuvo buena crítica, recorrió unas cuantas provincias del norte y del sur durante casi dos años, desde octubre del 47 hasta agosto del 49, a cargo de los Bassó-Navarro –ver Información–. En San Sebastián, donde se estrenó en el Principal en abril del 48 (Unidad 17 abr 1948), fue repuesta en julio del 49 (El diario vasco 7 jul. 1949). Parece claro que, a finales de 1947, Ruiz Iriarte andaba aún buscando por distintas vías su camino como autor.

El Prólogo de La señora, sus ángeles y el diablo podría citarse en cualquier manual de teatro como ejemplo de comedia «de teléfono blanco» porque en eso consiste, precisamente: Margarita y su tía Cándida, dos damas de buena posición, hablan a altas horas de la madrugada de un urgente problema femenino: así nos enteramos de que aquella es una viuda de solo veintidós años que vive en una apacible zona residencial rodeada de numerosa servidumbre, mientras que la tía es una soltera madura y «locatis», que compensa su soltería viajando por Europa. Pero sobre todo: Margarita enamora infaliblemente, sin quererlo, mientras que la sentimental Cándida jamás ha logrado enamorar a nadie, a pesar de su denuedo. Se nos comunica también el acontecimiento central, y en realidad, único, de toda la comedia: Margarita ha recibido «¡¡ciento cuarenta cartas y cinco telegramas!!» de amor, firmadas por un misterioso Leonardo. Y por si fuera poco, esa tarde acaba de llegar un vestido que perteneció a Margarita Gautier: «quiero lo luzcas mañana», le dice Leonardo en su última carta, y que «en mi honor organices una pequeña fiesta en la que tú volvieras a ser la heroína romántica que yo soñaba allá, en la orilla del Danubio».

La situación de partida es tan inverosímil como en las maquinarias teatrales de Jardiel Poncela: la servidumbre femenina admira a la joven señora y la masculina está enamorada de ella –sin esperanza, claro; ese es el bienentendido–. La dinámica interna de los criados también recuerda una y otra vez a Jardiel: Pedro es un mayordomo propio de un aristócrata de Renovación Española, devoto de apolillados valores aristocráticos, a quien no se le cae de la boca la gente «de orden». Basilio, el chófer es un energúmeno, con una infalible muletilla –«¡Maldita sea!»–, que nos divierte con sus atrocidades y su amor canino por la señora. Sorprende la magnitud de su papel en la comedia, hasta que uno comprende que lo desempeñaba el «Sr. Navarro», el cabeza de cartel. Hay varias doncellas, además de la criada Lucía. Y cinco músicos que, a estos efectos, son como cinco miembros más de la servidumbre. Y, por último, un extraño criado, llamado Jaime, que lo es, no lo es, y todo lo contrario.

Tras el Prólogo, el autor se regala tres actos enteros para dilatar la solución del «enigma Leonardo»; así queda ancho campo para la gracia cómica y las ingeniosas situaciones asociadas al mundo de los criados, y también a Cándida, la excéntrica dama cómica, que daba la réplica en escena al cafre de Basilio, y que encarnaba la «Sra. Bassó», la otra cabeza de cartel. Hasta bien entrado el segundo acto no tiene lugar la esperada escena entre la soñadora Margarita y Jaime, el criado-que-no-puede-ser-criado y del que todo el patio de butacas lleva sospechando desde que apareció en escena. Pero el autor no iba ser tan cándido; el fin del acto segundo se precipita sin desenlace a la vista. Para el tercero se ha reservado Ruiz Iriarte un efecto técnico de cierta novedad: mediante un repetido «oscuro total» y luces focalizadas, se teatraliza el futuro que Cándida imagina en el caso de que Margarita aceptara como esposo a cualquiera de sus cuatro plebeyos pretendientes, sea uno de los músicos, el cavernícola Pedro, el desahogado Jaime o –no digamos– el bruto de Basilio.

La comedia es demasiado larga; por exigencias estructurales, en buena medida. Los papeles cómicos de Basilio y Cándida reclamaban su espacio. El de la dama joven, Margarita, también. El problema viene con el galán joven, Jaime, cuyo papel debería estar al nivel de Margarita; pero entonces habría que desarrollar el tema del «sueño de amor» y habría, no tres, sino cuatro personajes principales. En estas compañías la longitud de los papeles se tasaba al milímetro y el del «Sr. Gil»-Jaime no admitía más que una apresurada conclusión. Fue apresurada, pero no exenta de ingenio, ya que, por un lado, había que chasquear las expectativas del público: por eso, resulta que Jaime no ha enviado las cartas. Por otro, ocurre que el simpático Jaime sí tiene una posición social que le permite nivelarse con Margarita.

Jaime es un «señor» modesto, pero señor, a fin de cuentas; un estudiante pobre, pero de Ingeniería, es decir, que pronto dejará de ser pobre y modesto. Es curioso ver cómo la trama y los efectos cómicos de esta comedia son posibles gracias a que se parte de la hermética separación entre el mundo de los «señores» y el de «no-señores». Cuando la tía Cándida recuerda a los inadecuados pretendientes: «usted quisiera para mi sobrina un hombre como usted. Y usted lo mismo. Y usted… […] Pero, ¿es que ustedes han llegado a pensar que mi sobrina se va a casar con uno de ustedes…?», suena muy clasista. Pero en realidad, solo es un chiste, que se remacha con la reacción de Basilio: «¡Maldita sea! Cómo nos humilla la burguesía…». Si uno se puede permitir este tipo de bromas, es que todo el mundo sabe cuál es su sitio. Las familiaridades y los compadreos interclasistas son producto de la fantasía. Lo confirma el caso de Jaime, que se hace pasar por criado, pero no lo es.

La recepción de la comedia por parte del público de Madrid fue buena. Por parte de los críticos hubo amplio consenso en el respeto hacia el autor y su categoría de dramaturgo muy prometedor, pero no dejaron pasar los puntos flojos. Alfredo Marqueríe (abc 11 ene. 1948), utilizando palabras del autor en la Autocrítica (abc 9 ene. 1948), habló de «farsa, pirueta, desenfado […] pieza altamente alegre y ligeramente sentimental». Percibió también que «pasado el prólogo […] nada de cuanto sucede en la comedia es aceptable o admisible sino a título poético, fantástico y humorístico». En fin, animaba al autor a «más difíciles logros». Sánchez-Camargo (Alcázar 12 ene. 1948) sugería que el texto podría funcionar bien como opereta (en eso coincide también Jorge de la Cueva (Ya 11 ene. 1948); también, que parecía expresamente hecho «para Esperancita Navarro» y, por último, señalaba Camargo la coincidencia accidental de La señora con una obra de Torrado: El señor mayordomo. f.c.p (Dígame 13 ene. 1948) llegaba a hablar de «fatiga» y «monotonía». m.h. (Informaciones 12 ene. 1948), en cambio, de «autodiversión» y «puro juego». Para el seuísta Xafaro (La Hora 16 ene. 1948) «tiene esta farsa […] una equivocación fundamental»: su indefinición en cuanto a género. Para José Antonio Bayona (Pueblo 12 ene. 1948), el autor «ha desviado [la comedia] hacia lo cómico. Creo sinceramente que ha malogrado su obra».

En su estreno en el Ayala de Bilbao tres meses antes, las cosas no habían ido mejor entre los críticos: «excesivamente rosa […] la comedia desfallece hasta el final […] el tema, al ser muy leve, no tiene fuerza». Entre las virtudes: «ese soplo de poesía […] el decir ingenioso […] la finura, la delicadeza –tan ausentes de nuestros escenarios […] los aplausos, muy cálidos y abundantes en los dos primeros actos y el prólogo, para enfriarse en el tercero» (Gaceta del Norte [Bilbao] 26 oct. 1947). Más benévolo fue el anónimo crítico de El correo español. El pueblo vasco (26 oct. 1947): «con razón fue llamado Víctor Ruiz Iriarte al final de todos lo actos», aunque no dejó de hacer constar que «a la captura de defectos, no dejaríamos de lograr pieza». Sin embargo, el eco que llegó a Madrid hablaba del «éxito enorme de Víctor Ruiz Iriarte en Bilbao, con La señora, sus ángeles y el diablo […] A esta compañía le ha caído la lotería con esta comedia, no te digo más» (Informaciones 30 oct. 1947). ¿Una noticia puramente comercial de cara al público y la taquilla?

En conclusión, una comedia fallida, seguramente por exigencias del reparto. Quedan arrinconados los motivos más característicos del futuro teatro de Ruiz Iriarte: los poéticos y de ensoñación amorosa, vinculados a la mujer burguesa. Como autor joven, Ruiz Iriarte no podía desaprovechar ninguna oportunidad, pero seguramente tomó buena nota de los defectos, las asociaciones –¡Torrado!– y las compañías teatrales en que no debía reincidir si aspiraba a ganarse un público propio sin perder el respeto de los críticos.

En realidad, ni siquiera el título funciona bien. ¿La señora?, bien; ¿los ángeles?, también: son los criados. Pero ¿y el diablo? Solo una aislada alusión justifica la mención del ángel malo.

 
 
 
La recepción por parte del público fue buena. Por parte de los críticos hubo consenso en el respeto hacia el autor y su categoría de dramaturgo muy prometedor, pero no dejaron pasar sus puntos flojos.
 
 
ARCHIVO DE PRENSA, EN PDF
(procedente de la Fundación Juan March)
Autocrítica de "La señora, sus ángeles y el diablo". ABC 9 enero 1948: 16.
En el Infanta Beatriz se estrenó con éxito "La señora, sus ángeles y el diablo"/ por Alfredo Marqueríe. ABC 11 enero 1948: 25.
 
 
 
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