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Título: Las mujeres decentes, farsa en tres actos.
Autor:
Víctor Ruiz Iriarte. Estreno: Teatro Borrás de Barcelona, 3 de junio de 1949.
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Las mujeres decentes
 
Juego cordial y divertido
Juan Antonio Ríos Carratalá • Universidad de Alicante
         
 

El objetivo de Víctor Ruiz Iriarte para la temporada 1949-1950 era la consagración como autor teatral. Ya había estrenado obras capaces de despertar el interés del público, las primeras figuras y la crítica. El aprendiz de amante, era su mejor aval; se encontraba en condiciones para dar un definitivo paso adelante y el envite se saldó con éxito, corroborado con el estreno de El landó de seis caballos en mayo del 50. El compromiso al iniciar la temporada era delicado y no convenía arriesgar en exceso. La compañía del Infanta Isabel, con Isabelita Garcés al frente y la dirección de Arturo Serrano, representaba una garantía, pero también había que seleccionar con cuidado el género de una obra destinada a abrir la temporada madrileña. Víctor Ruiz Iriarte se sabía capacitado para diversos empeños. Su producción anterior distaba de un encasillamiento genérico. El desafío era encontrar el registro que le permitiera un contacto fluido con el público destinado a sustentar su carrera. Fiel a su concepción del teatro, la propuesta la presentó como «un juego, un juego cordial y divertido» (Informaciones, 9 sept. 1949), que se concreta en una farsa cómica con título de evocación molieresca: Las mujeres decentes.

La farsa era un marco genérico idóneo para lucir las cualidades ya señaladas en ocasiones anteriores por la crítica: finura literaria, ingenio, gracia, poesía, fantasía, apuntes críticos, buen gusto, malabarismo dialéctico, tono ligero y elegante, conocimiento de los recursos teatrales, humor exquisito contrapuesto a los chistes fáciles o las groserías… Ni siquiera creaba «climas morbosos», «¡tan de moda en estos últimos desgraciados tiempos!», según el apocalíptico Juan de Diego (Marca, 10 sept. 1949). Un teatro, en definitiva, «leve y pasajero», capaz de cumplir la misión prevista: «divertir al público durante cien noches seguidas en Madrid –la obra es de las que gustan, las carcajadas y los aplausos se multiplicaron durante toda la noche– y circular después por toda España en más de una compañía», según Eduardo Haro Tecglen (Informaciones, 10 sept. 1949). Y, además, un teatro como «juego del espíritu» que permite la diversión del propio autor, feliz en un registro que no suponía, necesariamente, una renuncia a los «más altos empeños» de los que hablaban algunos críticos poco gustosos de la burla y la sonrisa de una farsa.

La valoración como éxito de Las mujeres decentes se repite en todas las reseñas publicadas. «El público rió muchísimo con las frases y las situaciones humorísticas que abundan con gran prodigalidad en la obra», según Alfredo Marqueríe (abc, 10 sept. 1949). «La comedia gustó, se rió y se aplaudió tan unánimemente, que el autor y sus afortunados intérpretes fueron llamados a escena en los tres actos», concluye un Jorge de la Cueva siempre preocupado por la moralidad de los escenarios (Ya, 10 sept. 1949). «El éxito fue enorme; los aplausos, al final de cada acto, obligaron al autor a salir a saludar, mientras el telón subía y bajaba reiteradamente», según Eduardo Haro en Informaciones. La reseña de la Hoja del Lunes elogió el «estreno afortunadísimo» (12 sept. 1949). El ritual de las grandes ocasiones se repitió en el selecto ambiente del Infanta Isabel, pero siempre hay un apunte para la sorpresa: «El autor fue obligado a salir a escena entre nutridos aplausos al final de los tres actos y de aquellos forman parte activísima todas las mujeres decentes que llenaban la sala». La frase final de «R.» en la reseña publicada en el Madrid (10 sept. 1949) parece hablar de la decencia de las espectadoras. Se les suponía, pero mejor sería pensar en un público de matrimonios de cuya mentalidad tanto sabía el soltero Víctor Ruiz Iriarte.

El desenlace de este «juego cordial y divertido» es decente y hasta aleccionador con la previsible boda como destino de los protagonistas. Según Leocadio Mejías, se impone al «ficticio fondo que parece dar vuelo a la trama. Y todo termina con el triunfo de ese sentimiento pudoroso que ha de guiar la vida y la conducta de nuestras mujeres» (Madrid, 10 sept. 1949). No había motivos de alarma moral. El autor conocía los límites de lo permitido, pero era preciso atraer a los espectadores dejándoles asomarse a lo prohibido. Jorge de la Cueva estimó que la exposición resultaba excesiva para la decencia femenina, avisando incluso de la posibilidad de un «escándalo» por el hecho de que la protagonista pareciera renunciar a su honestidad para alcanzar el éxito. En términos literales, nada de esto sucede, pero Ruiz Iriarte sabía que la decencia, proclamada y asumida como norma, aburría a los espectadores. Incluso a las señoras de visita, como las recreadas al modo de Miguel Mihura: «¿Sabes, hija mía, que en estas casas que no son decentes se pasa muy bien el rato?» (ii). Ahí estaba el reto: en la «indecencia», aunque fuera imaginaria y un tanto inocente hasta desembocar en un motivo para la felicidad real, la matrimonial. Había que asumir el riesgo de cualquier juego, calculado e inofensivo, pero también necesario para salpimentar una farsa capaz de interesar y provocar sonrisas de complicidad.

La reseña publicada por Díez Crespo en Arriba indica que Las mujeres decentes no contiene motivos de escándalo, porque «llega al límite de la prudencia para insinuar situaciones o momentos que pasan a los oídos del espectador como pura imaginación» (10 sept. 1949). En esa «imaginación» como sinónimo de irrealidad o evasión radica la clave de una permisividad tan controlada y restrictiva, acorde con la mentalidad mayoritaria del público de la época. Jorge de la Cueva pensaba en la obligación de incluir personajes que rebatieran el peligro de una decencia considerada como un estorbo para el éxito y reconocimiento de las mujeres. Sin embargo, y hasta la censura de la época así lo consideró, bastaba con mostrar ese «peligro» como algo irreal, una ensoñación propia de una farsa cuyas raíces son tan teatrales como alejadas de cualquier realismo más allá de los escenarios. Phyllis Zatlin Boring (Víctor Ruiz Iriarte. Boston: Twayne, 1980. 58-60) incluyó Las mujeres decentes en la categoría de las «comedias de costumbres». Su caracterización apenas se corresponde con una denominación que nos remite al costumbrismo donde las «identidades ilusorias» de los protagonistas no encuentran fácil acomodo. Él mismo nos remite a una realidad social o costumbrista trasladada a los escenarios con diversas técnicas. No creo que sea el caso de este «juego cordial y divertido», de una farsa cuyo convencionalismo sólo se puede explicar en términos teatrales –es «un puro juego de ingenio» (Juan de Diego)– y permanece alejado de cualquier voluntad realista.

La fábula de Las mujeres decentes «no gravita sobre la tierra de la realidad y se lanza por los caminos de lo inverosímil» (Haro Tecglen). El texto de la obra es pródigo en ejemplos para llegar a esta conclusión. Sin embargo, como el mismo crítico señala a continuación, Ruiz Iriarte tiene la habilidad de hacer pensar al espectador que lo sucedido sobre el escenario puede ser una réplica de la vida real. No es así, por supuesto, pero ese «engaño» forma parte de un juego cuyo convencionalismo radica en una tradición teatral asumida con creatividad por el comediógrafo. La reseña de la Hoja del lunes avisaba de que nadie debiera buscar «en esta producción del joven autor cosas más profundas o trascendentales, porque no las hay. Es un mero entretenimiento, limpio, equilibrado, bien pensado y diestramente conseguido. Pero sin que las cosas pasen de ahí». Tampoco en el sentido de captar unas costumbres de tan problemática traslación a los escenarios españoles de la época y, además, de improbable aceptación entre un público como el habitual en el Infanta Isabel.

Isabel Garcés tuvo a su disposición una obra concebida para su lucimiento como primera figura. Su interpretación encandiló a aquellos espectadores con las peripecias de Paulina, la escritora que se inventa una personalidad «indecente», con amores incluidos, porque a instancias de su tío Fabián concluye que las novelas de una mujer decente no interesan a nadie. «Todo lo inventé yo para crearme una aureola de mujer atrevida, para que mis libros tuvieran el éxito que yo soñaba» (iii). La estratagema funciona porque la novelista recurre a la invención de unos amoríos con Jerónimo, un aristócrata arruinado de clara inspiración en el teatro de Enrique Jardiel Poncela, poblado de criados y señoritos en un escenario donde nadie parece trabajar. Esta actividad formaría parte de una realidad ausente. Y, como en las obras del absurdo jardielesco, los cambios de fortuna son un puro juego con final feliz. Víctor Ruiz Iriarte nunca pierde un sentido del equilibrio que le aleja del absurdo radical o el disparate. Las peripecias se alejan de lo rocambolesco y la comedia encuentra ese desenlace tópico en el anunciado matrimonio de Paulina y Jerónimo (el real, no el imaginado de las novelas) para evitar cualquier asomo de indecencia, de aquello que había formado parte de una divertida trama para solaz de espectadores poco predispuestos a la sorpresa y menos al escándalo. Isabelita Garcés, con su inconfundible tonillo, había dicho que estaba dispuesta a ser una «mujer indecente», pero nadie de su público lo tomó como una amenaza porque el «peligro» era una invitación al humor que recorre la farsa de Víctor Ruiz Iriarte.

El desarrollo de la trama en Las mujeres decentes es una auténtica lección acerca de las convenciones teatrales imperantes en los escenarios españoles de la época. Todo funciona con la seguridad de lo experimentado e inamovible. El autor se siente seguro en un ritual que le condujo al éxito. Sus armas eran de buena ley, gracias a una cultura teatral evidenciada a cada paso. Así lo reconoció una crítica dispuesta a ponderar el cuidado y la exquisitez de un Víctor Ruiz Iriarte que, como tantos otros colegas, confiaba en el poder omnímodo de la palabra. Su recurso a la palabra le lleva a cometer algunos excesos, incluso a la aparición de lunares esporádicos que entran en contradicción con sus palabras: «El teatro es pura síntesis, pura sugerencia». La reiteración de algunos conceptos y las explicaciones redundantes no lo eran tanto en aquel marco teatral donde todo se daba masticado, pero restan agilidad a unos diálogos anclados en un estilo actualmente pasado de moda, con el regusto de una época que parece remota. La farsa, sin embargo, se lee con la curiosidad de descubrir los timoratos límites del escándalo para el público del Infanta Isabel y otros teatros similares. Ruiz Iriarte, de seguro, podría haber ido algo más allá, pero debía contar con los espectadores de una Isabelita Garcés poco dada al rompe y rasga. Las mujeres decentes es una obra bien situada en ese límite, imaginativa al servicio de una ilusión no exenta de convenciones y salpicada por una ironía coherente con el sentido lúdico de este juego de dos horas. La comedia no pasaría a la memoria de los espectadores, pero esos mismos sujetos, después de sonreír con la eterna «ingenua» del Infanta Isabel, estarían dispuestos a repetir la experiencia. Así se completaba una temporada y una trayectoria teatral como autor de éxitos.

 
 
 
 
 
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