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Título: La soltera rebelde, comedia en tres actos. Autor: Víctor Ruiz Iriarte. Estreno en Madrid: Teatro Reina Victoria, el 19 de septiembre de 1952. Compañía de Tina Gascó.
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La soltera rebelde
 
¿Comedia, farsa... o drama?
Óscar Barrero Pérez • Universidad Autónoma de Madrid
         
 

La soltera rebelde cosechó, con motivo de su estreno en Madrid, en septiembre de 1952, críticas coincidentemente negativas. A título de ejemplo, baste reproducir algo de lo escrito por V[ictoriano] Fernández Asís en Pueblo (20 sept. 1952):

El autor de La soltera rebelde se ha propuesto un solo fin: divertir al público, sin que en la elección de medios escrupulice para cuanto se refiere a la verosimilitud argumental, al estudio de caracteres, a la naturalidad del movimiento escénico y al encadenamiento de las situaciones. Sobre una trama inconsistente, con tipos sin personalidad, de esos que reaccionan según las particulares conveniencias del autor, escribe un diálogo fino e ingenioso […]. Diríase que Ruiz Iriarte empieza por reunir una antología de gracias y dichos más o menos ocurrentes; y así que ha completado su colección de gags, le aplica los personajes, las situaciones y el argumento que le vayan mejor, haciendo caso omiso de las normas de la preceptiva escénica.

Menos acerado que Fernández Asís, Jorge de la Cueva, en el Ya del mismo día, hablaba del peligro de encontrarse ante alguien que hubiese recorrido con demasiada rapidez las diferentes etapas de una evolución y que con La soltera rebelde se mostrase como «un autor de recursos», un «autor fácil». Había en la obra «agudeza frecuente en el diálogo, acierto en varios incidentes…, pero sin espontaneidad, sin libertad en los personajes, más al servicio del autor que al de su libre albedrío». El distanciamiento cronológico no parece haber servido de bálsamo, a juzgar por comentarios como el de Zatlin: «Not only is the ending contrived as is the case in some of the other farces, but the characters and situations themselves seem to have been forced to fit a particular mold with somewhat unsatisfactory results» (68).

¿Alteraría estas consideraciones negativas la apelación al concepto de farsa, apelación que desrealizaría, sin duda, la improbable trama de La soltera rebelde? A decir verdad, no hay mucha mayor inverosimilitud en el argumento de esta obra que en los de las farsas. Lo cierto es que, como recuerda Víctor García Ruiz (173), el autor presenta la obra como una comedia y no como una farsa. El problema, quizá, radica en que los aspectos más estrictamente humanos y, por tanto, menos farsescos y dramáticos de la obra no aparecen ante el espectador suficientemente razonados. Hay en ella, al margen de los lógicos elementos humorísticos, que seguramente fueron los más evidentes para el público del tiempo de su estreno, un profundo drama humano, de soledad y tristeza, que es el representado por la soltería de Guadalupe. No es una soltería asumida, como lo demuestra el hecho de que acepte inicialmente el matrimonio propuesto por su hermana. Si ella rechaza el compromiso es porque termina pensando que el tiempo de aceptarlo ya pasó y que realmente no está enamorada del hombre para quien la han destinado. La justificación de su renuncia existe, y está en el propio texto: el amor, como quizá todo en la vida, tiene su tiempo, y para ella ya está olvidado. Lo explica Lupe al final: «No se puede vivir sin amor toda la juventud. Hay que acudir cuando el amor nos llama». El amor es cosa de jóvenes y ella ya no lo es. Su explicación resulta tardía para el espectador, pero no por ello menos convincente desde el punto de vista psicológico.

Hay, sin embargo, un problema que el espectador acaso no llega a entender: el relevante papel que se le concede al beso. El autor podría haber planteado la cuestión de otra manera, dado que en boca de Mónica dejó caer la idea del complejo freudiano, pero entonces habría entrado en el terreno del drama, y ese no era el espacio por el que se interesaba Ruiz Iriarte. Es cierto que las explicaciones de Guadalupe, por sí solas, no ayudan a desentrañar la madeja psicológica: quiere volver a Montalbán, donde ha soñado con un amor puro, sin unos besos que parecen pecado ante sus ojos. Luego ¿sí puede hablarse de un complejo, freudiano o no, aunque ella traspase a su sobrina el problema, dándole finalmente el enfoque de comedia deseado por el público?

¿Por qué Guadalupe ha permitido que la situación llegue hasta la víspera de la boda? Naturalmente que cabe hablar de un truco teatral, pero no deja de ser una bala más, proporcionada al amigo de la verosimilitud escénica. ¿Quizá el personaje aplica la máxima de que «la felicidad es como una sensación de estar en peligro»? No sería mala respuesta si recordamos las melancólicas lágrimas de Cándida en el último tramo de Juego de niños, porque también ella se sintió en peligro… y casi feliz por un tiempo.

¿Qué es la soledad de la soltería para Guadalupe? Tampoco lo sabemos, aunque es dudoso que resulte necesaria o conveniente una explicación. La soltera rebelde es una comedia, no un drama, y quizá ello explique que se refiera a su soledad casi con cariño, con más melancolía que tristeza, cuando la evoca en mezcolanza con «mis risas, mis llantos, mis pensamientos, mis imaginaciones».

La querencia de Guadalupe por su terruño es otro aspecto que tampoco queda enteramente resuelto, aunque el conocedor del teatro de Ruiz Iriarte no necesite más referencias sobre el cariño (irónico) tomado por el autor hacia las «provincias», a las que recurre tan a menudo. Aquí el espacio provinciano es Montalbán, donde «nunca ocurre nada», y quizá por eso Guadalupe lo recuerda sin asomo de sarcasmo, con verdadero afecto, «con una tierna nostalgia».

Posiblemente ante la crítica no ayudó demasiado que varios de los personajes de la obra evocaran con excesiva claridad los de Juegos de niños. La pareja enredadora formada por Mónica y Maty se parece demasiado a su equivalente de Juego de niños, de la misma manera que el organista Esteban había tenido ya un predecesor en Marcelo, el tímido profesor de francés. Ambos representan una posibilidad de amor ideal que no llega a concretarse, sencillamente porque es imposible.

También las ideas de La soltera rebelde son familiares para el conocedor de Ruiz Iriarte: «¿Es que tú, que sabes tanto, todavía no sabes que una mujer solo vive de verdad cuando vive para ellos [los hombres]? Se llora por ellos, se ríe por ellos. Y se juega con ellos. Todo es por ellos», le dice Guadalupe (curiosamente, solterona) a Mónica (la joven independiente).

Al final, solo al final, asoma el drama. Es la angustia de una solterona que quiere evitar que Mónica repita los errores que ella cometió. El desenlace, dado que La soltera rebelde no es una farsa, dificulta la aceptación del papel de los personajes jóvenes, Maty, que tanto éxito tiene con los chicos, y Mónica, la intelectual a quien no parecen interesarle. Por cierto que la competencia entre hermanos es motivo argumental presente también en El pobrecito embustero, la siguiente obra de Ruiz Iriarte. En La soltera Mónica aparca su ego y termina aceptando como novio a Pepito, poco más que un saco de músculos, no sin antes hacerse portavoz de ideas como la siguiente: «¡Soy una intelectual! El matrimonio sería un estorbo para mí». Y es que después de esta frase termina interiorizando los pensamientos de su tía Lupe: «Tú eres como todas… ¡Todas somos iguales!». El consejo de su tía es el siguiente: «¡Lánzate a la conquista del primer muchacho que pase ante tus ojos». La muchacha sigue la recomendación: se interesa por el saco de músculos.

Para justificar la conducta de Lupe, resultaba más aceptable la explicación del complejo, freudiano o no, que el brusco cambio de opinión de la sobrina. La explicación de Lupe puede considerarse tópica o teatral, a gusto del consumidor: su hermana tiene éxito con los chicos y ella no, lo que la ha obligado a refugiarse en el rechazo al otro sexo y, casi peor, en la lectura de Steinbeck, Joyce y Sartre. Este último nombre enlaza con las referencias al existencialismo, identificado aquí, como no podía ser menos en la España de principios de los años cincuenta, con la angustia y el desaliño indumentario. Menos mal que para combatirla estaba el teatro de Ruiz Iriarte y el de otros como él.

No falta en La soltera rebelde una moraleja de tono arnichesco. Como en piezas anteriores, se hace portavoz de ella un personaje extraño a la familia. Aquí es Esteban quien trasmite el mensaje final: «Solo podemos ser verdaderamente dichosos por el amor, por la fe o por la esperanza. Pero en el amor está todo. Porque, cuando se quiere, se cree más en Dios y el alma se llena de esperanzas maravillosas…».

Este personaje es la víctima inocente habitual en las obras de Ruiz Iriarte. Esteban está muy probablemente enamorado, sin esperanza, de Adelaida. La solterona, paradójicamente, ha ido dejando por el camino damnificados en sus cortas relaciones con Cupido. El otro herido es el hombre con quien iba a casarse, Joaquín, un personaje bastante parecido al Lorenzo de El pobrecito embustero. El motivo de la mentira, tan activo en Juego de niños, toma cuerpo en este hombre que se convierte, después del desengaño, en otro individuo distinto, noctámbulo y gamberro: es otro, se miente a sí mismo. Igualmente, Lupe, por motivos no muy comprensibles para el espectador, se transforma en otra mujer, que de manera inverosímil deambula por la noche madrileña en busca de aventuras que puedan darle una experiencia de que carece. Los dos se mienten a sí mismos al travestirse en personas distintas de quienes realmente son. El engaño, una vez más, es en Ruiz Iriarte una alternativa a la vida real.

 

 
Obras citadas:
Zatlin Boring, Phyllis. Víctor Ruiz Iriarte. Boston: Twayne, 1980.
García Ruiz, Víctor. Víctor Ruiz Iriarte. Autor dramático.
Madrid: Fundamentos, 1987.

 

 

 
 
 
Hay en 'La soltera rebelde', al margen de los lógicos elementos humorísticos, que seguramente fueron los más evidentes para el público del tiempo de su estreno, un profundo drama humano, de soledad y tristeza.
 
 
ARCHIVO DE PRENSA, EN PDF
(procedente de la Fundación Juan March)
Autocrítica de "Mariscal" de Molnar, por su adaptador Claudio de la Torre, y "La soltera rebelde" por su autor Víctor Ruiz Iriarte, en los teatros Beatriz y Reina Victoria. ABC 19 septiembre 1952: 19.
"La soltera rebelde" fue estrenada anoche en el Reina Victoria / por Luis de Armiñán. ABC, 20 septiembre 1952: 5, 29-30. Fotografía.
"La soltera rebelde", en el Reina Victoria / por Jorge de la Cueva. Ya 1952.
Reina Victoria : "La soltera rebelde", comedia de Ruiz Iriarte / Victoriano Fernández Asís. Pueblo 20 septiembre 1952.
"La soltera rebelde"  en el Reina Victoria: un poético enredo / por Gabriel García Espina. El Alcázar 1952.
Estreno de "La soltera rebelde" en el Reina Victoria / por Elías Gómez Picazo. Marca [Madrid] 20 septiembre 1952.
"La soltera rebelde", comedia de Víctor Ruiz Iriarte se estrenó anoche en el Reina Victoria / por Eduardo Haro Tecglen. Informaciones 20 septiembre 1952.
Estreno de "La soltera rebelde" de Ruiz Iriarte en el Reina Victoria / por Gonzalo Torrente Ballester. Arriba 20 septiembre 1952.
"La soltera rebelde" en el Reina Victoria / por Vico. Marca [Madrid] 1952.
 
 
 
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