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Título: Los pájaros ciegos, comedia dramática en tres actos, el tercero dividido en dos cuadros. Autor: Víctor Ruiz Iriarte. Estreno en Valladolid: Teatro Lope de Vega, 1 de julio de 1948. Compañía de Irene López Heredia.
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Los pájaros ciegos
 
El 'hijo tonto' del autor
Óscar Barrero Pérez • Universidad Autónoma de Madrid
         
 

El conocimiento de Los pájaros ciegos, obra de Víctor Ruiz Iriarte inédita hasta hoy, se limitó a unas pocas representaciones, en julio de 1948, en Valladolid y Santander. En ellas, según testimonió la prensa local, una parte del público mostró su disconformidad ante una obra que debió de parecerle muy distante de la amabilidad por la que acostumbraba a discurrir el teatro español de aquel tiempo.(1) ¿Explican tales reacciones el desapego de Ruiz Iriarte con respecto a esta especie de hijo tonto que a él mismo le pareció su drama? El mismo escritor pareció avalar dicha interpretación al escribir lo siguiente sobre Los pájaros ciegos:

Gustaba mucho a la crítica y a los que la hacían. Pero yo veía la reacción del público y no acababa de estar satisfecho. Quizá no esperaban eso de mí. Le pedí a Irene López Heredia, que era la intérprete, que no siguiera haciendo la obra. En una segunda ocasión, me llamó para decirme que disponía del hoy desaparecido Fontalba y que quería poner Los pájaros ciegos. Volví a negarme y ella, por cierto, se enfadó un poco conmigo. Tampoco he permitido que se imprimiese. Me la reservo para, quizá, volver algún día sobre ella.(2)

Superada por él mismo su primera interpretación, que hacía recaer en Dicky, un disminuido físico aspirante a escritor, la responsabilidad del rechazo de un autor quizá reflejado en su personaje (García Ruiz 1987, 152), se ha aventurado, creo que con acierto, la existencia de un mecanismo de autocensura que posiblemente impulsaría al autor a reflexionar sobre la inconveniencia de internarse en el resbaladizo terreno del drama: «Aparentemente el autor prefirió no entrar en conflictos, renunciar a Los pájaros ciegos, y seguir adelante. Pudo influir la sensibilidad ante una crítica feroz, el temor a comprometer su carrera, o la resistencia a entrar en negociaciones y cesiones» (García Ruiz 1997, 131).

Ruiz Iriarte nunca se sintió satisfecho de esta obra que, de haberlo querido él, podría haberse representado y editado años después de su estreno, ya aflojadas las riendas de la censura. Que no se interesara en ello puede justificarse por razones estéticas pero también históricas. Por un lado, la obra dista de ser satisfactoria en cualquiera de sus versiones; por otro, Ruiz Iriarte encaminó su creación por la senda de la comedia y este drama hubiera sido una nota disonante en un contexto personal ya claramente definido.

Se conservan dos versiones básicas de la obra. No existe, que se sepa, constancia documental sobre cuál de ellas se representó, si bien la fecha del primero de los seis informes de los censores (27 abr. 1948), la de la resolución sorprendentemente aprobatoria (22 may. 1948) y la del estreno (1 jul. 1948) permiten conjeturar que Ruiz Iriarte dispuso de tiempo suficiente para reformar su drama y, siguiendo las recomendaciones del lector más benévolo del sexteto, limar aristas en el texto(3). En cualquier caso, dado que incorpora correcciones estilísticas, la versión definitiva no es el resultado exclusivo de los ajustes impuestos por las observaciones de los censores.

Sorprende que el autor pensara que un texto como ese pudiera sortear, limpio de polvo y paja, las barreras de la censura de 1948.(4) La homosexualidad de Dino y su dominio sobre Bobby; la pasión desbocada, casi animal, de la Duquesa y el revolucionario Tony; el suicidio de este; las tensiones políticas… Como mínimo estos cuatro aspectos, que son precisamente los destacados en su breve comentario por el censor eclesiástico, serían motivos suficientes para temer el rechazo de los informantes. «Relato profundamente inmoral», resume uno de ellos; «obra totalmente rechazable en su aspecto moral y político», afirma otro, para quien «la obra debe prohibirse ya que no admite […] ninguna posibilidad de arreglo», juicio este coincidente con el de otro colega: «No admite arreglo a fuerza de supresiones pues la inmoralidad es todo en la obra».

Con censura o sin ella, Los pájaros ciegos es una obra imperfecta, aunque sin duda atípica en el panorama español de los años cuarenta, hecho este que le confiere un cierto valor histórico.(5) Se detecta en ella, sin embargo, algo de impostura: Ruiz Iriarte no parece sentirse cómodo con su ensayo de «comedia dramática», que tiene más de tremendista que de existencialista en un tiempo en que la poesía y la novela españolas se movían en una órbita oscilante entre la angustia grandilocuente y el exceso inverosímil.

En el argumento se imbrican dos historias paralelas, la política y la sentimental, en las que Tony, el marinero revolucionario, actúa como nudo. Los vaivenes de la intentona subversiva son conocidos por los pasajeros del yate y por la tripulación gracias a un aparato de radio que transmite los sucesos de un golpe de estado de opereta. Después de su fracaso, todo ha quedado reducido a tres historias de amor tópicamente sentimentales: la de un revolucionario enamorado de una noble, la Duquesa, que siente apagarse su juventud; la de una amiga suya interesada por un escritor maduro, y la de este, aún atraído por la Duquesa, de quien se enamoró en su juventud. Tres historias de amor en un solo yate; cuatro, si añadimos la homosexual. Añádase a estas líneas perpendiculares otra paralela pero igualmente melodramática, que relaciona a la Duquesa con su hijo disminuido, a quien rechaza por motivos que a la censura disgustaron profundamente.

Quizá el problema de Los pájaros ciegos radique en la dificultad de que el espectador simpatice con unos personajes no precisamente amables, si exceptuamos quizá a Patricia. Raquel, mujer entrada en años y angustiada por la pérdida de su belleza, inspira rechazo por su egocentrismo y afán de dominio sobre los hombres. Eso por no hablar del desprecio hacia su hijo. La pasión de Tony hacia ella tiene unos motivos oscuros, oscilantes entre la pasión y el resentimiento de clase. Su amor es al mismo tiempo odio que se resuelve en venganza.

Marcelo Herbier es un oportunista, capaz de venderse al mejor postor, y no puede decirse que lo salve su amor idealista por Raquel. Su rivalidad con Dino Morelli no está, por otra parte, suficientemente explotada por el autor. La afición de Dino por el juego podría ser tolerable ante los ojos del censor; no así su solapada homosexualidad. Al margen de esto, es un personaje que no deja en buen lugar los principios éticos porque, según soplen los vientos de la revolución, en el yate se sitúa a babor o a estribor. La frívola Natalia es una enamorada de pacotilla cuyo amor de mujer despreocupada es difícil creerse. De Dicky únicamente sabemos lo que otros nos cuentan. Sus palabras, indirectamente reproducidas, son un islote de esperanza en el pesimista océano de la obra. Patricia, su hermana, es un personaje al servicio de Dicky y, como tal, está carente de sustancia dramática. La pareja de hermanos avanza la presencia, habitual en Ruiz Iriarte, de los jóvenes que oponen sus planteamientos a los de sus mayores.

La acumulación de elementos resulta excesiva para un autor teatral más amigo de la comedia que del drama: demasiados personajes atormentados, demasiados cruces amorosos, demasiados problemas políticos tratados de manera superficial. Incluso los parlamentos parecen faltos de la conveniente frescura de las réplicas teatrales. En este sentido, a los censores de Los pájaros ciegos debe reconocérseles no poca finura en el análisis estrictamente literario de la obra. Sus valoraciones en ese terreno no me parecen reprochables. Uno de ellos habla de «insinceridad» y «efectismo». Otro considera «injustificada» la aparición de la monja y reprocha al autor que tome como modelo de la aristocracia «una corrompida, una decadente –y por ello parcial— representación de la misma. (Como el marinero es una cándida, vehemente, subjetiva interpretación del modelo revolucionario)». Es este el mismo censor que se ceba en el «estado de excitación y anormalidad» de los personajes. No me parece que le falte razón cuando afirma que «el desarrollo escénico está centrado en tres personajes y el resto constituye simplemente un lastre, cuando no una concesión» y que «el diálogo adolece de excesiva preocupación por la frase hecha, que, a veces, llega redonda, vulgar y reiterativa». Curioso resulta, en fin, el rechazo que este puntilloso censor siente hacia la música propuesta por Ruiz Iriarte para la ambientación de la obra. Poco original le parece aquella, y de nuevo debo dar la razón al informante, porque elegir «¡Ay, mamá Inés!», «Santa Lucía» y «Lilí Marlén» puede considerarse cualquier cosa menos original.

Dejemos constancia, para compensar las observaciones del párrafo anterior, del informe de otro censor, al parecer amante del género dramático. Seguramente por ese motivo saludaba «con alborozo la realización del Sr. Ruiz Iriarte», realización que consideraba «un cañonazo en el campo donde sólo don Jacinto Benavente se atreve a dispararlos». Se fijaba, sobre todo, en ese desenlace que presenta, según interpretaba el censor, la «victoria del amor maternal y filial sobre la pasión materialista y desbocada: del buen sentido moral y cristiano sobre el escepticismo». Muy buena voluntad, y muchas dosis de caridad, había que tener para interpretar de esa manera Los pájaros ciegos. Más perspicaz, otro censor escribía sobre el texto en su informe: «Deja en el ánimo del espectador un regusto agridulce de efecto deprimente y demoledor».

Los pájaros ciegos fue un intento, ciertamente no logrado, de abrir un hueco al drama en el teatro español de la posguerra. Acaso un tanto desmoralizado por las reacciones de Valladolid y Santander, probablemente consciente ya de las dificultades con que cualquier drama tropezaría ante una censura más complaciente con el género comedia, Ruiz Iriarte dejó dormir su obra, en espera de tiempos mejores que, sin embargo, ya no llegarían para la pieza. Seguramente él mismo era consciente de las imperfecciones de su obra y de la dificultad de mejorarla. El toque trascendente del parlamento de Marcelo, al final del primer cuadro del acto tercero, sobre la «humanidad enloquecida, perdida en medio del mar», no armonizaba ni con el sentir de Ruiz Iriarte, ni con su forma de entender el teatro, ni con su lógico deseo de conectar con el público. El lápiz rojo dañó seriamente este ensayo dramático de Ruiz Iriarte pero, al mismo tiempo, convenció al escritor de que su verdadero camino era la comedia. Por él transitaría en los años cincuenta, convirtiéndose en el autor de masas que hubiera sido imposible que fuera con obras como Los pájaros ciegos.

 

(1) Todos los datos sobre el particular, en García Ruiz 1997, 120-124. Uno de los censores que evaluaron la obra recomendaba que el estreno se hiciera en Madrid y «únicamente en determinadas capitales donde la preparación del público actual permite aceptar la intensidad del drama y sus tipos y ambientes, un tanto morbosos» (García Ruiz 1996, 77).

(2) Declaraciones realizadas a Francisco Umbral en una entrevista, probablemente en Ya, fechada por García Ruiz (1997, 124) hacia 1968.

(3) Ver los informes de los seis censores en García Ruiz 1996, 73-79. A sus páginas remiten las citas que, procedentes de dichos informes, reproduzco a continuación.

(4) En las notas de la presente edición se puede seguir el texto original (A), presentado a la censura.

(5) La valoración de Haro Tecglen (1988, 141) es extrañamente positiva: «la mejor de cuantas escribió», dice de esta obra. Ver también Haro Tecglen 1982.

 

 
Obras citadas:
García Ruiz, Víctor. Víctor Ruiz Iriarte. Autor dramático.
Madrid: Fundamentos, 1987.
—. «Los mecanismos de censura teatral en el primer franquismo y Los pájaros ciegos de V. Ruiz Iriarte (1948)». Gestos 22 (1996): 59-85.
—. «Sociedad, prensa y autocensura en el franquismo: la frustrada recepción de Los pájaros ciegos de V. Ruiz Iriarte (1948)». Gestos 24 (1997): 119-133.
Haro Tecglen, Eduardo. “Víctor o el optimismo”.
El País
15 oct. 1982: 30.
—. “La primera apertura”.
Cuadernos de Música y Teatro
2 (1988): 127-143.
 

 

 
 
 
Prefirió no entrar en conflictos, renunciar a 'Los pájaros ciegos' y seguir adelante. Pudo influir la sensibilidad ante la crítica feroz, el temor a comprometer su carrera, o la resistencia a entrar en negociciones y cesiones.
 
 
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