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Título: Tengo un millón, comedia en dos actos. Autor: Víctor Ruiz Iriarte. Estreno: Teatro Lara, de Madrid, la noche del 10 de febrero de 1960. Director: Adolfo Marsillach. Reprentaciones: cincuenta.
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Tengo un millón
 
Disparate policíaco
Berta Muñoz Cáliz • Centro de Documentación Teatral, Madrid
         
 

Tengo un millón se estrenó el 10 de febrero de 1960 en el Teatro Lara de Madrid, con dirección de Adolfo Marsillach, quien además, junto con Maruja Asquerino, interpretaba a la pareja protagonista. Este era el primer estreno de Ruiz Iriarte en el teatro que regentaba Conrado Blanco, en el que volvería de nuevo a estrenar, cuatro años más tarde, El carrusell. La obra permaneció tres semanas en cartel, con un total de unas cincuenta representaciones, por lo que, sin haber ido del todo mal, no puede contarse entre los éxitos de Ruiz Iriarte. Unos años después, en 1963, se realizaría una versión mexicana de esta obra y en 1968 se traduciría al portugués (1968); ya en 1971 se retransmitiría por Televisión Española a través del célebre Estudio-1 (García Ruiz 56). Tenemos noticia de que, ya en el siglo xxi, ha sido representada por varios grupos aficionados, según se puede comprobar en las bases de datos del Centro de Documentación Teatral.

Si partimos de la diferenciación que establece García Ruiz (143) entre obras ambientadas en mundos más o menos exóticos (grupo en el que podríamos incluir, por ejemplo, La guerra empieza en Cuba o La cena de los tres reyes), frente a otras más ligadas al momento contemporáneo, Tengo un millón se sitúa claramente entre las segundas. El espacio en que transcurre es el piso de una familia de clase media, y la acción se sitúa claramente en el aquí y el ahora del momento de redacción de la obra. El autor definió esta obra como “tragicomedia”, aclarando así el uso que hacía de este término: “Un juego de contrastes entre la apariencia humorística de las cosas y su verdad íntima, profundamente seria” (Informaciones 10 feb. 1960).

En Tengo un millón reaparece uno de los temas más queridos por el autor: el contraste entre los sueños y la realidad. La realidad aquí está representada por una situación económica que, sin ser de extrema pobreza, sí es de cierta estrechez –la pareja protagonista vive en un piso muy alejado del centro de la ciudad, tiene dificultad para llegar a fin de mes, su criada cree que la despiden porque no la pueden mantener, lo que resulta muy verosímil, y se ven en apuros para pagar los recibos–, y la propia situación afectiva y vital de los protagonistas no es mucho mejor: su matrimonio, sin ser del todo malo, hace tiempo que cayó en la rutina y en la desilusión. Tampoco sus expectativas profesionales dan lugar a ilusión alguna: ella, Patricia, equipada con apenas unas mínimas nociones musicales, acaba de perder a su última alumna de piano. Cuando la asistenta le plantea dar clases de francés, ella misma prevé que su expectativa no es mucho mejor. Al marido, Mateo, le subieron el sueldo hace tres años en el banco donde trabaja y no hay motivo para pensar que se lo vayan a subir en mucho tiempo.

Frente a esta realidad, los dos sueñan con viajar de vez en cuando a París, con una casa bonita, con un coche, buenos vestidos y flores para ella… A diferencia de otras obras del autor, sin embargo, aquí la balanza cae del lado de la realidad, puesto que el cumplimiento del sueño, en este caso, pasaba por un comportamiento inmoral. Tal como señaló el crítico de Informaciones, “los héroes de la jornada renuncian a sus ilusiones, pero reconocen, en cambio, la existencia de otros valores no cotizables en bolsa” (Informaciones 11 feb. 1960).

La trama de esta obra consiste en una intriga que roza el género policíaco: debido a un accidente de tráfico, el protagonista tiene la oportunidad de robar un millón de pesetas y no duda en hacerlo recurriendo al truco de cambiar su documentación para que lo crean muerto. Gracias precisamente a este ardid, se irán presentando en su domicilio una serie de personajes que se dicen los verdaderos dueños del millón, dando lugar a una concatenación de situaciones tan divertidas como disparatadas, que recuerdan las comedias de Jardiel o Mihura. Tras conocer cómo se han apoderado del millón todos estos personajes, el protagonista decide quedárselo y no devolverlo, pero finalmente, al saber que hay una víctima inocente, su conciencia le impide seguir adelante.

La trama progresa de forma muy dinámica, gracias al continuo juego –de tono vodevilesco– de escondites y apariciones propiciado por las puertas, el armario y el timbre del teléfono, hasta que el protagonista detiene por un momento la acción para exponer la conclusión a que ha llegado después de conocer la forma en que los antiguos poseedores del millón de pesetas lo han obtenido, siempre con malas artes. Dicha conclusión, de tinte hobbesiano, no es otra que “la vida no es como yo la entendía. Los que viven son ellos. Los que luchan a puñetazos y mordiscos”. No obstante, Ruiz Iriarte no deja que esta sea la demoledora “moraleja” de su comedia; por el contrario, aunque queda claro que el dinero no siempre se consigue limpiamente, y que a veces tienen más precisamente quienes carecen de escrúpulos, lo cierto es que el autor salva a la pareja protagonista de caer tan bajo como para robarle el dinero a una pobre niña y les hace reconciliarse con su propia situación personal: pobres, sí, pero honrados. Libres y enamorados también:

Pero si después de todo no somos tan pobres… Estamos juntos. Y somos libres. ¡Libres! ¡Y podemos abrir la ventana! (Va al fondo y abre la ventana de par en par) ¡Mateo! Hubiera sido horrible vivir toda la vida con la ventana cerrada… (De cara al exterior, alza el rostro) ¡Qué hermosa noche! Todo el cielo está lleno de estrellas…

Enamorados, sí, pero sobre todo después de vivir juntos la peripecia del millón; experiencia que les ha servido para conocer la verdad de una serie de gentes tan ricas como inmorales y la suya propia. Poco antes, Patricia se quejaba amargamente de que su marido no tenía valor para hacer dinero, aunque ello le supusiera ir a la cárcel:

Patricia.—¡Ay! Mi marido no es de esos. ¡Qué ha de ser! ¡Pobre Mateo! Es tan infeliz, tan apocado, tan nada, nada (Con una repentina furia) Es tan bueno, que a veces, le daría de bofetadas… […] Otros hombres luchan, se afanan… No sé. Antes, yo me hacía ilusiones, ¿sabes? Tenía esperanzas… Pero ya ni eso. Mateo será siempre un pobre hombre.

El propio Mateo, consciente de que la pobreza estaba minando su matrimonio, justifica así el robo del millón:

Mateo.—(Suavemente) Mientes… Cada día me querías menos (Hay otro sollozo de Patricia) Porque no sé vivir. Porque soy un fracasado… Por todo eso. Y ya ves, yo te disculpo. Es la pobreza, ¿sabes? La estúpida pobreza, que lo destruye todo: el orgullo, la alegría, el amor… Todo (Se calla) ¡Patricia! En el fondo de tu corazón, sin decírselo a nadie más que a ti misma, ¿Cuántas veces sentiste el deseo de que yo hiciera una locura?

La trama policíaca y disparatada, aplaudida y reída por el público y la crítica, se combinaba con un claro componente moralista que, en cierto modo, la convertía en una obra “de tesis”. Este aspecto fue el que más disgustó a la crítica del momento. Alfredo Marqueríe, tras referirse al desenfado del primer acto y a los trucos escénicos que se suceden en el segundo, apunta: “Pero el autor da un cambio brusco, frena y para en seco y se nos pone serio, mejor dicho, intenta humanizar a sus seres de ficción para que, en lugar de hacernos reír, nos prediquen moral y nos conmuevan con su pequeño drama de miseria y angustia. Y eso, francamente, a nosotros nos choca y nos desorienta un poco” (abc 11 feb. 1960). En la misma línea se dirigía la crítica de Manuel Pombo Angulo:

al final, el autor –un autor tan abonado al éxito como Ruiz Iriarte– toma en serio la farsa y hasta pretende sacar su moraleja. Esto es lo que más desconcierta en una pieza, que da principio como un juguete cómico, con sus juegos de armario y todo, para acabar con un cuadro sentimental con pretensiones moralizadoras (La Vanguardia Española 12 feb. 1960).

Sin embargo, como se dijo, toda la trama previa a la “moraleja”, fue bastante aplaudida tanto por el público como por la propia crítica. El mismo Pombo Angulo comentaba: “Un diálogo excelente –Ruiz Iriarte es maestro reconocido en la asignatura teatral–, unas complicaciones de indudable efecto, colocan al público en situación. Francamente divertido, el público ríe, sin pedir lógica a la trama, ni preocuparse de dónde vienen ni a dónde van los personajes” (La Vanguardia Española 12 feb. 1960). Asimismo, Alfredo Marqueríe destacaba lo acertado de las partes cómicas y la eficacia de algunas situaciones y diálogos: “En Tengo un millón hay aciertos parciales de positiva eficacia, situaciones movidas, ingenio en la frase, buen juego dialéctico y algún tipo, como el ya citado de la ‘criadita’ o el de El Jefe, que se expresa con paradójico contrasentido, donde se advierte la experta mano de Ruiz Iriarte” (abc 11 feb. 1960).

Ciertamente, tal como señaló algún crítico, la trama no resulta verosímil en absoluto, pero tampoco el autor lo pretende: aunque nos encontramos ante una comedia muy alejada de los presupuestos iniciales del autor, tan anclados en el territorio del ensueño y la fantasía, tampoco se trata de una obra realista; por el contrario, en Ruiz Iriarte “la inverosimilitud está dentro de los cálculos del autor, es perfectamente deliberada y sería un grave error buscarle explicaciones causales o realistas, porque no es ese el propósito con que han sido creadas”. Por el contrario, “Ruiz Iriarte propone esas situaciones ‘absurdas’ con un sentido ejemplar y metafórico, con un estímulo que despierte en los espectadores reacciones paralelas a las de los personajes en escena” (García Ruiz 159). Aunque este estudioso se refiere aquí a las obras escritas por el dramaturgo en su primera etapa, sus palabras resultan igualmente aplicables a la comedia que ahora nos ocupa.

En cuanto a su valoración dentro del conjunto de las obras del autor, se consideró una propuesta acertada, aunque no de las más destacadas de su producción: “Aparte este reparo, la obra es graciosa, ajustada, y responde, como no podía dejar de hacer, al talento de Ruiz Iriarte, que se sobrepone a todo. Si no su obra más acertada, tampoco desentona demasiado en una producción de tanta altura y dignidad como la de este autor” (Pombo Angulo. La Vanguardia Española 12 feb. 1960).

La crítica destacó la interpretación de Adolfo Marsillach y Maruja Asquerino, así como la vis cómica de Gracia Morales, si bien el papel de esta última también contó con algún reparo, no tanto por la interpretación como por la construcción del tipo que hizo el autor: “el truco de la criada asustadiza ya fue desterrado del teatro español con las últimas producciones de Muñoz Seca”, escribió el crítico de Arriba (11 feb. 1960).

Por lo demás, las críticas a la interpretación fueron muy positivas. Pombo Angulo escribió: “La interpretación, buena; sobre todo por parte de Maruja Asquerino en un papel de mujercita sencilla, al que hace, incluso, sacrificio de su físico. Marsillach es el actor sobrio y eficaz de siempre. El resto, con Gracita Morales a la cabeza, contribuyeron a que el telón se alzara optimista al final de cada uno de los actos” (La Vanguardia Española 12 feb. 1960. Alfredo Marqueríe destacó en primer lugar la interpretación de Adolfo Marsillach, a quien además ensalzó por su “impecable y cuidada” dirección escénica de esta obra: “encarnó magníficamente la figura del protagonista, añadiéndole detalles y matices con sus recursos de gran actor”. También destacó la interpretación de la Asquerino: “en un personaje difícil por la violencia de la situación, demostró una vez más sus admirables dotes como actriz”; igualmente, alabó la comicidad de Gracia Morales: “consiguió arrancar las risas a cada una de sus frases”. La comedia contó además entre sus intérpretes con Agustín González, Carlos Larrañaga, Pilar Sala y Amparo Baró, entre otros, cuya composición de tipos fue igualmente alabada por Marqueríe.

 

 

 
Obras citadas:
García Ruiz, Víctor. Víctor Ruiz Iriarte: autor dramático.
Madrid: Fundamentos, 1987.
 

 

 
 
 
 
 
ARCHIVO DE PRENSA, EN PDF
(procedente de la Fundación Juan March)
En Lara se estrenó "Tengo un millón", de Víctor Ruiz Iriarte / por Alfredo Marqueríe. ABC 11 febrero 1960: 9, 63. Fotografía.