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Título: Un día en la Gloria, farsa en un acto. Autor: Víctor Ruiz Iriarte. Estreno: Teatro Argensola de Zaragoza,23 de septiembre de 1943.
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Un día en la Gloria
 
El derecho a soñar
Juan Antonio Ríos Carratalá • Universidad de Alicante
         
 

La obra teatral de Víctor Ruiz Iriarte siempre defendió el derecho a soñar y a compartir el optimismo; incluso en los momentos más duros, como los de una España autárquica en la que un grupo de estudiantes celebró el inicio del curso con la puesta en escena del sueño de la Gloria rodeado de «un vaho sobrenatural». No sobrarían los medios para un estreno con una continuidad problemática, pero la voluntad quedaba al margen de cualquier duda. El objetivo era crear un ambiente de «pura imaginación y fantasía» donde, en tono de farsa, se recreara la idea de que ya nadie aspiraba a poblar un lugar destinado a la inmortalidad y la fama. Aunque jóvenes y con la vida por delante, los intérpretes del Teatro Español Universitario del distrito de Zaragoza, bajo la dirección de José María Forqué –cineasta fiel a sus orígenes teatrales­– estrenaron Un día en la Gloria. Durante la representación decían añorar tiempos pasados que no conocieron mientras lamentaban el presente de una «humanidad ruin y poco ambiciosa». La acusación era universal para tranquilidad de todos. La responsabilidad de esta cuesta abajo recaía en el «capricho de las multitudes» a la hora de poblar un mundo habitado por las sombras, ya que la Gloria tan solo es «el recuerdo que de nuestra vida tienen los que viven en el mundo». Mal asunto, pues bastante difícil resultaba para esas multitudes sobrevivir en medio de tantos espantos capaces de poblar lugares menos fantasmales que la esquiva Gloria.

El joven autor lamenta a través de los diálogos que sus contemporáneos no sueñen y carezcan de ambición. También que sean vulgares o caprichosos a la hora de encumbrar a quienes merecen el honor de la fama y la inmortalidad. Los ecos de los aplausos y los gritos de las masas introducen lo cursi y lo pasajero donde solo debiera encontrar acomodo lo inmortal y lo trascendente. El Heraldo, «el trompeta de la ilusión», lanza sus clarines sin desfallecer convocando a la Gloria. Confía todavía en nuevas incorporaciones, pero la última palabra la tienen unas multitudes capaces de mezclar en tan privativo lugar a Séneca con la Fornarina y que, puestas a recordar, confunden a Napoleón con Robert Lorry, el actor que recrea su personalidad en el último estreno cinematográfico. Es el signo de los tiempos, tal vez de cualquier tiempo, y tampoco conviene tomárselo a pecho o con amargura porque de una farsa amable y de inicio de curso se trata. En última instancia, y a pesar del leve escepticismo sobre la viabilidad de la Gloria, al final el Heraldo, encaramado en la balaustrada, toca su trompeta y llama a los hombres «¡A la Gloria! ¡A la Gloria!». Siempre hay un motivo para el optimismo en el teatro de Víctor Ruiz Iriarte, aunque sea el basado en los sueños de quien está predispuesto a sonreír.

Un día en la Gloria es una obra de juventud y anterior a los primeros estrenos comerciales, pero escrita con la sensibilidad, la cultura y la elegancia de un Ruiz Iriarte ya definido teatralmente desde sus comienzos. El texto fue publicado en el número inaugural de Haz, la «revista nacional» del Sindicato de Estudiantes Universitarios. Un organismo de afiliación obligatoria, como tantos de aquella época. Corría el mes de febrero de 1943, el silencio se imponía y este tipo de publicaciones era el único refugio para los jóvenes creadores con inquietudes. Hasta bien entrados los años cincuenta, bastantes autores dieron sus primeros pasos en los diferentes géneros literarios gracias a unas instancias oficiales que financiaban revistas testimoniales. Apenas incidían en los gustos populares, tampoco se difundían demasiado, pero en sus consejos de redacción tuvieron presencia los sectores que por su falangismo, a veces irredento, podían resultar menos integristas y hasta dejar resquicios para dramaturgos disidentes como Alfonso Sastre. Algún ejemplar de aquella revista llegaría a la sede del teu de Zaragoza y caería en las manos del joven director José Mª Forqué. La farsa en un acto comenzó así una modesta andadura, pero emocionante para un creador que llevaba varios años esperando, con las ideas claras, un debut en el teatro comercial.

El 13 de diciembre de 1943, el Aula de Cultura del Ateneo de Madrid organizó un acto público «bajo la presidencia del padre Mateo y con el camarada Mediano como secretario». El ambiente respondía a los patrones de una posguerra de sotanas y uniformes. Los invitados en esta ocasión eran Miguel Ródenas, crítico teatral de abc, y Víctor Ruiz Iriarte, que leyó Un día en la Gloria como si lo hiciera ante una compañía profesional dispuesta a estrenársela. No abundaban oportunidades como la que le brindaba tan distinguida tribuna. Terminada la lectura, «hubo entre autor y crítico un breve diálogo sobre la tesis de la comedia» (Arriba, 14 dic. 1943). Desconocemos las conclusiones, pero fue acogido con satisfacción por los asistentes a tenor de lo escrito en las crónicas.

Los ecos de la lectura en el Ateneo y el estreno en Zaragoza llegarían hasta Modesto Higueras, que asumió la dirección de la farsa en un festival organizado por el teu de Madrid en el teatro Español el 4 de julio de 1944. Completaba el cartel la puesta en escena de una adaptación de La vida es sueño de Calderón, siendo la breve obra de Ruiz Iriarte una forma de iniciar «la fiesta a la vieja usanza» (Madrid, 5 jul. 1944). El éxito fue notable de acuerdo con lo publicado en la prensa. El crítico Alfredo Marqueríe se extendió en elogios y concluyó afirmando que el autor había «logrado ya mejor puntuación en la literatura escénica que muchos de los autores sedicentemente consagrados y populares con vasto –y basto– repertorio» (abc, 5 jul. 1944). Se valoraba mucho la distinción y la elegancia en los círculos literarios o teatrales de la posguerra. Jorge de la Cueva elogió la acción ligera de la obrita como «el núcleo en torno al cual el autor va acumulando pensamientos y frases enjundiosas y alusiones sutiles de certero efecto, sin que padezca el movimiento ni el sentido teatral de la farsa, ni el interés del público, que se manifestó en grandes aplausos, que el autor hubo de recoger desde la escena» (Ya, 5 jul. 1944).

En noviembre del mismo año, el teu madrileño volvería al teatro Español con otra sesión en la que se incluyó de nuevo Un día en la Gloria, esta vez junto con la humorada Ático izquierda, del médico y hoy olvidado comediógrafo Julio Angulo. Ruiz Iriarte había compartido cartel con un auto sacramental de Calderón, la crítica había señalado en su obra positivas influencias de Bernard Shaw, Anatole France y Oscar Wilde, todos le auguraban una brillante trayectoria… El autor tenía motivos para sentirse satisfecho con una obrita que parecía del agrado universal. Tanto sería su orgullo que se mostró dispuesto a prorrogar la difusión del texto con una edición no venal de cien ejemplares. La repartiría entre sus amigos y las gentes del teatro, como una semilla de futuro. El joven comediógrafo necesitaba dar el paso adelante para adentrarse en el teatro profesional, pero confiaría en un texto amable, curioso y escrito con la pulcritud de quien nunca cayó en lo vulgar.

La lectura de Un día en la Gloria nos depara hoy una sensación de ingenuidad propia de una farsa, combinada con ternura y una ligera ironía. Percibimos en múltiples rasgos estilísticos a un autor culto y sensible, atento a los recursos de un oficio que fue aprendiendo con aplicación, pero también la necesidad imperiosa de un sueño. Lo compartieron aquellos universitarios con inquietudes artísticas que buscaban un teatro distinto al de las carteleras comerciales. La distinción solo podía venir por el camino de un juego amable y de suaves perfiles, sin aristas que resultaran conflictivas, pero con las suficientes notas cultas para evidenciar la distancia que mediaba con respecto a lo que Alfredo Marqueríe definiera como repertorio vasto y basto de tantos autores. Al final de su trayectoria, Ruiz Iriarte contó con el generoso fruto de una labor continuada e incansable. Sin embargo, desde el principio supo esquivar los caminos de lo vulgar. Esa cualidad distintiva era su aval para esperar una oportunidad que le vendría poco después de estrenar Un día en la Gloria gracias a los muchachos del teu comandados por José María Forqué y los no menos entusiastas bajo la dirección de Modesto Higueras. El padre Mateo y el camarada Mediano también sonreirían al ver en los escenarios una farsa leída con tanto entusiasmo por el autor.

 
 
 
 
 
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