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Título: Un paraguas bajo la lluvia, comedia en dos actos y ocho cuadros. Autor: Víctor Ruiz Iriarte. Estreno: Teatro de la Comedia, de Madrid, la noche del 14 de septiembre de 1965. Director: Víctor Ruiz Iriarte.
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Un paraguas bajo la lluvia
 
Ella, la otra y la contraria
Óscar Barrero Pérez • Universidad Autónoma de Madrid
         
 

“Juguetón esquema de ballet” (Enrique Llovet. ABC 16 sept. 1965); “leve, alegre, encantador scherzo” (José Montero Alonso. Madrid 15 sept. 1965); “juego escénico” (Francisco García Pavón. Arriba 16 sept. 1965); “enredo” (J. Téllez Moreno. Hoja Oficial del Lunes 20 sept. 1965). Tales eran los comentarios de la crítica madrileña, después del estreno, el 14 de septiembre de 1965, de la amable comedia de Víctor Ruiz Iriarte Un paraguas bajo la lluvia, obra que parece pensada para el lucimiento de los actores y actrices y, de manera especial, de la cómica Gracita Morales. El propio autor –lo recordaba Nicolás González Ruiz en Ya (15 sept. 1965)– había definido en su Autocrítica esta nueva producción como un divertimiento, marcando con dicha palabra el modesto límite de sus aspiraciones.

El número de actores y actrices utilizados era muy reducido porque Gracita Morales, Mabel Karr y Alfredo Landa daban vida a variantes distintas de personajes con los que el autor venía a representar la misma idea de fondo en tiempos distintos: la mujer se veía obligada a trabajarse el amor del hombre de sus sueños. Sobre la escena el hilo conductor de otra actriz prestigiosa, Julia Caba Alba, daba vida a la madre de la protagonista, se supone que habitante de una existencia distinta de esta mortal, la cual explica las vicisitudes del pasado a la joven que, desde el presente, recaba su ayuda. Teatro, en definitiva, fácil, pero únicamente para quien, como Ruiz Iriarte a estas alturas de su vida, andaba sobrado de oficio.

Se plantean cuatro situaciones distintas en sendos tiempos históricos, todos los cuales tienen en común un punto de partida: el deseo, por parte de una mujer sin especiales atractivos físicos, de conquistar a un hombre inicialmente no interesado por ella. Lo consigue utilizando en cada caso un ardid diferente. Podríamos hablar de una sucesión de cuadros que serían independientes si no fuera por el argumento común y por la presencia de un engarce único: la mujer que, bajo la protección de un paraguas y situada sobre una plataforma, conoce las vicisitudes de tres de las mujeres afectadas (su abuela, su madre y ella misma) y está a punto de saber cuál es el problema que afecta a su hija.

No es fácil encontrar profundidad en una obra como la examinada ni, con toda seguridad, Ruiz Iriarte quiso ofrecerla a un público ansioso, más que nada, de entretenimiento. Sin embargo, como de costumbre en el autor, existe un cierto didactismo. Es sencillo y nada inhabitual, por otra parte, en él: el amor triunfa frente a cualesquiera obstáculos que las circunstancias o las personas le impongan. Si hay mujeres, como las Floritas de estos cuadros, empeñadas en hacer que salve las barreras, tal cosa sucederá. La muralla más importante, en Un paraguas bajo la lluvia, es la presencia de ella, la otra, la contraria, aquella mujer que puede despertar el interés del hombre porque su atractivo es superior al de la Florita de turno. No hay, sin embargo, enemigo pequeño. Las Floritas son casi insignificantes pero tienen armas que pueden hacer valer. Sabe cocinar como la de hacia 1885. Es astuta e intrigante como la de 1905. Maternal y protectora como la de 1936 o, incluso,  puede llegar todo lo lejos que resulte posible, como la de 1965. En el amor, como en la guerra, todo vale.

La evolución de estas Floritas se ha acompasado a los tiempos. Una mujer del siglo XIX era una buena ama de casa y eso explica la figura de la Florita del primer cuadro. Su pareja, Octavio, no puede justificarse de manera realista en esta obra a fin de cuentas no realista porque no es más que una figura teatral. Se trata de un marqués que no parece percatarse del carácter como mínimo liviano de la Adelina a la que lleva a su casa. Además, contra toda lógica, necesita a esta mujer por la que se ha interesado para que cocine, lave y planche para él, como si esas tareas no pudiera ejecutarlas con más eficacia una sirvienta. No más lógico es que unos pocos días pasados en una casa basten para que una simple cocinera se enamore de un marqués y, sin más estímulo que ese, abandone la casa en que sirve y se presente, con todas sus pertenencias, en la de aquel. Antes de casarse con el noble abrumará al espectador con una larga parrafada sobrada de frases para las que no puede encontrarse otra justificación que no sea la búsqueda del lucimiento de la actriz. Feliz final posible solo en el mundo de la comedia.

Resolución grata para el espectador, y no más verosímil, tiene el segundo episodio, lance de adulterio sorprendentemente no conocido por el esposo pero sí descubierto por la Florita del cuadro, que arregla a su manera el enredo para, de forma imposible de aceptar en buena lógica, casarse con quien asaltaba el hogar de sus tíos. El adulterio, tema tan habitual en Ruiz Iriarte, aparece despojado de cualquier sombra de dramatismo, hasta el punto de ser el que propicia el casamiento de Florita. Poco enamorada debía de estar la adúltera Rosalía, y lo mismo cabe decir del donjuán Teodoro, cuando ambos prestaron oídos a los débiles testimonios que harán tambalear su relación y que permiten que surja el interés del joven por Florita. El cornudo, para reforzar la comicidad de la obra, es quien bendice la nueva relación. Este es el episodio en el que se introducen más cuñas sociohumorísticas, como la que alude a la tolerancia moral de Francia con respecto a la supuesta intransigencia española.

Otras observaciones tienen un carácter puramente jocoso: “—Aquí [en Madrid] todo es miserable y mezquino… —¿Y adónde iremos? —¡A Soria!”. Después de lo cual, Rosalía le pide a su amante que no olvide que ella es una mujer decente. No pocas de las frases pronunciadas por Florita parecen escritas exprofeso para Gracita Morales, poseedora de una peculiar voz y una característica manera de actuar, merecedoras ambas de la sonrisa cómplice del espectador: “¡Madre mía! ¡Qué adulterio! Pero ¡qué adulterio!”. O: “¡Perdido! ¡Libertino! ¡Que es usted un libertino!”. Pueden intuirse los modos actorales de la Morales en la parte final del audio Esta es su vida.

Desde el principio del cuadro quinto, inicio del acto segundo –innecesaria partición obligada por simple convención teatral–, queda clara la fecha en que la tercera Florita, la que ha sido invocada al principio de la obra, habrá de utilizar sus artes amatorias: 18 de julio de 1936. En el curso del cuadro se juega de vez en cuando con el valor histórico de dicha fecha, dándole un carácter dilógico: “¿Me prometes que no olvidarás nunca este día? […] ¡Oh! ¡Lo que nos espera, Guillermina!”. Ni lo imagina. El protagonista del lance, Adolfo, va a casarse con Guillermina, a quien ha conocido quince días atrás, pero terminará haciéndolo con Florita, una joven más bien desmañada y poco atractiva que jugaba en su infancia con aquel y que lo conquistará escondiendo a este hombre de derechas en su casa durante los tres años que duró la guerra civil. Para que su fechoría tenga un pase moral habrá de quedar claro que la tal Guillermina “dio que hablar en Burgos”. “De menuda se libró tu padre…”, refuerza la tercera Florita. Previamente habrá dejado caer el nombre de otro individuo pretendidamente relacionado con Guillermina, quien, a su vez, reprochará la relación supuestamente mantenida por su novio con una vicetiple. La historia del segundo caso, pues, se repite: sospechas, nombres lanzados contra la otra persona, acusaciones. Naturalmente, la beneficiada es Florita, que sacará el mejor partido de su vena protectora en la difícil circunstancia histórica por la que está a punto de atravesar España. “En la guerra como en la guerra”, se justifica la Florita vencedora de la refriega.

La última Florita, la actual, se ha equivocado de habitación. El resultado ha sido una relación sexual con Mateo, de quien se enamoró ocho días atrás y que hasta entonces se había interesado por ella más bien poco. Lo había invitado a un parador con fines como mínimo poco claros y termina sucediendo lo no previsto. ¿O acaso sí? Es igual. El resultado es este por el que ahora la cuarta Florita no sabe si reír o llorar. Lo cierto es que en 1965 los tiempos fluyen con rapidez y, por lo que se ve, ya no es el hombre quien toma la iniciativa en los asuntos del amor. De hecho, Mateo es pusilánime, timorato y no se da cuenta de la naturaleza del movedizo terreno que le está obligando a pisar Florita, que lleva la voz cantante de la relación en todo momento, ante el apocamiento de su reticente pareja: “Un hombre es un hombre, señorita. Y un hombre tiene una reputación”. Los papeles se han invertido en este nuevo tiempo reflejado en la  conversación entre Mateo y la joven, ejemplo de las preocupaciones satirizadas más de una vez en el teatro de estos años por Ruiz Iriarte: las inquietudes sociales, el cine intelectual, la literatura sesuda, el régimen político español, la homosexualidad; y sobre todo, la mujer. Las reticencias de Mateo a mantener relaciones físicas con Florita permiten dar entrada al tema de la homosexualidad, uno de los motivos secundarios reiteradamente presentes en Ruiz Iriarte. Florita se encargará de disipar las dudas expresadas por la actriz Nina, personaje tópico y no del todo necesario porque únicamente alarga el texto de manera poco procedente: “Ahora hay muchos así…”. Habrá boda porque será Mateo quien se la solicite a Florita, consiguiendo así que sea esta quien haga que aquel se sienta culpable de lo sucedido.

Todas las Floritas están condenadas a repetir la misma historia: emprender la caza de un hombre que se les resiste y hacerlo con las pocas armas con que Dios o la naturaleza les han dotado. No es mucho, pero sí suficiente para una comedia sin mayores pretensiones, sobre todo si consideramos su naturaleza fragmentada. Precisamente en su estructura, por lo que tiene de variedad que impide el aburrimiento, halla la obra su aliado y, al mismo tiempo, su mayor enemigo, como hubo de ver Pérez Fernández, el crítico de Informaciones (15 sept. 1965), quien señaló que el ritmo de la comedia era declinante desde la primera pieza, “la mejor de todas” a su juicio, hasta la última, la más floja, porque “el tipo del muchacho pudoroso está ya demasiado visto”, pasando por una segunda “todavía plenamente teatral” y una tercera que era “apenas un apunte fugaz”.

Al final, la Florita madre trasmitirá la moraleja buscada, no por tópica menos grata al espectador: “Después de todo, nuestros pecados, nuestras pequeñas y grandes travesuras, fueron por amor. Estábamos enamoradas. Y es tan dulce y tan bonito y tan grande, Señor, estar enamorada”. Aventura para su hija la misma felicidad que ella, su madre y su abuela disfrutaron. Claro que los años sesenta del pasado siglo eran ya una época turbulenta por lo que a este y otros aspectos se refiere. Pero ahí se detiene el amable examen de Ruiz Iriarte.

 
Obras citadas:
Ruiz Iriarte, Víctor. “Autocrítica”. Teatro español: 1965-1968.
Ed. Federico Carlos Sainz de Robles. Madrid: Aguilar, 1967. 101.
 

 

 
 
 
Todas las 'Floritas' están condenadas a repetir la misma historia: emprender la caza de un hombre que se les resiste y hacerlo con las pocas armas con que Dios o la naturaleza les han dotado. No es mucho, pero sí suficiente para una comedia sin mayores pretensiones.
 
 
ARCHIVO DE PRENSA, EN PDF
(procedente de la Fundación Juan March)
Autocrítica de "Un paraguas bajo la lluvia". ABC 14 septiembre 1965: 79-80.
Estreno de "Un paraguas bajo la lluvia". ABC 15 septiembre 1965: 8, 65.
Estreno de "Un paraguas bajo la lluvia", en el teatro de la Comedia / por Enrique Llovet. ABC 16 septiembre 1965: 71.