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Usted
no es peligrosa se estrenó la noche del 22
de octubre de 1954 en el Teatro Infanta Isabel de Madrid,
tan solo tres días después del estreno
absoluto de La cena de los tres reyes en el
Alcázar, lo que muestra el buen momento de popularidad
que por entonces vivía el autor, pues casi simultáneamente
los empresarios teatrales madrileños le abrieron
las puertas de dos de los más importantes locales
de la ciudad. En su crítica a esta nueva obra
de Ruiz Iriarte, Adolfo Prego no pudo evitar establecer
una comparación entre ambos textos, aunque fuera
para destacar la distancia que, en su opinión,
existía entre ellos: «En esta ocasión,
no creo que haya sido posible descubrir ninguna indicación
de que el autor se plagiase a sí mismo. Usted
no es peligrosa está justamente al otro extremo
de la línea que La cena de los tres reyes.
Es completamente distinta, y lo es esencialmente porque
el espíritu del autor se orientó de distinto
modo. Quiso –y realizó– una comedia
más normal, más del gusto del público,
menos espectacular y fantasiosa» (Informaciones,
23 oct. 1954).
Por lo que se refiere a su acogida
entre el público
de su tiempo, esta obra no puede contarse entre los éxitos
de Ruiz Iriarte, ya que permaneció en cartel durante
solo veinte días, con un total de cuarenta representaciones
en Madrid. En cuanto a su recepción en la prensa,
por lo general, los críticos elogiaron el buen oficio
del autor, que había sabido construir una comedia
interesante y divertida sobre un tema sobradamente conocido.
Por citar algún testimonio, Alfredo Marqueríe
escribió: «La anécdota central de Usted
no es peligrosa –el matrimonio fingido por
el sobrino del tío y testador acaudalado y la
escena de alcoba con la joven que no quiere pasar de
ciertos límites
en la impostura– ha sido llevada muchas veces al
teatro. Pero el mérito fundamental de Víctor
Ruiz Iriarte es que con un tema nada nuevo ha sabido escribir
una comedia burlesca, desenfadada, llena de frases y situaciones
felices, que interesa y que hace reír» (abc,
23 oct. 1954). Por su parte, Elías Gómez
Picazo se mostraba francamente elogioso al valorar esta
nueva obra del autor: «Es una comedia verdaderamente
graciosa, de fondo humano y envoltura desenfadada»,
y algo más
adelante la calificaba de «comedia divertidísima,
con pequeñísimos reparos en cuanto a su construcción
y desarrollo, que merece un gran éxito y prolongada
permanencia en cartel» (Madrid, 23 oct.
1954). Dos años después, el montaje viajó a
Barcelona, donde se representó en el Teatro Windsor.
Allí, Martínez Tomás, se refirió a
la comedia como «una pieza alegre y optimista, tejida
sobre un argumento que no se distingue precisamente por
la novedad», con «personajes divertidísimos» y «situaciones
de una gracia traviesa, retozona y jovial» (La
Vanguardia Española, 9 jun. 1956).
Como en
otras ocasiones, también esta vez los críticos
valoraron el primer acto en mayor medida que los dos restantes: «El
planteamiento es perfecto, con un primer acto movido, sorprendente
y regocijante, tanto por el ingenio del diálogo
como por el acierto en el diseño de los tipos que
en él
aparecen», escribía Gómez Picazo (Madrid,
23 oct. 1954). Así mismo, Adolfo Prego calificó este
acto primero como «muy movido y chispeante, en el
que opera un diálogo feliz y una situación
expositiva prometedora», si bien en los actos siguientes
destacó sobre
todo la capacidad de Isabel Garcés para mantener
con gracia su papel (Informaciones, 23 oct. 1954).
E igualmente, Martínez Tomás destacó que «el
primer acto de la comedia es notoriamente mejor que los
otros dos», y añadía: «Se cumple
en él
la norma, tan corriente en el teatro de ahora, de que el
autor emplee lo mejor de su ingenio en plantear el esquema
de lo que va a ocurrir» (La Vanguardia,
9 jun. 1956).
Vista desde hoy, creo que, pese a
la indudable maestría
de que hace gala Ruiz Iriarte en la construcción
de la comedia, estamos ante una de las obras del autor
que peor han soportado el paso del tiempo, sobre todo por
los importantes cambios que desde los años cincuenta
se han producido en nuestro país en el papel social
de la mujer. En efecto, el modelo de mujer representado
por Marta frente a las tres mujeres «peligrosas»,
y el modelo de relación que se establece entre aquella
y Fernando poco tienen ya que ver con nuestra realidad.
A diferencia de las tres casquivanas ex-amantes de Fernando,
y de acuerdo con los valores que propugnaba la moral nacional-católica
impuesta por el régimen dictatorial, Marta es una
mujer «de verdad» que, tal como dice Felisa, «sabe
coser, guisar, bordar y planchar. Y de niños, entiende
más que nadie». Y aunque en ocasiones Marta
envidie a las mujeres «peligrosas», lo cierto
es que el autor la presenta como superior a estas, a las
que dibuja con rasgos caricaturescos.
Recordemos brevemente el argumento:
Marta, «patito
feo» a quien su madre no fue capaz de casar, sueña
con su vecino, el mujeriego Fernando, de quien está enamorada
en silencio, mientras se dedica a cuidar de sus tres sobrinitos.
Gracias a la circunstancia excepcional que supone la aventura
de ir a ver a su tío, Fernando la conoce y descubre
sus cualidades de buena esposa. Lo que parecía un
inconveniente, la cualidad de «no peligrosa» de
Marta, acaba convirtiéndose en virtud, y Marta consigue
enamorar al hombre al que quiere. Recuerda en cierto modo
a un cuento de hadas, un cuento para las muchachas reprimidas
del franquismo que soñaban con una recompensa a
su sacrificio y abnegación. En efecto, a la hora
de abordar este argumento, el autor se aleja de los modos
de representación
realistas para adentrarse por los territorios de la fantasía
y del cuento, a semejanza de lo que ocurría en La
cena de los tres reyes, si bien, a diferencia de
aquella, que derivaba por los territorios de la sátira
política,
aquí el autor se centra en la historia de amor entre
los dos protagonistas. Ya desde el principio se nos aclara
que vamos a entrar en un espacio, la casa de Fernando,
excepcional y único dentro un contexto gris y anodino
(«Si
es que en una casa como esta, donde todos los vecinos son
gente de orden, este piso, que es todo lo contrario, resulta
casi, casi un Museo…», dirá Felisa),
y que vamos a asistir a una situación igualmente
excepcional, donde lo cotidiano (el papel silencioso y
pasivo de Marta) va a dejar paso a una nueva realidad en
la que se van a invertir los términos (ahora Marta
es necesaria y va a jugar un papel activo en la vida de
Fernando).
Pero no solo la situación inicial se
sale de lo común.
También las relaciones que se irán estableciendo
entre los personajes se escapan de lo previsible. Si ya
desde el principio la confianza con que Felisa se dirige
a Marta y la introduce en su casa roza los límites
de lo verosímil,
poco después, la relación que se establece
entre Fernando y las tres mujeres que fueron sus amantes
(o mejor dicho, entre dos de ellas más el marido
de la tercera), y posteriormente, entre estos y Marta,
resulta del todo inverosímil contemplada desde una óptica
realista. Sin embargo, no es en clave realista como se
entiende la presencia en la obra de estos tres personajes;
su función
no es indagar en el comportamiento humano, mostrando los
detalles de unas relaciones que, en cualquier caso, resultarían
mucho más complejas; en realidad, su presencia tiene
bastante más que ver con las «funciones» (en
la terminología de Propp) que cumplen los personajes
de los cuentos de hadas: en el primer acto, deben abrir
el camino para que Marta asuma el papel que inicialmente
estaba destinado a uno de ellos; además, deben servir
como antimodelos de mujer que contrasten con la protagonista,
realzando así el valor de esta; en el tercero, son
los testigos de la confesión de Marta (o mejor dicho,
de su «fingimiento», volviendo a la terminología
del erudito ruso), que precipita el desenlace. También
cumple una función muy determinada el personaje
de Felisa, que, si bien lleva a cabo la tarea de unir a
los protagonistas, más que con la tradición
celestinesca, está emparentado con los personajes
benefactores de los cuentos de hadas, ya que une a Fernando
y Marta sin interés
personal alguno.
Sin llegar a situarse en el plano
intemporal y ahistórico
de los cuentos de hadas, la obra de Ruiz Iriarte se sitúa
en un plano que oscila entre la fantasía y la realidad,
al menos en el acto central, y lo hace mediante el personaje
de Manolito, anciano al que aún llaman «El
Chico» y
que prefiere el diminutivo de su nombre porque, según
dice, le «va más con la edad»; personaje
que, además, recuerda que en el 36 «todos
decían
que se iba a armar una buena», aunque ignora si finalmente
se armó o no. También es indefinido el espacio
de la acción: para acentuar el clima fantástico,
esta se sitúa en un palacio, habitado por tres personajes
inverosímiles –al que, además, han
llegado los protagonistas tras un «viaje»,
y en el que tendrá lugar una prueba en la que habrán
de enfrentarse al «dragón» de la tentación
sexual–; pero, por otra parte, este palacio está ubicado
en una ciudad tan real y tan concreta como Valladolid («Esto
no es Hollywood. Aquí estamos en Castilla»).
Al mismo tiempo, y para que no haya dudas, se hace alusión
en varias ocasiones a la «españolidad» de
un personaje, de un género musical o de la propia
ciudad. Extraño territorio espacio-temporal el de
esta obra.
Pero no solo en el acto central cuenta
esta obra con elementos propios de los cuentos de hadas.
Ya desde el comienzo del acto primero se produce la salida
de la protagonista de los límites de su casa y la «transgresión» de
los límites establecidos al penetrar en la casa
de Fernando, con la mediación de Felisa. El motivo
que va a desencadenar la «partida» de los protagonistas
no es otro que el de realizar un «engaño» (en
este caso, al tío millonario de Fernando) para recibir
unos bienes; otro motivo que se reitera en la estructura
de los cuentos. El final que se adivina, la boda, es también
el típico en el género (como en la comedia).
Entre tanto, hemos encontrado muchas otras «funciones» desarrolladas
en esta comedia cuyo análisis exhaustivo excedería
los límites de esta presentación.
Lo que
sí es importante destacar es que en la obra
de Ruiz Iriarte las aristas de los cuentos maravillosos –que
en la tradición original son muchas, y que ya fueron
rebajadas en las versiones aburguesadas que se realizaron
a partir del xviii– han quedado limadas al máximo:
el dragón de la tentación sexual no es tal,
pues Marta «no es peligrosa»; también
quedará desmentido el engaño al millonario –que
ni siquiera era un engaño malévolo, sino
más
bien una mentira piadosa–, tanto por la sinceridad
de Marta como porque lo que iba a ser engaño, finalmente,
promete convertirse en realidad; e incluso las tres amantes
antagonistas (tal vez equiparables a las «hermanastras» de
los cuentos) acaban compadeciendo a Marta y apoyándola
en sus fines. No cabe mayor suavización del género.
Tras
estas reflexiones, resulta inevitable preguntarse por qué,
si, como parece, el autor quería escribir
una historia de amor próxima a las de los cuentos
maravillosos, no situó directamente su obra en un
territorio mágico y simbólico, y se olvidó de
Valladolid, de la guerra del 36 y del nacional-catolicismo.
Tal vez con Usted no es peligrosa Ruiz Iriarte
intentara mostrar que incluso en un contexto tan árido
y triste como podía ser el de la España de
los años
cincuenta, aún eran posibles los cuentos de hadas,
por imposible que pareciera. |
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| Es
una de las obras de Ruiz Iriarte que peor han soportado
el paso del tiempo, sobre todo por los importantes
cambios que desde los años 50 se han producido
en España en el papel social de la mujer. |
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