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Título: Yo soy el sueño, comedia dramática en tres actos. Autor: Víctor Ruiz Iriarte. Estreno en Madrid: 'Yo soy el sueño' nunca fue estrenada.
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Yo soy el sueño
 
Imaginar un ideal
Juan Antonio Ríos Carratalá • Universidad de Alicante
         
 

El sueño es una constante del teatro de Víctor Ruiz Iriarte como expresión de un anhelo de los personajes que les lleva a intentar superar una vida desagradable mediante la fantasía. (1) Este reiterado componente siempre está vinculado a una aspiración o un deseo. También a la necesidad de imaginar un ideal. En este caso, el sueño es el de Estrella, una joven que en compañía de su padre y unos pocos sujetos más se encuentra aislada en una isla solitaria del Pacífico durante doce años. Cuando llegó apenas era una niña, ha sido educada a salvo de cualquier contacto con la realidad exterior, pero al convertirse en una joven siente las mismas necesidades que otras mujeres de su edad. Un día descubre que Marcel Taverner, un oficial náufrago que irrumpe en su aislamiento, es su «sueño». La vida se impone: «Quiero escapar. No puedo resistir este deseo. ¡Escapar de aquí! ¡Quiero vivir como todas las mujeres!» (i), afirma Estrella después de soñar, como cada noche, con una vida distinta a la monocorde de su soledad. La trama de la obra permite la realización un tanto rocambolesca de esa afirmación vital. Marcel y Estrella parten con destino a un futuro prometedor porque están enamorados. Termina así la muy literaria empresa de Andrés Kovach, un músico desengañado y amargado que arrastró a su soledad a unos pocos familiares y amigos.

Las islas solitarias siempre han dado mucho juego en la tradición literaria y teatral. Ruiz Iriarte no es original al concebir un marco idealizado en cuyo aislamiento es posible subrayar una situación insólita. Su amigo Enrique Jardiel Poncela le pudo haber facilitado algunos consejos al respecto. En este caso, el protagonista es Andrés Kovach, un enigmático músico que, a lo largo del segundo acto, nos descubre las razones de su voluntaria permanencia en un lugar alejado de cualquier contacto con la civilización: «Un día, hace muchos años, comprendí qué inútil es vivir cuando ya solo se guarda odio para los hombres y para el mundo entero» (ii). La razón de tanto odio es la traición de la mujer a quien amaba hasta que, desesperado, la asesinó. La alternativa en busca de la paz, y la impunidad, consiste en renunciar a la fama de que Andrés Kovach disfrutaba para «vivir una vida nueva y alegre en soledad, sin otra compañía que mi violín, el amar y los árboles de la isla» (ii).

El problema es que con su decisión Andrés Kovach también condena a su hija y a unos pocos sujetos que les acompañan. Al menos hasta que, de nuevo la tradición manda, un naufragio trae a Marcel y Hans a la isla solitaria. Son dos marineros de los bandos enfrentados durante la ii Guerra Mundial. Uno es el captor y el otro el prisionero, pero ambos han salvado la vida y disfrutan de una amistosa relación porque comparten cultura y sensibilidad. Su presencia altera todos los planes de Andrés Kovach. Los marineros conocen su fama y le intentan convencer para que vuelva a la civilización, aunque sea la de unos países enfrentados en una guerra. Saben que «la vida es triste o loca» (ii), pero merece la pena vivirla, sobre todo cuando se tiene la juventud de Estrella. Marcel y Hans no logran que el músico ponga fin a su «aventura» porque su amargura es ilimitada. Apenas importa, ya que la crisis provocada por la intervención de los marineros acarrea la muerte de quien con su desaparición facilita la vuelta a la vida de su hija y quienes la habían acompañado en la isla durante doce años. El final de Andrés Kovach es triste, pero la promesa de futuro para Estrella resulta compatible con el optimismo consustancial al teatro de Víctor Ruiz Iriarte. El parlamento final del capitán Marcel Taverner resume el sentido de la obra: «¿Oyes, Estrella mía? Esas canciones también son la vida, como la muerte misma y el dolor. Del dolor solo pueden escapar los que sueñan… Ven. Yo te llevaré lejos. Yo te haré soñar… ¡Yo soy tu sueño!» (iii).

La «comedia dramática» podría haber terminado con la sonrisa de los espectadores esperanzados al contemplar esa concreción de un nuevo sueño, pero el texto de Víctor Ruiz Iriarte nunca pasó de las páginas de una revista literaria publicada en 1945, la revista Fantasía (3 (25 mar. 1945): 14-22). El autor sería consciente de este más que probable destino porque escribe con la libertad de quien no piensa en los límites y características de las compañías profesionales de la época. Yo soy el sueño puede ser llevada a la escena sin excesivos problemas, pero no se ajusta a los requerimientos comerciales del momento y carece del nervio de las escritas con la voluntad explícita de satisfacer un encargo. De ahí que el dramaturgo se deje llevar por una prolijidad que lastra el texto, la abundancia de referentes literarios hasta crear una ficción autónoma de cualquier realidad y una base narrativa que nos hace recordar los dramas dieciochescos que trasladaban a la escena unas novelas coetáneas donde el motivo del naufragio y la isla perdida también era muy socorrido.

Yo soy el sueño está escrita en plena II Guerra Mundial. No hay referencias explícitas a ella, pero la circunstancia de que aparezcan en escena Hans y Marcel, un marinero alemán y otro francés unidos ambos en la desgracia, es un síntoma del pacifismo que alentaba la creación del autor. Los dos combatientes son cultos y sensibles, la guerra apenas va a suponer una interrupción en sus vidas e imaginan que, una vez finalizada, podrán compartir las experiencias de una amistad que salvará cualquier tipo de frontera. La idea o, mejor, el ideal resulta algo ingenuo. También voluntarioso, pero coherente con el optimismo de un autor que apuesta por la vida en plena etapa de enfrentamientos a muerte.

La tesis dramática de Yo soy el sueño carece de una reflexión que la sustente sobre algo más que la mera voluntad. No hay argumentos, pero testimonia una actitud positiva que es la piedra angular de buena parte de la obra teatral del autor. En esta ocasión, su concreción tuvo un escaso atractivo teatral. Se convirtió en un texto para unos pocos lectores. Apenas le importaría a un Víctor Ruiz Iriarte acostumbrado a esperar, a buscar sin desmayo los caminos de la representación pública. Y, simultáneamente, pudo escribir otras comedias con un reparto de papeles más ortodoxo de acuerdo con el canon comercial, que estaban claramente destinadas a las primeras figuras de unas compañías profesionales, tan preocupadas por no deambular por el vacío de los sueños. Las islas solitarias en el Pacífico, contempladas a los sones de una sonata para violín, suponían un riesgo excesivo para cualquier empresario.

Sin embargo, merecía la pena la recreación de este motivo literario para que, en los límites de la página mecanografiada, pudiera tener cuerpo un nuevo sueño de Víctor Ruiz Iriarte. Hans y Estrella lo encarnan porque son jóvenes y apuestan por la vida. Ahora lo podemos rescatar del naufragio del olvido, mientras evocamos una voluntariosa creación escrita con el lejano eco de una guerra.

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(1) Víctor García Ruiz señala que «con este vocablo, Víctor Ruiz Iriarte designa el fruto de la fantasía en la mente de un hombre decidido a superar la realidad optimizándola. Por eso es optimista este teatro, porque mejora la verdad de todos los días» (Víctor Ruiz Iriarte, autor dramático. Madrid: Fundamentos, 1987. 143).

 
 
 
Ruiz Iriarte escribe 'Yo soy el sueño' con la libertad de quien no piensa en los límites y características de las compañías de la época: no se ajusta a los requerimientos comerciales del momento.